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Con gran extrañeza leí que el historiador Jorge Eduardo Arellano, en su simpático artículo, “Te salió tu Juana Agustina”, afirma que el primer intelectual que reconoció las raíces africanas en la sociedad nicaragüense -y particularmente en sus antecesores- fue el doctor Carlos Cuadra Pasos (1879-1964). Nuestro distinguido académico parece olvidar que le antecede Tomás Ayón (1820- 1887), quien en su Historia de Nicaragua (II Tomo), nos habla ampliamente de las raíces africanas de los nicaragüenses y la influencia que esta mezcla tuvo en la sociedad.

Tomás Ayón hace énfasis en la gran influencia que negros y mulatos tuvieron en la conformación de la sociedad nicaragüense. En el fondo de esta diversidad, dice Ayón, la gran mayoría de los nicaragüenses perteneció a las castas mixtas, y por amistad o deuda, generalizó sus influencias en modo prodigioso.

El historiador nicaragüense, uno de los fundadores de nuestra historiografía, hace énfasis en el cruzamiento sucesivo de negros y mulatos, mulatos y blancos, indios y mulatos, indios y zambos, mezcla que dieron origen a una compleja y larga clasificación racial por parte de los españoles, no sólo en Nicaragua, sino en toda América Latina.

Toda esta mezcla de razas y castas dio origen a lo que en León, capital de la provincia en la época colonial, se conoció como los pardos, quienes conformaron la fuerza principal no sólo de las milicias de las fuerzas armadas coloniales en Nicaragua, sino de la sociedad en su conjunto.

Y fueron los pardos quienes se constituyeron en la fuerza de rebelión más importante en el siglo XVII, de tal forma que su desarrollo como fuerza social dio motivo a situaciones revolucionarias contra el régimen colonial.

De ahí la historia de la rebelión parda en 1725 y del comportamiento flexible de las autoridades coloniales, de ahí el asesinato del gobernador español Antonio Poveda y Rivadeneira, dos años después. Eran tanto el poder de milicias pardas que se dieron el lujo de cambiar gobernadores, incluso algunos de ellos se sacrificaron y fueron asesinados en forma atroz, como es el caso del capitán pardo Antonio Padilla en 1745. El asesinato del capitán pardo Antonio Padilla, cuyo responsable fue el gobernador José Antonio Lacayo Briones no quedó en el olvido. Muchos años después, las mismas milicias pardas se encargarían, por sus rebeliones constantes, de destituirlo del cargo de Comandante General. José Antonio Lacayo aceptó la destitución en forma diplomática, pero no por eso fue menos humillante en aquellos años. Pero al final los pardos se sobrepusieron a sus acciones políticas y criminales.

Entre los pardos los había de atezados o retintos, amembrillados o amulatados, cafres de pasa o merinos, mulatos blancos, mulatos moriscos, mulatos prietos, mulatos pardos, mulatos lobos, mulatos alobados, indígenas alobados y mestizos pardos, entre otras clasificaciones que usaban la Corona o los españoles peninsulares.

No es de extrañarse, pues, que en nuestras familias, por muy blancos que parezcan nuestros padres, tengamos un hermano lobo o alobado, retinto u mulato o de características zambas. Muchos sucesos históricos relacionados a los orígenes africanos de nuestra sociedad, fueron también retomados por don Nicolás Buitrago, en su escasamente divulgada obra, La sombra de Pedrarias. Ojalá Jorge Eduardo Arellano nos aclare esta omisión, pues errar es de humanos.

*Periodista y escritor
gorki.eduardo@gmail.com

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