José Ernesto Benavides Sánchez / Escritor
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Anterior a la conceptualización de los Derechos Humanos, estos fueron denominados Derechos Naturales, y antepuesto a  la clasificación de estos Derechos por Generaciones (Derechos Humanos de primera, segunda, tercera y cuarta generación) tuvieron o gozaron una primera clasificación llamada: “Generación Cero”.

En el desarrollo de la Generación Cero de los Derechos Naturales de los hombres (y de las mujeres aunque conceptualmente no las mencionaran) la defensa de estos valores fundamentales estuvo encaminada a conquistar la “consideración y el tratamiento de humanos”, a los seres que no alcanzaban dicha calificación, lejanos de ser considerados personas racionales y libres, personas con derechos, dignidad, libertad y justicia.

Sin embargo, todas las personas oprimidas  y enmudecidas por el sistema colonial español, (a los que se les llamó “indios e indias” apelativo incorrecto, que debió ser utilizado por la conceptualización de “Indígenas” y que hasta la fecha, se continúa usando como palabra peyorativa o de desprecio, con la intención de irrespetar la identidad e idiosincrasia humana) contaron con la presencia y la voz de una persona que salía en defensa de sus derechos, quien se protegió de una especie de inmunidad mística, derivada del poder religioso de aquella época al que pertenecía, me refiero al fraile:  Bartolomé de las Casas (1484-1566), fraile dominico español, sevillano, con estudios de latín y humanidades, cronista, historiador, filósofo, teólogo, jurista, obispo de Chiapas, y defensor de la raza indígena americana.

En una pincelada de mis clases de historia en mis tiempos de estudiante de primaria en el colegio Calasanz de León, aún recuerdo el nombre de ese defensor de los indígenas, pero detrás de ese tímido recuerdo de mis lecciones de primaria existió una carencia absoluta en mis clases de Derechos Humanos en la Facultad de Derecho de la universidad de León, sobre la figura de ese hombre que fue un adelantado a su tiempo en materia de los derechos humanos y visto desde una perspectiva histórica y temática de las tres generaciones de los derechos humanos, como un destacado representante de lo que calificamos como “Generación Cero”, así lo ha descrito Emilio García García, de la Universidad Complutense de Madrid, en su artículo Bartolomé de las Casas y los Derechos Humanos.

La “Generación Cero” está referida a ese largo pasado de usos y costumbres religiosas, filosóficas y culturales, que amontonan los deseos de dignidad, libertad, justicia y felicidad del ser humano. En ese pasado y en original línea, se nos presentan los autores españoles: Pedro de Córdoba, Antón de Montesinos, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, personas con espíritu humanista y humanitario y considerados como los primeros tratadistas de los derechos naturales y del derecho de gentes de las nuevas Españas. Dentro de este acreditado grupo de filósofos españoles del siglo XVI, de modo especial se destaca la figura de Fray Bartolomé de las Casas.

De las Casas dedicó su vida y su obra a la defensa de los derechos del hombre (debiendo entenderse incluidos indios, indias, españoles, españolas, negras y negros), sin distinciones. Es decir, defendió los mismos derechos para los indios como para los españoles, aunque en estricta justicia, tendría en primer plano la defensa de los que él considera más débiles: la raza indígena oprimida, la que según manifestaba, estaba integrada por seres humanos de plenos derechos, racionalidad, libertad, sociabilidad. Afirmaba que los españoles tenían derechos a establecerse en otras tierras y tener posesiones, a comunicar su cultura, a predicar el evangelio, pero todo ello preservando los derechos de los indios y el bien común.

Este hombre con espíritu humanista y humanitario, argumentaba la dignidad del hombre por ser creatura de Dios, pero también por sí mismo, ya que las naturalezas creadas tienen autonomía propia. Pensaba que el hombre, por su naturaleza, tiene unos derechos naturales y filosóficamente, por su naturaleza racional y volitiva, tiene una dignidad que le hace acreedor de determinados derechos de forma connatural e inalienable. En el plano teológico, la dignidad le viene dada por ser criatura de Dios, a su imagen y semejanza. Ambos planos, el natural y el divino, lo comparten todos los hombres que, en su dignidad, son todos absolutamente iguales, como miembros todos de la especie humana. Hace cuatrocientos cincuenta años, el máximo representante de la Generación Cero concebía la igualdad de los humanos a como en la actualidad lo establece el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el cual reza: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Por ende, la concepción filosófica  de Bartolomé de las Casas desde el ámbito humanista exclusivamente, sigue en una buena parte tan vigente y tan real como siglos atrás y pendiente de alcanzarla en plenitud tanto formal como real.

Según De las Casas, en aquella época, el hombre poseía animalidad y racionalidad y de estas esencias se derivan ciertas necesidades que tiene derecho a satisfacer, las que le generan derechos. De la animalidad surgen las necesidades propias de la vida, corpórea, vegetativa y sensitiva, que engendran derechos, como el derecho a la vida misma que conlleva las condiciones materiales para una vida digna y de calidad humana: vivienda, alimento, agua, vestido, trabajo, salud. De la racionalidad surgen los derechos al conocimiento y a la libertad, estos son los Derechos Propios de la Generación Cero destacándose: el Derecho a la libertad, Derecho a vivir en sociedad, Derecho a tener gobernantes justos y elegidos libremente, Derecho a libertad de pensamiento y creencias, Derecho a evangelizar, comunicar bienes y transmitir cultura, Derecho natural, Derecho de gentes y Derecho positivo.

Fray Bartolomé de las Casas en el siglo XVI imaginó y deseó fervientemente para el Nuevo Mundo otros caminos, visualizando los peligros y desgracias, si no se modificaba el rumbo. Quinientos años después sus denuncias siguen vigentes y nos animan a pensar en otro mundo posible y luchar por alcanzarlo, sin discriminación alguna, sin violencia, con tolerancia, solidaridad  y humanismo.