Jorge Eduardo Arellano
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Málaga está asociada en mi memoria a la escritura -en enero, 1904- de una famosa oda: “uno de los poemas más hermosos, más perdurablemente modernista” de Rubén Darío. Así lo valoró Juan Ramón Jiménez, a quien su autor lo enviara manuscrito en amplio papel marquilla para ser difundido en la revista Helios de Madrid (febrero, 2004). Es claro que se trata de A Roosevelt: la magnífica, soberbia oda que inspiró al mismo Juan Ramón la siguiente glosa poética: “Esas estrofas de bronce y de rosas que el gran poeta dice a Roosevelt, están aprendidas en el trueno espumoso de las olas. Hay dentro de ellas una marina apoteosis de gloria, presidida por Dios, en un fondo de cielo abierto, entre guirnaldas y lirios, con trompetas sonoras, alegres clamores y cánticos celestes…”

Asimismo, en Málaga transcurrieron los últimos días de Jorge Guillén (1893-1984). Allí vivió su niñez Vicente Alexandre (1898-1984), constituyendo el mundo en sus primeros recuerdos; en esa ciudad junto al Mediterráneo nacieron Emilio Prados (1899-1962) y Manuel Altolaguirre (1905-1959), fundadores de la revista Litoral (1926), uno de los órganos de la generación de la República o del 27. Malagueños también fueron José María Hinojosa (1904-1936), el primer poeta surrealista de España; y José Moreno Villa (1887-1955), transterrado en México al igual que Altolaguirre y Prados.

Enuncio estos hechos ante la presencia de otro malagueño, pero de nuestros días: Francisco Muñoz Soler, quien convocó a un perfomance el martes 16 de marzo en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, protagonizado por la bailarina Lucía Jarquín; y a una lectura de sus versos, realizadas por Javier Espinoza y por él mismo. Perteneciente a la tradición poética de la referida ciudad-puerto andaluza, este poeta español -nacido en 1957-, Muñoz Soler presentó sus Poemas selectos (Tijuana, 2014): más de un centenar de textos epigramatistas, muy próximos a la prosa. Es decir, inscritos en la definición tradicional que concibe el epigrama como “pensamiento de cualquier género expresado con brevedad y agudeza”. No como arma amorosa y política, según ese renovador del género que ha sido en lengua española, desde los años 50, Ernesto Cardenal.

Directo y destellante, el verso libre de Muñoz Soler asedia temas comunes a la poesía de todos los tiempos: la preocupación existencial, la misión del poeta, la temporalidad, el carpe diem, entre otros, más la rebelión contra los códigos del poder, el futuro bienestar de la humanidad y el ansia metafísica. De ahí su convicción: “Buscamos sin cesar el espacio / donde hallar a Dios / antes de convertirnos en cenizas / de los campos de su nada”.

Muñoz Soler increpa a la muerte y proclama la vida. “Porque es breve, / cruel, terrible e inclemente / la vida que nos toca vivir, / debemos aferrarnos a ella / para que en el día de nuestra propia muerte, / sepamos que al menos / tuvimos la dignidad de querer vivirla”. Él opta por los apasionantes sueños, evita el desamparo, a pesar de la áspera tristeza que ahonda su alma. Le preocupa la muerte diaria en el planeta por causas evitables, de veintiséis mil niños. Considera la homofobia “una lacra que ataca a los cretinos”. Confiesa que un ángel negro entró en él para atormentarlo, atravesando con sus alas de fuego “lo más íntimo, lo imperecedero”. Opina que los Estados Unidos es “tierra de héroes vencedores y patéticos villanos”.

Ha leído a Octavio Paz, a Allen Ginsberg y a Reynaldo Arenas; o sea a tres poetas de América, continente que no le ha sido ajeno. En efecto, diez de sus dieciséis poemarios se han editado en la Florida (La claridad asombrosa), Cuba (La incierta superficie), México (La restauración y La voz del pensamiento), Perú (Áspero tránsito, Lluvia ácida y Una flor erguida), Venezuela (Prehistoria poética, más La densa corporeidad de mi memoria) y El Salvador (En tiempo de prodigios).

Muñoz Soler ofrece sus mejores poemas, casi todos reflexivos y traducidos al inglés con la certeza de la incertidumbre y signado por la luz dorada, primaveral, de Málaga; por la muerte absurda y fulminante; por el beso espontáneo y profundo de su padre; por el dolor, el llanto y la tristeza de su hijo; por la naturaleza de paz interior y su imploración a Dios; por la fugacidad de nuestras vidas y su digna aspiración de ser rey “de un minúsculo, pero espléndido fulgor”.