Adolfo Miranda Sáenz
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Basados en varios estudios históricos y médicos de diferentes especialistas que analizaron el relato de los Evangelios, sabemos que Jesús murió por múltiples causas que iniciaron en Getsemaní la noche de su captura. Saber los sufrimientos y muerte que le esperaban lo llevó a una angustia tal que de su rostro brotó sangre mezclada con sudor. Fue una hematohidrosis. Ante un estrés elevado las glándulas sudoríparas sufren una hemorragia, los pequeños capilares glandulares se rompen y de este modo se mezcla la sangre con el sudor. Esto lo debilitó físicamente. Cuando compareció sucesivamente ante Anás, Caifás y Herodes, un alguacil lo golpeó en el rostro y los soldados le cubrieron los ojos, lo escupieron en la cara y le dieron, ya no un puñetazo sino varios golpes en el rostro. La zona facial es sumamente sensible a los traumas y propicia a hematomas e inflamación.

Pilato lo mandó a azotar. Como era la costumbre lo desnudaron, lo amarraron de las manos en una columna y dos soldados lo azotaron en la espalda, caderas y piernas con látigos llamados flagellum, formados por un mango y tiras de cuero con pequeños huesos de oveja y cinco bolas de plomo de unos tres cuartos de pulgada con puntas de hierro en todas direcciones, conectadas al mango por medio de cadenillas. Jesús sufrió un abundante sangrado de los vasos mayores que irrigan los músculos quedando una masa de tejido sangrante. Tuvo un shock hipovolémico (brusca disminución del volumen de la sangre) causante de hipotensión (disminución de la presión arterial). Le echaron encima un manto que luego lo retiraron, pero este ya estaba adherido a la espalda sangrante y el brusco tirón desgarró más las heridas.

Le colocaron una corona de espinas oprimidas sobre su cuero cabelludo. Las espinas más comunes en la zona eran de entre diez y veinte centímetros y duras como clavos. Al golpearlo con el “cetro”, las espinas perforaron la piel de la cabeza y la frente, causándole un profuso sangrado en una de las zonas más vascularizadas del cuerpo humano. Luego cargó el madero horizontal de la cruz, una pieza llamada patibulum con un peso aproximado de 80 libras. Estaba tan débil que no pudo subirlo hasta el Gólgota, donde en el suelo agregaron el madero vertical formando la cruz y clavaron a Jesús de manos y pies.

Realmente los clavos fueron pasados por las muñecas (en la terminología antigua consideradas como parte de las manos), entre los huesos carpianos. El nervio sensitivo-motor medio quedó gravemente afectado, produciendo un terrible dolor en los brazos. Clavaron sus pies a través del segundo espacio intermetatarsal. El nervio peroneal profundo y las ramas del nervio plantar lateral y medio fueron dañados produciendo terribles dolores. Los clavos medían unos 18 cm.

Después de clavarlo levantaron la cruz en alto para plantarla violentamente en un hoyo en el suelo; esta sacudida desgarró sus carnes y le ocasionó intenso dolor. El peso del cuerpo lo sostenían los brazos haciendo que los músculos intercostales y pectorales estuvieran tensos dificultando sus movimientos para respirar. A medida que la disnea (dificultad respiratoria) aumentaba y se incrementaba el dolor en las muñecas y los brazos, Jesús levantaba su cuerpo con los pies y el dolor se acrecentaba, aunque la respiración se facilitaba algo. Cuando el dolor en los pies se tornaba insoportable el peso recaía sobre las muñecas y nuevamente se le dificultaba respirar. Desangrado, con terribles dolores, sin poder respirar, su cerebro dejó de recibir oxígeno y su corazón se detuvo. Jesús murió asfixiado. ¡Pero al tercer día resucitó!