Álvaro Ruiz Cruz
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Vivimos en un mundo que está lejos de ser perfecto. ¿Qué significa ser ciudadano en nuestra sociedad? Como cristianos y como ciudadanos, tenemos derechos y deberes.

Tenemos derechos a vivir, trabajar a que se nos respete como personas. Tenemos derechos a que se nos informe con la verdad sobre los acontecimientos públicos de nuestro país. Tenemos el deber de promover la verdad, la justicia y la libertad.

No toleramos que se burlen de nosotros; y se nos usen como si fuéramos cosas, cuando brindamos confianza plena a alguien. Solemos tener gran estima a quienes consideramos como personas honradas. Admiramos al educador, al buen padre de familia, escritor, periodista, sacerdote, que se toman en serio su profesión de servir a los demás.

Nuestro país necesita de personas responsables en quienes se pueda confiar. La problemática sigue siendo la misma con distintas tonalidades y situaciones. La pobreza es tema candente hoy. Esto plantea de momento un problema de injusticia y de remordimiento de conciencia a nivel colectivo. Generalmente se culpa a los sistemas de gobiernos y naciones.

Estamos en un país dominado por los sentidos; exigimos pruebas de todo, queremos tener constancia y muchas veces esas constancias que tomamos como pruebas son falsas. Decimos: “Estoy seguro de lo que te digo, porque lo vi en la televisión y lo leí en el periódico”, sin tener idea de quien o quienes están detrás de la televisión, radio, o periódico y qué intenciones tienen al afirmar tal cosa. Nos cuesta creer muchas veces.

Hay tantas promesas, tantas mentiras que hemos aprendido a desconfiar. Hay mucha confusión muchos hemos dejado de creer. Los grandes hombres que han transformado la sociedad han tenido también sueños de justicia y paz. El líder americano Martin Luther King soñó con igualdad de derechos humanos más allá del color de la piel. Lo mataron, pero su sueño sigue siendo estímulo y avance.

Hay muchos que hablan y se presentan como salvadores: prometen mucho, hablan mucho, pero no vemos las obras. Se habla de procesos electorales, hay políticos que buscan cómo ganarse nuestro voto, prometiéndonos empleo, seguridad, educación. Se escucha protestar por algo que nos incomoda, de unión de partidos, de inflación en la economía. Hay cristianos que hablan de salvación: se saben la Biblia de memoria y la gritan en las calles y en los púlpitos de las iglesias pueden llegar a la cabeza, pero no descienden al corazón. Si detrás de las palabras y de los rezos no hay el gesto sensible de las obras, no podemos descubrir al verdadero Salvador.

En este tiempo la “palabra” ha perdido gran parte de su valor. Buscamos por caminos equivocados, a un salvador en el dinero, en pequeños salvadores políticos o revolucionarios que nos sublevan y nos fallan.

Basta hojear los periódicos o prender la televisión para darnos cuenta de la realidad que vivimos. Hay muchos planes para un mundo mejor, hay muchos programas sociales o de mejoramiento, pero no hay obras. Por eso desconfiamos de todo cuanto se nos dice.

La esperanza es siempre fuente de regocijo, así como la existencia. Caminos con muchas preocupaciones y con muchas opresiones que nos convencemos más que la situación en nuestro país no ha mejorado. La alegría, como la riqueza, está concentrada en unos pocos.