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El exceso de influencia que los gobiernos israelíes ejercen sobre las políticas estadounidenses, mediante poderosos individuos y grupos de presión, es y ha sido siempre insólito.

Mediante el llamado cabildeo judío, presente en los medios de comunicación, círculos gubernamentales y financieros, Israel es el país que más presiona y asegura una vasta transferencia de recursos financieros por parte de Estados Unidos.

Israel obtiene de este país (EU) transferencia de tecnología y armamento de punta, entrada ilimitada de sus productos a los mercados estadounidenses, ingreso libre de inmigrantes, compromiso incondicional de apoyo en caso de guerra, complacencia en la represión de palestinos y veto garantizado contra las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El poder de Israel se manifiesta en las numerosas peregrinaciones que políticos estadounidenses realizan anualmente a ese país para declarar su lealtad al Estado hebreo, incluso durante periodos de intensa represión de poblaciones sometidas.

A pesar de las evidencias contundentes presentadas por los aliados europeos sobre la violación de derechos humanos en los territorios ocupados, en la Asamblea General y en el Consejo de Seguridad de la ONU, Washington calificó como antisemitismo las críticas hechas por 150 países del racismo de Israel.

La explicación de esta paradoja, reside en el papel poderosamente influyente de grupos de presión judíos, pro-israelíes en sectores estratégicos de la economía estadounidense, los partidos, el Congreso y el Ejecutivo.

El fenómeno de los expatriados que buscan influir sobre el poder imperial no es exclusivamente judío. Pero en ningún otro caso este vínculo ha llevado al establecimiento de una relación hegemónica, en donde los Estados Unidos rinden tributo a Israel y se encuentra sujeto a la ideología de sus colonos en su territorio. Es el caso único de un Imperio global colonizado por un poder regional, proporcionando de esa manera un modelo único de relaciones interestatales.

Más aún, Israel impone límites a la política estadounidense e internacional hacia Medio Oriente. La posición hegemónica de Israel ha perdurado a lo largo de las presidencias de demócratas y republicanos por más de medio siglo. En otras palabras, se trata de una relación histórica estructural, que no se basa en personalidades ni en coyunturas específicas y transitorias.

El Estado hebreo, que tiene poco poder y un alcance económico y militar limitado si se le compara con Estados Unidos o Europa, basa su influencia en la “diáspora”, en las redes judías de influencia, tanto política como económicas, altamente estructuradas, que poseen acceso directo e indirecto a los centros de poder y propaganda en el país más poderoso del mundo.

El tributo se extrae mediante la influencia de los “colonialistas internos” que operan al nivel de los medios de opinión, el Congreso y la Presidencia. Cerca del 50 por ciento de los fondos de los Partidos Demócrata y Republicano, provienen de personas judías, pro-israelíes. Por cada dólar que gastan las redes judías en influir los resultados electorales, el Estado israelí recibe más de 150 dólares en ayuda para financiar y armar a los colonos asentados ilegalmente en los territorios ocupados y reprimir al pueblo palestino.

Mediante sus redes de cabildeo en ultramar, Tel Aviv puede intervenir directamente y definir los parámetros de la política exterior estadounidense hacia Medio Oriente e Israel. La propaganda que sugiere que la represión israelí del pueblo palestino es una respuesta justificada por las víctimas del Holocausto, ha sido repetida hasta el cansancio en los medios de comunicación.

El Presidente de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas y ex Canciller nicaragüense, el Padre Miguel D’Escoto Brockmann, es una víctima más de los grupos de presión judíos en la ONU. Dada su influencia en los medios, su preeminencia en las páginas editoriales y de opinión de los diarios más prestigiados, consideran cualquier crítica como “antisemita”.

Esperamos que el futuro presidente de los estadounidenses, Barack Obama, cuyos fondos del partido no dependían de la contribución de los capitalistas judíos, sino de numerosos donantes privados, tenga una política más independiente.

*Jurista, Politólogo y Diplomático.

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