Orlando López-Selva
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Con cierta frecuencia, los relacionistas internacionales latinoamericanos se preguntan si tenemos validez en la agenda de política exterior de Washington.

Salvo algunas crisis —como la de los misiles de Cuba en 1962 o con México en años recientes— no estamos en el foco de los intereses estadounidenses.

A veces suceden situaciones particulares con los movimientos revolucionarios (o golpes de Estado) que convulsionan la región y ponen en alerta a los más sensibles de Washington.

En otras palabras: importamos poco porque somos naciones que no aportan mucho a los intereses de la potencia norteamericana. Salvedad: Brasil, México, Argentina, Colombia y Chile. Y la rebelde y controversial Cuba que siempre tiene propuestas que agitan el statu quo de los intereses estadounidenses.

Al ver las cosas desde allá, los republicanos son los que menos nos toman en cuenta, pues prefieren las políticas de fuerza y victorias e intereses más encontrados con las otras potencias.

Usualmente, los presidentes demócratas norteamericanos son los que más intentan arreglarse con sus vecinos en América Latina.

El presidente Franklin D. Roosevelt propiciaba una Política de Buena Vecindad; Jimmy Carter, una de Respeto a los Derechos Humanos; y Bill Clinton, de Comercio Libre entre las Américas.

¿O tal vez solo tratan de ser simpáticos o conciliadores, como cuando vienen a Latinoamérica y comienzan a hablar como el Tarzán en los cuentos de Edgard Rice Burroughs?

Pero sorprenden los nuevos giros del Departamento de Estado hacia la región.

¿Por qué lo hacen?
El reciente viraje de la política del presidente Obama hacia Cuba, su alianza estratégica con Colombia, sus meticulosas comunicaciones con México y los penosos altercados con la presidenta brasileña Roussef, nos dicen, que, por fin, le importamos al presidente norteamericano. ¡O al menos un poco más que a sus predecesores!

El presidente Barack Obama estaba bien ocupado con su agenda más fastidiosa. Había enfocado todas sus políticas en el combate contra el terrorismo, las guerras en Afganistán, Siria e Iraq, el narcotráfico en la región, y las fricciones rutinarias que suceden normalmente con Rusia y China en diferentes campos.

¿Y América Latina? En el tintero. No obstante, con el intento de su administración de reiniciar relaciones diplomáticas con Cuba, ya hay una nueva perspectiva. A pesar de ser los congresistas republicanos los que en estos dos períodos, se han opuesto a casi todas las iniciativas del presidente demócrata en la región.

El punto es que después de los avances con Cuba, la subsecretaria de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Roberta Jacobson anunció que estarán pidiendo al Congreso aprobar un presupuesto de 1,990 millones de dólares para ayudar a “la seguridad y la prosperidad en Centroamérica”.

Pero al leer bien el documento, el concepto de Centroamérica incluye a Colombia, Perú, Venezuela, México y Haití (¿?). Y el adjetivo prosperidad está amarrado con la palabra seguridad, que es la que verdaderamente le interesa a la Casa Blanca (es muy de los diplomáticos ser elásticos en las definiciones y grandilocuentes cuando van a regalar algo).

Al ver la gran cantidad de plata, hay entusiasmo tropical. Pero esa ayuda está marcada. Y se achican las cuantías cuando se agregan gastos administrativos, salarios y viáticos de los funcionarios del Departamento de Estado encargados de la cooperación.

A México le tocarían US$119 millones, para combatir el narcotráfico; US$288.7 a Colombia por igual asunto; US$95.9 para Perú, el mayor productor mundial de coca; US$241.6 a Haití; y US$53.5 para promover la libertad de prensa en Cuba, Venezuela, Ecuador y Nicaragua.

¿Washington ya asume que Cuba volvió al redil como para ofrecerle lustrosos paquetes de cooperación con estrategias incautas?
Desde luego que los países del ALBA sentirán esto como un insulto. Prevalecerá la triste retórica.

Si Obama se arregla con Cuba, no habrá más argumentos para seguir reclamando que esa es una deuda pendiente.
Seguramente, los líderes del ALBA removerán la historia con sus lóbregos cinceles y martillos de arqueólogos. ¿Nunca podrán acomodarse con Washington? ¿O serán las nuevas generaciones, especialmente las cubanas, ya bastante hartas de tanta propaganda y resentimientos históricos, las que cambien de postura?

En sus dos últimos años, el presidente Obama decidió dejar mejor sentada su imagen con sus vecinos pequeños. El gesto con Cuba quiebra cualquier antecedente. ¿Después seguirá Venezuela? ¿O Cuba sentará el precedente para que Venezuela se acomode y se entienda con EE.UU.?

¿O estas acciones matemáticas buscan a otros aliados estratégicos del Sur, para crear un frente occidental más amplio que enfrente los embates de los enemigos que surgen del agitado Oriente?