Jaime Rodríguez-Arana *
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Europa atraviesa una de sus más graves crisis. No es solo económica y financiera, no es solo de pérdida de las señales de identidad del Estado social y democrático de Derecho. Es, también y sobre todo, una crisis moral de relevantes consecuencias. A día de hoy Europa ha perdido el protagonismo y la capacidad de decisión en el plano internacional.

En Europa en este tiempo los derechos humanos ya no brillan con fuerza como en el pasado. La separación de los poderes, lo comprobamos a diario, se desvanece, al igual que el primado del principio de juridicidad. Hasta se defiende, en nombre de las libertades, un ejercicio, por ejemplo, de la libertad de expresión que choca frontalmente con el sentido de la tolerancia y el pleno respeto a las ideas y convicciones de los demás. Se abandona ese gran legado de la libertad solidaria que tanto bien ha hecho al mundo y que se forjó precisamente en la matriz cultural grecorromana, origen, junto a la solidaridad cristiana, del viejo continente.

Europa, especialmente sus dirigentes, se distancian de sus raíces y orígenes y no es capaz de responder adecuadamente al embate del fundamentalismo islámico precisamente por la pérdida del temple moral y la dimensión ética característico de una forma de ver e interpretar en mundo desde la profunda centralidad de la dignidad del ser humano. Europa está paralizada, sigue perdiendo natalidad, competitividad y unidad de acción en la escena internacional.

Esconde y niega su propia identidad, y así fracasa en el intento de darse una Constitución legitimada por los ciudadanos. Se ponen en cuestión nuestras tradiciones mientras el laicismo y el progresismo reniegan de las costumbres milenarias de nuestra historia. Se envilecen los valores de la vida, de la persona, del matrimonio y de la familia y ahora hasta se justifica el uso alternativo de la libertad de expresión para atacar otras culturas y religiones.

Ante semejante horizonte, ¿qué hacer? Veamos dos frentes de trabajo: en el campo del terrorismo y en el campo de la integración de los inmigrantes. En el primer ámbito es menester  hacer frente al terrorismo en todas partes, considerándolo un crimen contra la humanidad, negándole cualquier justificación o apoyo; aislar todas las organizaciones que atentan contra la vida  y contrarrestar a cada predicador del odio.

En lo que atiende a los inmigrantes es muy importante integrarlos en nombre y de la participación en los valores y principios de nuestras Constituciones, sin aceptar que los derechos de las comunidades prevalezcan sobre los derechos de los individuos que las forman. Por eso, es menester defender radicalmente el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y considerar al concebido como un alguien que es ya titular de derechos y no una mera cosa.

Mientras no nos decidamos de verdad a poner el centro del orden social, político y económico en la dignidad de la persona, seguirá la agonía y, con el paso del tiempo, volveremos a la barbarie y precisaremos, de nuevo, que se nos ayude a recuperar nuestras señas de identidad. La historia se repite. No aprendemos.

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