Mónica Zalaquett
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“Me llamo Socorro y tengo 42 años de edad. Mi padre me abandonó en el vientre de mi madre y  lo conocí hasta que tenía doce años, cuando lo busqué con la idea de que él cambiaría al ver cuánto lo necesitábamos. Yo era la última de los diez hijos que él dejó cuando se separó de mi madre. Recuerdo que esa primera vez que lo vi, me dio diez córdobas y me sentí muy humillada porque no esperaba eso de él. Desde esa vez nunca más lo volví a buscar.

Mi madre se preocupó más por darnos de comer que por estar con nosotros. Ella trabajaba en el mercado Oriental y fue muy duro crecer sin amor de padre y de madre, dedicada a estudiar por las mañanas y a trabajar en las tardes en las faenas de la casa. Mis hermanos tomaban bastante y casi siempre me mantenía sola, sin que nadie me cuidara.

Por esa situación, a los 15 años, me metí a vivir con un novio y a los 16 tuve a mi primera hija. Mi novio negaba a su hija hasta que ella nació y la vio tan parecida a él. Entonces la aceptó, su familia también y yo me fui a vivir con ellos. Al poco tiempo, él comenzó a tomar bastante y a andar con otras mujeres que llegaron a tenerle cinco hijos. Yo aguantaba pensando: ‘él es mi esposo, el padre de mis hijos y algún día va a cambiar’. Pero qué va a ser, más bien me pasó enfermedades venéreas y luego su padre nos corrió de la casa.

Fue entonces cuando mi madre nos acogió, pero las cosas no cambiaron, porque cuando ella falleció él empezó a golpearme. A veces llegaba tomado y me fajeaba o me golpeaba con los puños delante de mis hijos. Una vez, mi hija de doce años le dijo que lo iba a echar preso si me seguía maltratando y él se asustó, porque nunca esperó eso de ella, que era su adoración, pero los golpes siguieron. En otra ocasión me defendí y logré empujarlo, corrí a esconderme detrás de unos sacos de arena que había en mi casa y él se fue furioso a buscarme en las casas de los vecinos. Yo aproveché entonces para escapar y me escondí donde la vecina de enfrente.

En ese momento, llegó a mi casa una amiga que regresaba de Costa Rica y vio la situación. Entonces ella habló con mi marido y parecía que lo había tranquilizado, pero cuando yo llegué nos agredió a las dos. Para ese entonces, yo me ganaba la vida lavando, planchando o en una fritanga y quería dejarlo pero no me atrevía.

Cuando estaba embarazada de mi tercer hijo, él se fue y nos abandonó, pero luego me seguía buscando para acostarse conmigo y yo iba con la intención de que me diera ayuda para mis hijos. Con el tiempo, llegué a sentir odio y rechazo por él y me di cuenta de que nunca iba a cambiar, que en realidad no le importaban sus hijos.

Hace dos años, comencé a ir a las capacitaciones del Ceprev y aprendí que había vivido siempre con miedo, siempre esperando que me rechazaran adonde llegara. En esas capacitaciones aprendí a romper el miedo, expresarme y darme cuenta que yo valgo. Me di cuenta de que la vida que había vivido, había sido un infierno.

Hace casi dos años que no veo al padre de mis hijos y me siento aliviada. Logré que mis hijas se bachilleraran y ahora viven con sus propias parejas. Yo capacito con los manuales del Ceprev a otras mujeres para que no vivan lo que yo viví. Esas capacitaciones me hacen sentir fortalecida, pero a veces veo que algunas tienen el miedo que yo tuve y entonces les pido ayuda a las sicólogas para que las atiendan.

Ahora tengo como pareja a un hombre amoroso que me trata bien, me estima y me ha ayudado con mis hijos. Al principio éramos amigos y con el tiempo nos enamoramos. Es tan diferente a la relación que tuve antes. Yo por eso les digo a las mujeres que deben darse una oportunidad, porque hay hombres que sí pueden valorarnos.

Yo quisiera que las mujeres rompan el silencio, que se den cuenta de la realidad que viven y que busquen lo bueno para ellas. Pienso que todas podemos dejar esa violencia cuando nos damos cuenta del valor que tenemos, aunque no seamos personas preparadas. Hay que atreverse a buscar la ayuda que una necesita y aceptarla, porque a veces solas corremos riesgos y porque otras veces nos cuesta dejar ese infierno, porque creemos que eso es amor”.

(La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio).