Lesli Nicaragua
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Dos firmas encuestadoras muy importantes revelaron que a finales de 2014 realizaron un monitoreo sobre las preferencias religiosas de los nicaragüenses. Los resultados, que fueron publicados en enero de este 2015, determinaron, en primer lugar, que 97% de los encuestados creen algún dogma. Esto demuestra que seguimos siendo un pueblo confesionalmente devoto, porque a pesar de los agrios contextos violentos y casi ateos, tenemos fe en una entidad superior.

Pero lo novedoso es que ahora, además de las dos principales doctrinas existentes, evangélica y católica, emerge una tercera creencia: los ministerios independientes, cuya representación estadística alcanza el 20 por ciento de la población. En términos demográficos, más de un millón de nicaragüenses optan por este credo. Aunque dogmáticamente, las bases de las prácticas rituales de los tres cultos tienen un mismo hilo conductor: Jesús de Nazaret, el modelo de hombre cuya perfección recae, a su vez, en dos enormes mandatos, amar y perdonar, que a simple vista resultan fáciles de seguir, pero que en la práctica, es casi imposible demostrar porque somos insoportablemente humanos.

Así que, motivado por averiguar la razón por la cual muchos nicaragüenses acuden a estos ministerios independientes, asistí a varias reuniones invitado por pastores y congregantes para vivenciar sus ceremonias. Antes de ir a esas reuniones dejé claro que soy conservadoramente católico, pero también un periodista embarcado en un intenso estudio de la religión y sus porqués, cuyo fin es obvio.

Un jueves, hace tres meses, llegué a un restaurante de Managua donde estaban  agrupados unos 30 hombres. Solo me pidieron que dijera mi nombre y profesión, y quién me había invitado. Seguidamente me obsequiaron una cena a la vez que escuchaba la historia de un hombre blanco y de espaldas anchas, elegante y con presencia. Tiene unos 50 años, veinte de los cuales los dedicó a un frenético alcoholismo que lo llevó a cometer fraudes, lo que irremediablemente lo condujo a la cárcel, y allí se arrepintió y decidió seguir una mejor vida, más sosegada, reconciliatoria, cristiana.

El discurso usado, parco y directo, a veces prosaico, siempre tiene una impresionantemente moraleja: el cambio indubitable de estos hombres, que ahora procuran seguir los mandamientos de Jesús. Porque luego me di a la tarea de averiguar sus historias, y resultaron verdaderas. A estos grupos asiste todo el tejido social, generacional y económico de este país. Para finalizar la ceremonia se hace una oración colectiva. No hay lecturas, no hay ritos escrupulosos. Cada cual está consciente de que debe estudiar la Biblia en sus respectivas iglesias, pues no es requisito pertenecer a determinada religión. Es muy probable que sea esto lo que agrade a los congregantes.
A otros dos ministerios a los que acudí convidado por sus principales pastores, las celebraciones son más apegadas a los dogmas evangélicos. Lo primero que llama la atención son sus grandes iglesias capaces de albergar a miles de personas. Usan muy efectivamente medios audiovisuales para que los congregantes, por muy alejados que estén del púlpito, no se pierdan ni un instante la prédica de los pastores. Por lo general son tres ministros los que dirigen la ceremonia.

El primero de ellos se encarga de entonar lindas alabanzas cuyo contenido es la evocación del poder de Dios que se manifiesta en milagros.

Es casi prodigioso observar cómo viven estos momentos los asistentes con danzas y movimientos casi místicos. El segundo pastor o pastora, realiza las acciones de gracias por los favores recibidos, o por simplemente estar vivos, “todo sucede porque Él así lo desea”.  

El pastor principal es el encargado de analizar la lectura escogida. De insuflar esa fe que todos buscan en estos nuevos ministerios, que son más flexibles en su adoración, más alegres en sus ceremonias, más modernos en su difusión, pero que igual tienen como modelo a Jesús de Nazaret… tal vez por eso más de un millón acuden a ellos.