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Desde la caída de Somoza Debayle, hace 28 años, Estados Unidos no ha logrado reponerse a esa derrota no sólo militar, sino principalmente política que le asestó la clase popular vanguardizada por el Frente Sandinista. Desde esa fecha bien podrían los búnker de pensamiento norteamericanos –la Fundación Heritage, por ejemplo--, mantener un anuncio público que expresara: “Se buscan partidos de derecha y líderes en Nicaragua --favor enviar currículum a la embajada norteamericana--”. Una búsqueda que les resulta de carácter urgente, porque hasta ahora han vivido de líderes incapaces y de partidos prefabricados, de corta vida, desechables, aptos para períodos concretos.

En los 16 años de gobiernos anteriores los distintos mandatarios (Violeta, Arnoldo y Enrique) pudieron complacerle al norte a media, sin embargo, no pudieron responderles de manera estratégica, es decir, como una clase social que con visión política se mantuviera en el poder monolíticamente, compartiéndolo y manteniendo un mismo discurso.

La administración de doña Violeta, a fin de agradar, le hizo a Washington el flaco favor de retirar la demanda millonaria que Nicaragua había ganado durante el gobierno de Daniel Ortega ante la Corte Internacional de La Haya, pero a lo interno, no fue capaz de mantener aglutinada a toda la expresión del antisandinismo que la llevó al triunfo electoral en 1990. Le echan la culpa a la soberbia y prepotencia del yerno de doña Violeta, Antonio Lacayo, quien creyó que se ceñiría la banda presidencial a nombre del Pronal y de manos de su suegra. Arnoldo Alemán, que parecía ser el repuesto del hijo perdido en el 79, se convirtió más bien en un estorbo para los señores del norte, porque en sus últimos años adoptó posiciones independientes para actuar de acuerdo con sus intereses. Enrique Bolaños, si bien resultó ser una especie de robot senil dirigido a control remoto, no pudo soportar la tentación de tener las llaves del tesoro nacional y pretendió formar un partido político sumiso a él como proyecto que garantizaría los lineamientos del norte, lo cual pensó sería bien visto por sus amigos. No obstante, el proyecto fracasó porque otro político emergente, igual a él, ya estaba tocando las puertas de Washington para recibir la bendición, aunque también en franco proceso de putrefacción que ahora lo tiene al borde de la cárcel o de la muerte política.

Los tres gobernantes de una u otra manera nacieron, crecieron y se desarrollaron de la mano paterna de Estados Unidos, fueron amamantados vía oral desde la Casa Blanca, pero ninguno de los tres pudo construir el proyecto político tan ansiado por Washington, de mantener alejado del poder a los sandinistas, pero esencialmente, para mantener un estricto control e influencia suficiente en este su “patio trasero” que en cualquier momento se le puede salir de control.

Muy a pesar de los designios de la estrategia norteamericana, el FSLN se alzó con la victoria electoral ante una derecha no sólo desunida, sino también carente de la más mínima imaginación, creatividad y capacidad. Una derecha que se destroza, se carcome entre sí, que padece problemas motores, es sorda, muda y se encuentra anquilosada; con los tejidos destruidos y con claros problemas de enanismo mental. Una derecha que desde el 19 de julio quedó parapléjica, paralizada motora y mentalmente.

Desde la asunción de Ortega al poder la derecha no ha podido ver el cielo claro, sólo nubarrones, bandazos. Los dos principales partidos de derecha: el PLC y ALN –porque los conservadores no representan nada importante—se debaten ante el dilema de unirse o no unirse, Arnoldo o Eduardo, que es igual a decir todos contra todos.

Mientras tanto, el movimiento neo derecha o derecha moderna, el MRS, ante la falta de un liderazgo en la derecha y de un partido sólido pretende articular un discurso anti sandinista --no a los CPC, no a la cooperación venezolana, fuera los iraníes de Nicaragua, no al proyecto hambre cero--, presentarse con una bandera de lucha --todos contra el FSLN--, y erguirse con un rostro de unidad; además de su sueño inalcanzable de presentarse en el terruño con un premio Nobel de literatura –buscado a diestra y siniestra para Cardenal--, que según sus cálculos les permita imponerse a lo interno, obtener el beneplácito o reconocimiento de Estados Unidos y así aglutinar a sus pares (ALN – PLC) bajo la dirección de uno de sus ideólogos por ahora alejado de la arena política.

El panorama muestra a una derecha con grandes sueños y pocas realidades que pasan no sólo por Washington sino también por Suecia, desmoronándose día a día, destruyéndose, dando bandazos aquí y allá, evaporándose en el mapa político del país; pero de manera increíble, en su marasmo la caricatura de derecha le impone la agenda a los medios de comunicación con temas sórdidos como la unidad de los liberales, el voto mágico, el fraude, el reconteo de votos, entre otros; mientras los temas sensibles, como los económicos, son vistos de soslayo, menospreciados.

Ante esa cruda realidad de la derecha en Nicaragua, la embajada norteamericana ha tenido que echar mano de uno de sus grandes inventos de inicios de la década del noventa, sus hijos de laboratorio, mejor conocidos como organismos de la “sociedad civil”, mientras intentan que cuaje uno de los proyectos de la neo derecha. De esa manera, lo único que tenemos es una caricatura de oposición que se ve alimentada por los espacios que le brindan los medios de comunicación afines, lo que le permite crear la sensación de que son una fuerza política consolidada. Claro, crean crisis políticas, pero gracias a los medios de comunicación que les sirven de cajas de resonancias; y gracias también a la oficiosa ayuda de los representantes de sus gobiernos amigos aquí en Nicaragua, que no tienen el más mínimo problema en recortar la ayuda financiera al pueblo, con tal de inflar ese globo llamado oposición y meterle ruido a esta administración.

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