Cefas Asensio Flores
  •   Managua  |
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La UNESCO ha solicitado que en la Agenda Global del Desarrollo Post 2015 y, en especial de la Educación, predominen “las aspiraciones de cada nación”. Esto invita a un proceso de consulta que no hemos tenido, o al menos no se han tenido los resultados necesarios para construir una educación para el desarrollo humano y sostenible. Por ello, en un artículo anterior nos referimos a la importancia que el mundo está dando a la educación para el desarrollo en la nueva agenda de educación 2015-2030, y a la necesidad de articular un plan de desarrollo educativo con el plan nacional de desarrollo humano, a fin de que los cambios históricos de poder no vengan a alterar sus enfoques, objetivos y planes esenciales.

Aunque todas las metas sugeridas por UNESCO al 2030 son importantes para Nicaragua, resulta trascendental la meta de crear condiciones y alcanzar al menos diez años de escolaridad en su población (actualmente en 6 años), como condición clave para afrontar con responsabilidad y sostenibilidad los desafíos del desarrollo; especialmente para aprovechar el potencial y las tendencias de estos escenarios en nuestro país. Veamos las implicaciones.

Diez años de escolaridad significa profundizar la implementación de la política de educación inicial, de Amor para los más Chiquitos, a fin de garantizar que toda la niñez realice al menos el tercer nivel de pre-escolar, y profundizar las batallas del sexto y del noveno grados, pasando de jornadas de matriculación al inicio del año escolar hacia batallas sostenidas por la permanencia y la calidad.

Evidentemente, será preciso profundizar esfuerzos probados para la captación y permanencia escolares, como la merienda y la mochila escolar; pero diez años de escolaridad de calidad supone también redoblar esfuerzos para evitar el desgrane escolar, que logren promover de sexto grado más del 90 por ciento de niños y niñas que ingresan al primer grado, y asimismo en noveno o tercer año de secundaria respecto al ingreso de primer año.

El desgrane hay que frenarlo atendiendo en especial aquellos años académicos donde es mayor, como el primer grado de primaria, y el primero y tercer año de secundaria, en los cuales se debe sostener puentes educativos, mediante enlaces curriculares y pedagógicos permanentes. Esto amerita de reformas importantes, por ejemplo, del modelo de enseñanza aprendizaje en primer grado, en donde se tiende a perder la riqueza pedagógica y psico-social del pre-escolar, así como asegurar docentes con vocaciones para los más chiquitos, ya que muchos docentes pueden lograr excelentes resultados en otros grados con niños de otras edades; pero para el primer grado es necesario docentes con la afectividad y pericia pedagógica para este grupo etáreo.

Igualmente, sucede en el primer año de secundaria, y en la consolidación del ciclo básico, donde los adolescentes ameritan de docentes con vocación para estas edades y una oferta académica significativa para sus intereses y necesidades, con temas relacionados con su vida personal y sus proyectos de vida, con áreas de emprendimientos y pedagogías participativas, reflexivas e investigativas que vengan a fortalecer su autoestima y capacidad personal y social; con mayor énfasis en el descubrimiento y desarrollo de su vocación; y modalidades con calendarios adecuados a sus realidades.

Esto ayudará a que vayan gradualmente desapareciendo los “ni ni”, adolescentes y jóvenes que ni estudian ni trabajan (250 mil según la OIT), condición socio-económica resultante del abandono escolar, la extra-edad acumulada a causa del retiro por años de las aulas de clases, y la falta de oportunidades de ocupaciones productivas. Igualmente, irán disminuyendo adolescentes y jóvenes con baja escolaridad que trabajan en empleos de baja calidad. Evidentemente, una atención a estos años de secundaria con este enfoque, en coordinación sostenida con la educación técnica y profesional, y con los sectores laborales, se convertirá en una inversión estratégica en el bono demográfico.

Diez años de escolaridad de calidad supone asegurar el reposicionamiento de la carrera docente en todos los niveles. Que sea prestigioso estudiar para educar. Que el sistema capte a los mejores en términos de vocaciones y capacidades. Que se eleve a nivel superior todas las formaciones de docentes en todos los niveles. Que el salario real de la docencia alcance la canasta básica. Y que ser docente tenga reconocimiento social.

Necesitamos una sociedad con al menos diez años de escolaridad, con aprendizajes relevantes para la vida personal, familiar, comunitaria y social; así como para el trabajo productivo, emprendedor, innovador y aportador de soluciones a los problemas del país. Evidentemente, se deben sumar recursos, colocarlos mejor, y fortalecer alianzas sectoriales, porque la educación es una necesidad de todos y debe lograr impactos en todos los sectores.