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Los cristianos debemos realizar una mayor contribución al cuido de la tierra. La conservación del medio ambiente y el desafío del Cambio Climático son temas que tienen que estar presentes en la prédica, en la doctrina y en la práctica de la Iglesia católica y de las distintas iglesias protestantes.

El medio ambiente es un bien común, fuente de bienes y servicios para toda la humanidad. Su destrucción, como ya sucede en muchos lugares, impide alcanzar una vida digna y justa. Frente a esta realidad ¿qué deben decir las religiones, y en especial el cristianismo frente al daño ambiental?

Varios pasajes del Antiguo Testamento describen lo bueno y lo magnífico de la naturaleza y la responsabilidad del hombre en su cuidado y administración (Job 38 y 39, Salmo 104; Gn 1:29-31, Gn 2:15, Sab 9: 1-3). De acuerdo al Código de la Alianza entre Dios y los hombres que aparece en el libro del Éxodo, la Tierra debía descansar cada siete años con un doble propósito: social y ecológico (Ex 23:10-11). Social, para que la gente pobre obtuviera de ella su alimento, y Ecológico, para mantener la fertilidad natural de la tierra y darle de comer a los animales del campo.

El Sermón de la Montaña en el Nuevo Testamento  (Mt. capítulos 5 al 7) es un llamado a un camino de vida basado en la sencillez, el desapego, el amor y la justicia. Este camino propuesto por Jesús es muy diferente al modelo actual de vida basado en el consumismo, el derroche y la injusticia, destructor de la naturaleza y de la fraternidad entre las personas.

El daño ambiental es también un daño social que afecta sobre todo a los más pobres. Son los países más pobres los que suelen pagar el precio más alto por el deterioro ecológico (Benedicto XVI, 2007). O como afirma la Dra. Katherine Hayhoe, cristiana evangélica, y una de las autoras de la Evaluación Nacional del Clima 2014, el análisis más exhaustivo sobre el impacto del Cambio Climático en los Estados Unidos, “los más afectados son los pobres y desfavorecidos del mundo, las mismas personas que la Biblia nos dice que debemos cuidar y por quienes debemos preocuparnos”.

San Francisco de Asís decía que todas las criaturas grandes o pequeñas, con forma animal o humana, son hijos de Dios, y expresa su admiración por Dios y la naturaleza en su bello Cántico del hermano Sol, escrito en 1224.

Albert Schweitzer, médico y teólogo luterano, premio Nobel de la Paz (1952) afirmaba que un hombre es ético solo cuando la vida es sagrada para él, las plantas, los animales y los demás seres humanos.

En el fondo no se trata de volvernos “verdes” y de comprar productos “eco-amigables” pues se corre el riesgo de mercantilizar el medio ambiente. Es algo más profundo. Es un cambio de cultura. Se trata de promover una sociedad más austera que redescubra el valor de la sencillez y el vivir en armonía con la naturaleza y con nuestro prójimo.

alvaro_fonseca_zamora@yahoo.es