Carlos R. Flores
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Estoy ya en una edad en donde las reflexiones son cada vez más inoportunas, se presentan a veces con impertinencias, con el aire distintivo de que todo tiempo pasado fue mejor, con esa certidumbre que las vivencias –aquellas experiencias aparentemente aisladas e inconexas– terminan reflejando un cuadro diáfano, con trazos vigorosos sobre lo que se imprimió como producto final.

Recuerdo claramente mi primer día de escuela.  Fue en una casa particular a guisa de parvulario que dos damas dirigían, y a quienes fui confiado por mis padres para que me fuesen enseñadas las primeras letras –las “Castrito”–, en donde se respiraba un ambiente de disciplina, pero también de cariño, de la comprensión del “contrato sicológico” entre unos padres quienes entregaban a unas personas particulares un hijo, para que fuese formado no solamente en la utilitaria función de leer y escribir, sino en la integralidad de una educación en valores, en la identificación temprana de conductas cimarronas que debían ser moldeadas, orientadas, y sobre todo –aunque ahora se abjure del término– disciplinadas oportunamente.

Pasé luego a otro parvulario, en donde perfeccioné las primeras letras, siempre viviendo en torno a una formación que complementaba la que se efectuaba responsablemente en mi propio hogar; corrigiéndome, ordenándome, aconsejándome; sometiéndome a una institución que conllevaba consecuencias disciplinarias si no se hacía lo correcto, o si alguno de los alumnos tratara de imponer caprichosamente su conducta particular como el modelo de actuación.

Los padres se interesaban entonces por el desempeño de los hijos-as; se velaba por la responsabilidad mutua de formar tanto en el hogar como en la escuela. Claro que hubo jalones de orejas, palmadas en brazos, o alguno que otro acto bienintencionado, como límite demarcador entre el libre albedrío y lo requerido; pero siempre con una visión del propósito de formación integral.

Tuve después la fortuna de estudiar en un colegio dirigido por padres dominicos, en donde la excelencia académica y la disciplina eran los pilares fundamentales; recuerdo a los hermanos Francisco y Huici; al padre Eugenio; todos de pensamiento profundo y formadores severos, pero inigualables orientadores de buenas conductas.   

No recuerdo que nadie se haya quejado de su severidad, ni de sus métodos; corrían otros tiempos, no había tantas ocupaciones profesionales ni intereses que denostaran de sus normas, ya que a pesar de la rigidez, siempre educaron en ideales, en rechazar el conformismo como destino ineludible.

A la enorme distancia entre las brumas del tiempo, quiero hacerles hoy a todos ellos este agradecimiento, ya que por su noble formación brindada –especialmente por el amor y el rigor con que me disciplinaron– estoy escribiendo hoy estas letras que usted lee, y no escribiendo garabatos en las paredes de una prisión.

porelcambiocultural@gmail.com