Jorge Eduardo Arellano
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En el barrio La Fuente (Ariel Darce para los más susceptibles), durante algunos años, hemos quemado al año viejo, representándolo en un muñeco de trapos y colgándolo de un almendro con un cartel en su pecho de trapo. El juego consistía en proyectar en esa figura en llamas todo lo malo, muy malo y más malo que había habido durante los 365 días anteriores. Una vez escribimos en el pecho la palabra Bush. No recuerdo de quién fue la idea. Mía no, pero la suscribo. Porque entonces, no se nos ocurría otra cosa más mala que poner, y mira que habían pasado cosas.

Da miedo pensar que un tipo como ése ha tenido el poder del país con más poder de la tierra, ¿no creen? Y da miedo porque parece significar que detrás de él existe una amalgama de tipos oscuros, como el mismísimo vicepresidente, que han manejado a su antojo una serie de extorsiones, manipulaciones, etc., que necesitaban un presidente que no supiera otra cosa que jugar a la guerra, y el pobre ni eso sabía.

Los crímenes contra la humanidad que Estados Unidos ha cometido y sigue cometiendo bajo el mandato de Bush no tienen a un solo hombre por culpable. Nunca es un solo hombre, es cierto, pero queda para los investigadores el complejo aparato de corrupción que se huele en torno a Bush padre y Bush hijo. Lo que ocurrió minutos después del 11-S todavía es un misterio que nadie se atreve a investigar a fondo. Sospechas, intrigas y brutalidades. Arde Roma. Es curioso como la historia se repite con vehemencia. Nerón tocaba su arpa y prendía la ciudad. Bush decora la Casa Blanca con la ayuda de su perro Barny, y su displicente esposa. Se ríe, baila y dice tonterías mientras el mundo a sus pies se ha derrumbado, ha sucumbido a la sangre de tantos niños, estos sí, mártires de su juego cruel.

¿Y este hombre se va a ir de la Casa Blanca sin que le toque el brazo de la justicia? La Corte Penal Internacional no es competente para criminales y genocidas si estos se hallan en Estados Unidos. Éste es el problema. Así que, seguramente, el ranchero de Texas con el récord de penas de muerte a sus espaldas, en los tiempos de gobernador, y el récord de torturas y asesinatos de civiles desde los tiempos de Vietnam y antes de la Guerra Atómica, se volverá a su casa, cubierto de millones de dólares, a seguir riendo. Le importa poco haber pasado a la historia como el peor presidente de Estados Unidos, y mira que la competencia era ardua. Dice que “él no ha vendido su alma al diablo” para conseguir popularidad. Mientras Obama persigue a Bin Laden, Bush se le escapa a Estados Unidos dentro de su más turbia historia.

Esa rabia que da cuando te roban, sin que te dé tiempo a defenderte, ese vacío parecido a la desesperación, eso da cuando a tipos como éstos, no se les puede tocar un pelo, pues en su aparato de poder se han encargado de neutralizar cualquier amenaza judicial. Y entonces, qué nos queda. De qué nos serviría que Bush fuese juzgado como es debido. A nosotros de nada, pero a la historia común de la humanidad, que es una mentira como cualquier otra, aunque sus mensajes no, le valdría para creerse a sí misma. Con Bush en libertad, cualquier buena intención de la administración norteamericana es pura pantomima. Quién puede reparar el daño que los hombres, a quienes este pobre hombre representa, han causado.

A nosotros, probablemente no nos queda más que vencer la rabia
que da mirarlo tan sólo, vencer la estirpe de venganza que quiso engendrar y de la que aún no se entera. A nosotros nos queda olvidarlo, exclamar cuando lo veamos junto a su perrito y a todos los que salen con él en ese video de felicitación de la Navidad “¡pobre hombre!”, y tener pena de él, y después olvidarlo. Porque dudo mucho que otra cosa se pueda hacer.

Así que esta semana, cuando vimos un zapato y otro volar sobre su cabeza en Bagdad, pues bueno, a más de uno nos hubiera gustado ser el periodista que los lanzó o el propio zapato. Pero ven, ni eso, no llegó a tocarle la rabia. Y el tipo después se reía. Del nombre del periodista no me acuerdo, sólo de su zapatazo fallido, pero su intento yo lo suscribo.

Este año, no sé que nombre le darán al muñeco del año viejo. Será de algo muy malo, seguro. Si nunca lo hiciste, te invito a hacerlo, con precaución por el fuego. Los niños, sobre todo, acuden a él como llamados. Si lo hacés, ponele los nombres que querrás olvidar, y dejalo arder
todito.

franciscosancho@hotmail.com