Eudilia Molina
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Motivada por los últimos acontecimientos sobre la educación en un preescolar puedo afirmar hoy, que el problema de la violencia contra los niños y niñas es una emergencia real y donde el órgano rector de la educación debe resolver de manera humana y apremiante, ya que sin duda alguna esta situación no es nueva. Durante muchos años los niños y niñas han sufrido violencia a manos de los adultos sin ser vista ni oída. Sin embargo, no podemos ignorar que es un problema de toda la sociedad.

Los casos de maltrato que últimamente han sido visibles en centros infantiles, han llamado la atención como si fuera algo nuevo, pero en realidad la violencia contra los niños inquietos siempre se corregía con castigos severos, tales como propinándoles reglazos, tirándoles el borrador, halándoles las orejas hacia arriba o las patillas, hincándolos en arena o trigo.

Otros castigos que llegaban a la humillación era ponerles orejas de burro, enviarlos a una esquina del aula, obligarlos a barrer el patio, hacerles llamado de atención en público, ponerles apodos, etc. También se presentaban caso de expulsión del centro escolar o matrícula condicionada. Esta modalidad era aprobada por la familia y por el órgano rector de la educación, aunque no lo autorizara tampoco la rechazaba. Por lo tanto, no se puede alegar desconocimiento, porque cada nicaragüense lo ha vivido en carne propia, unos con mayor intensidad que otros. Este método rudo sin orientación ni visión psicopedagógica se continúa utilizando aún en otros países.

Para que nos demos cuenta que no estamos solos en esta preocupación, desde hace varios años la Organización de las Naciones Unidas trabaja en esta área, sin darle tregua a este fenómeno. En su informe mundial del 2007 sobre la violencia contra los niños y las niñas indica que “... Solamente 16 Estados prohíben todo castigo físico a los niños en todos los entornos, esto deja a la gran mayoría de la población infantil del mundo sin la protección legal necesaria para que no sean golpeados y deliberadamente humillados en sus hogares.

Adicionalmente, los niños y niñas sufren violencia a manos de las personas encargadas de su cuidado en la escuela y en los sistemas de protección y de justicia, así como en los lugares donde están trabajando de manera legal o ilegal. En más de 100 países, en las escuelas, los niños y niñas sufren la realidad o la amenaza de palizas legalizadas y autorizadas por el Estado”. (Informe Mundial sobre la Violencia contra los Niños y Niñas. Paulo Sergio Pinheiro P.6)

Este fenómeno psicosocial continúa vigente en los hogares y centros escolares, donde se aplican métodos coercitivos al niño pequeño y grande, pero con nuevas figuras de abuso para corregir, haciendo sentir a los pequeños que son diferentes a los demás. Con ello se da lugar a otro problema: la estigmatización. Es decir, ya no son solo los castigos físicos, sino psicológicos utilizando estrategias correctivas sin orientación ni visión pedagógica.

Como especialista en Psicología Educativa tengo conocimiento de que el método tradicional está tan arraigado a todos los niveles de esta sociedad, me estoy refiriendo a los métodos que transmitieron los primeros educadores, quienes tenían como principio las buenas intenciones formativas para los educandos, pero en la actualidad esas actitudes están fuera de normas formadoras.

Los teóricos de la educación reconocen, que el modelo del docente autoritario en las aulas conlleva a una situación inadecuada para garantizar el buen aprendizaje y desarrollo personal, social y emotivo de los alumnos; según Uribe, Castañeda y Morales en su libro Violencia Escolar “los tradicionales esquemas de enseñanza, concebidos desde la perspectiva del docente, están saturados de relaciones autoritarias e inflexibles y descontextualizadas de los acontecimientos sociales, económicos y políticos”.

Estos modelos obsoletos, anticuados para las características socioculturales del presente, que unido al abandono de los padres de familia de sus obligaciones educativas, contribuyen a generar en los escolares: descontento, desmotivación, aburrimiento, alejamiento de la realidad escolar, rebeldía, rechazo hacia las normas escolares, etc.; todo esto depara a su vez en un aumento de las situaciones disruptivas y de violencia en la escuela.

Para concluir considero que las conductas violentas no deben tener cabida en los centros escolares de cualquier nivel, pero esta tarea es una lucha conjunta de todos los miembros que forman la comunidad escolar empezando por los padres y profesores, alumnos y el órgano rector de la educación. Cada uno de estos actores juega un lugar importante y delicado.

El maestro debe ser formado para ser un agente de cambio que orienta y dirige con el ejemplo y esta trasformación es de toda la vida. La formación debe ser a través de talleres de concientización para formar en ellos sensibilidad y amor, deben ser capaces de estar abiertos a los cambios psico-socio-culturales.