Jorge Eduardo Arellano
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El arte es una virtud y más aún cuando se agrega la persistencia colectiva, la constancia en hacer arte en medio de las dificultades y las limitaciones, un asunto de indispensable armonía, utopía posible desde la música. Navegar fluidamente con los distintos dedos de las dos manos sobre el teclado del piano para sacar de cada movimiento la melodía que despierta agradecida, como la que logra el joven Enrique Cordero. La persistente batuta que junta a los maestros(as) y alumnos(as) de la Camerata Bach, generaciones y experiencias distintas, entre la multitud de sones navideños, de tambores, campanas y chilincocos, clásicos, tradicionales y pinoleros, del maestro Ramón Rodríguez, recién nombrado Director del Teatro Nacional Rubén Darío. La prometedora voz de Elisa Picado que se eleva a la cúspide de los cristales desde la noche, la gloria y la paz. Se juntan en la serena pascua, en el alegre mugir de la mula y el bramido del toro de Octavio Robleto, las voces que acompañan en el Coro de Cámara de Nicaragua, en un suave murmullo para dormir al niño recién nacido quien ignora el calvario que le espera, con el picotear de pájaros sueltos y el silencio elocuente, todos al lado de la orquesta de virtuosos artistas.

Desde las entusiastas romerías que esta orquesta, como una voz que clama en el desierto tropical de nuestra cotidianidad, hace en teatros, catedrales, iglesias, auditorios y plazas, una lección se aprende. El concierto, en ésta y todas las épocas, requiere juntar esfuerzos individuales para emitir desde la tarima o entre las multitudes, en medio de las diferencias de timbres, instrumentos y escalas, una paz de sueños, un sueño en paz, un equilibrio justo, una palabra que se pronuncie cuando le toque hablar y otra que escuche para articularse juntas después.

Los sones de pascua, El niño del tambor, La bella pastorcita o el Aleluya, cuando suenan, evocan en todos(as) viejos recuerdos; la música es mística y humana, es legado y promesa, soledad y compañía. Bajo el arte se esconde una verdad que tenemos que descubrir. Es un testimonio de la desigualdad. ¿Cuántos no escuchan los sones de pascua? ¡En cuántas navidades en vez de nacer el niño, muchos niños mueren! Es el triste presagio de los inocentes. De aquellos a quienes no sólo la música pasa de lejos, sino la comida, los arbolitos, sus luces y las campanas, los regalos vistosos son ajenos, las anunciadas promociones comerciales ahogan de rótulos y anuncios la ciudad y a sus habitantes, aturden, muestran un mundo de ficción, mientras la Nicaragua nuestra de todos los días, canta y llora. ¡Quién causa tanta alegría! Por entre las calles de altares y gofios, camina la gente con sus morralitos... Las diferencias que nos hacen daño quizás encuentren en la música, maestra de armonía, en la sonora voz del canto, en la emoción de la idea, en el compromiso del acto, un punto de unión, de consenso de tiempos y ritmos, en estos diciembres que parecen nuevos, pero muchos ya se han ido; en este año que se va de prisa, que ha agotado sus oportunidades, para abrir otro espacio, a ver si el que viene resuelve lo pendiente, o continúa haciendo lo que ya parece un vicio, una desacertada actuación, sus trastadas sin ton ni son, de violín desafinado, cantor despistado u orquesta desvirtuada.

Un año se va, otro comienza ya. La Navidad es un buen deseo, la oportuna ocasión que se repite otra vez, no se cansa en volver. Alrededor de la mesa (quienes tengan mesa) escuchemos una canción (quienes tengan canción), comamos juntos (quienes puedan comer) y que la solidaridad adormecida y la tolerancia tirada al olvido, concuerden entre nosotros bajo el mismo techo; ojalá todos alcancemos bajo el mismo techo…
Paz y Bien
www.franciscobautista.com