Gustavo-Adolfo Vargas *
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La nueva burguesía china pretende jugar al nivel de los más grandes. El éxito de su proyecto aún no está asegurado, pero esa ambición le dicta su política internacional-regional, económica y militar. En el acceso a las riquezas, compite con países imperialistas tradicionales, especialmente en el continente africano.

Indudablemente, el régimen chino contribuye a la ampliación de la esfera de acumulación del capital internacional, integrado en la globalización y financiarización de la economía, legitimando el orden dominante, adhiriéndose a la OMC, atacada por movimientos sociales progresistas, entregando a las multinacionales una mano de obra (migrantes del interior) desprovista de derechos y explotable a voluntad, la parte de la función asignada tradicionalmente a los subimperialismos.

China, pudo ser nuevamente un país dominado por las potencias imperialistas tradicionales. Tal posibilidad parecía materializarse en la década del 2000, pero la dirección del Partido Comunista Chino (PCCh) y su nuevo capitalismo burocrático cambiaron el rumbo.
Contaban con la herencia de la revolución maoísta, que había roto los lazos de dependencia del imperialismo, igual que Rusia, cuyo proceso de transición capitalista sin solución de continuidad el partido en el poder ha sabido conducir, modificando la estructura de clase de la sociedad china.

Esto no significa que los Estados calificables de subimperialistas (como Arabia Saudita e Israel), sean simples marionetas en manos de Washington; pero la lógica de la política internacional de Pekín es marcadamente diferente.

En Asia oriental, China ha emprendido un diferendo con Japón, desafiando así a Estados Unidos, puesto que ya es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, oficialmente posee el arma nuclear, y aumentó diez veces su presupuesto militar en los últimos 25 años, reclamando su pleno reconocimiento como potencia.

Para impulsar estas nuevas ambiciones, Pekín cuenta con una base económica superior a la de Rusia que depende primordialmente de su poderío militar. El peso de China en la economía global, crece rápida e impresionantemente. ¿Hasta dónde le llevará este surgimiento como potencia?

En términos absolutos, desde 2010 China posee el segundo producto interior bruto del mundo, a la zaga de Estados Unidos, superando a Japón y Alemania. Si se mantiene en esa posición, muy pronto puede llegar a posicionarse en el primer lugar. En este sentido, lo importante no es la precisión de los cálculos o pronósticos, sino la tendencia.

China, también es el segundo mercado, uno de los principales prestamistas, y la primera “fábrica” del mundo; una categoría que la competencia de otros países asiáticos, con mano de obra muy barata no puede disputarle fácilmente, pues además cuenta con numerosas ventajas extrasalariales.

Es difícil entender las posibilidades de la economía china, y el significativo avance en el ámbito de la innovación tecnológica. Gracias a su independencia respecto a los imperialismos tradicionales, el régimen negocia importantes transferencias tecnológicas, aunque en materia de innovaciones autóctonas radicales, falta dar un salto adelante.  

Este modelo constituye, una sociedad signada por grandes desigualdades, similar a la de muchos países latinoamericanos y distinta a la de las de los países occidentales. La corrupción carcome a un país hasta el punto de poner en riesgo la aplicación de las orientaciones económicas.

No se sabe si es sostenible, el “modelo chino” de desarrollo capitalista. No está clara su capacidad de resistir a factores como: la explosión de burbujas especulativas (como en el sector inmobiliario); una fuerte crisis social; una nueva recesión mundial; el estallido de un conflicto en Asia Oriental; o a graves tensiones con el capital chino multinacional.

Comercio transatlántico es algo del pasado. La ola del futuro es comercio transpacífico, mientras Asia ostenta 15 de los principales 20 puertos para contenedores del mundo, China ocupa un lugar fundamental con Shanghái, Hong Kong, Shenzhen y Guangzhou.
Sin embargo, a los Estados Unidos, les quita el sueño el paulatino y lento, pero decidido ascenso del surgimiento del coloso asiático.

 

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