Jorge Eduardo Arellano / Escritor
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Una valiosa colección de documentos impresos (sobre todo de gacetas) y algunos manuscritos del siglo XIX fueron donados a la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua en ceremonia del pasado 18 de febrero. La donación la realizó el ingeniero Jaime Vega Luna, sobrino del historiador Andrés Vega Bolaños (Masaya 30 de junio, 1890-El Raizón, Nindirí, 10 de septiembre, 1986), dueño original de esos documentos. Por ello, además de agradecer a Vega Luna su gesto de confianza, la Academia decidió rendir homenaje a Vega Bolaños, en reconocimiento a su aporte documental a la historia de Nicaragua.

Especialmente me refiero a la significativa colección de documentos coloniales (17 tomos), autorizada por el gobierno del general Anastasio Somoza García con el decreto del 2 de febrero de 1953. Así, el 26 de enero de 1954 nos brindó el primer tomo de la colección impreso en Madrid, al que siguieron 16, constituyendo hasta entonces, el mayor logro de la bibliografía documentista del país. Ello fue posible por la presencia de don Andrés durante ocho años (1949-1957) en España como embajador plenipotenciario de Nicaragua. Luego trabajó como abogado en el Banco Nacional para su retiro en 1972. El terremoto de este año destruyó su biblioteca, la más rica en obras de toda índole editadas en Nicaragua, que había puesto al servicio del investigador nacional y extranjero. No escasas obras había facilitado, para ser reproducidas, en Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano.

Anteriormente, había ocupado la Secretaría de Relaciones Exteriores y, a raíz del incendio del Teatro González el 17 de agosto de 1945, contribuyó a reorganizar el Registro Público de la Propiedad. También fue miembro fundador de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, abogado consultor del gobierno y catedrático de la Escuela de Derecho de Managua.

Más que cualquiera de sus coetáneos, Vega Bolaños representó la tendencia que por mucho tiempo animaba, desde nuestra Academia, a la historiografía nacional. Esta, exenta de partidarismo discriminatorio, se sustentaba en la convicción de que la principal tarea debía concretarse a ordenar y difundir documentos, en forma rigurosa y completa, para poder escribir la historia de Nicaragua. De esta manera, Vega Bolaños sacrificó buena parte de su vida para reunir un inapreciable legado.

Su tarea la iniciaría con el volumen Gobernantes de Nicaragua (1944) y Los acontecimientos de 1851 (1951), prosiguiéndola en la revista de nuestra Academia y en otras publicaciones periódicas, como el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación y el Boletín del Instituto de Historia de Estudio del Sandinismo, a los cuales suministraba inéditas series de documentos. Por ejemplo, “La ocupación militar inglesa del Puerto de Corinto, Nicaragua, 1895”; “El período constitucional de José Madriz (1909-1910)” y “La visita de Philander C. Knox a Nicaragua de 1902”.

Pero su obra cumbre fue la ya citada Colección de documentos para la historia de Nicaragua, bautizada por él “Colección Somoza”. Extraída del Archivo General de Indias, abarca toda la época de la conquista, llegando hasta la rebelión de los hermanos Contreras en 1550. Basta saber, para valorar esta fuente, que no existe otra similar en los restantes países centroamericanos y que ha servido de base a numerosos estudios y tesis. Además, sus documentos hicieron posible, a partir de las investigaciones de Eduardo Pérez Valle el descubrimiento de las ruinas de León Viejo.

Profundo conocedor de los hechos de nuestra historia, el doctor Andrés Vega Bolaños comprendió el peligro que entrañaron las intervenciones extranjeras en el país, empeñándose en difundir por su propia cuenta dos volúmenes sobre acontecimientos significativos del siglo XIX: Bombardeo y destrucción de San Juan del Norte (publicado en 1970) y Los atentados del Superintendente de Belice (aparecido también en 1970) que constituyen, como todo lo suyo, una serie de documentos con prólogos, bibliografías e índices.

Amigo y espontáneo discípulo suyo desde mediados de los años 60, no podía dejar de buscar a don Andrés durante la ceremonia en la cual nuestra Academia recibió su donación póstuma. Ya le había organizado, en febrero de 1980, un justo homenaje en el Archivo Nacional, al que siempre apoyó. También lo había incluido en mi obra Héroes sin fusil (1998) como uno de nuestros sobresalientes historiadores y, asimismo, ya le había dedicado el primer tomo de mi Historia básica de Nicaragua, en el cual lo reconocí como padre de la investigación histórica en la Nicaragua del siglo XX.