Eddy Zepeda Cruz / Médico
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Cuando a veces escuchamos hablar de Responsabilidad Social de las empresas comprometidas con la comunidad, nos imaginamos negocios que comparten utilidades con su entorno social. Unas veces posiblemente sea real,  otras puede esconder otros intereses y hay quienes solo buscan incrementar su perfil como ciudadanos de bien.

Digamos que es lo primero. ¿Podríamos extrapolar (copiar) el modelo a nivel comunitario, donde vivimos? Claro que sí. Y los resultados serían excelentes para convivir en comunidades saludables, física, mental y espiritualmente. Grupos de diferentes edades compartiendo sus experiencias, necesidades, vivencias y aspiraciones futuras. De cada quien, según su capacidad, y a cada quien según su necesidad, siguiendo algún principio de cierto tiempo y lugar atrás. Viable, posible y ético, de cumplirse por todos y todas, en las proporciones correspondientes a cada quien, sin que unos aporten menos de lo que deben y otros más de lo que pueden.

¿Y dónde está la relación para un modelo de salud integral en esto? En todo. Partiendo de la definición de salud de la OMS, que es el estado de equilibrio entre lo físico, mental, espiritual y social o de necesidades básicas satisfechas; la adecuada relación intercomunitaria entre todos los miembros de un colectivo humano que vive las 24 horas del día interactuando. Eso representaría un verdadero modelo de salud integral.

Modelo que implícitamente se encargaría de definir las responsabilidades para cada uno de sus miembros, sin tener que emplear métodos coercitivos para el cumplimiento de las actividades y tareas necesarias para mantener paz, armonía y compromiso  entre niños, adolescentes y adultos, incluyendo los de la tercera edad, que representan entre 5 y 7 personas por cada 100 habitantes de cualquier grupo de población.

El riesgo de no cumplir o de evadir algún compromiso o responsabilidad donde se habite sería casi nulo, toda vez se sepa por todos los miembros que la irresponsabilidad de cualquiera afectaría a su propio núcleo familiar. Fumar, tomar licor, robar, consumir drogas, comportarse inadecuadamente o con violencia repercutiría en toda la comunidad, siendo esta razón lo bastante suficiente como para evitar caer en esos errores.

Similar cuando al manejar en la carretera, encontramos un cono anaranjado o vemos un policía. Inmediatamente bajamos velocidad y respetamos las normas de tránsito para evitarnos una multa. La coerción funciona casi siempre, aunque el objetivo del modelo propuesto sea el de educarnos y sensibilizarnos, sin que tengamos que hacerlo porque nos reprimirán, sino porque debemos hacer las cosas según las reglas y normas sociales establecidas. Ese es el modelo a ensayar desde la comunidad, donde nuestros herederos vienen emergiendo.

Cuando se habla de desarrollo o países desarrollados no solamente se refiere a lo económico, sino también a lo educativo y cultural. Una sociedad con niveles adecuados de ambos indicadores es una sociedad rica materialmente. En salud, educación, nutrición, en niveles materiales de vida y además, y lo más importante, en niveles de tolerancia, respeto, equidad, justicia social y armonía interpersonal.

Suecia, Suiza, Finlandia, entre otros pocos países del primer mundo, demuestran que su desarrollo económico va de la mano con el desarrollo en materia de educación y cultura de sus pobladores. Aquellos países que solamente presentan desarrollo en materia económica, sin tenerlo en lo educativo y cultural, se derrumban ante los primeros eventos negativos o amenazas. Urge entonces la propuesta de un modelo que parta de la base, de lo inicial, del marco conceptual que dará sostenibilidad al proyecto de desarrollo integral de la nación. El punto de partida debe ser entonces la Familia y la Comunidad, y sobre esas bases edificar una nación económicamente robusta y llena de valores en todos sus habitantes. ¿Utopía? Puede ser. Intentándolo nos daremos cuenta. Salud para todos.