Adolfo Miranda Sáenz
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Monseñor Oscar Arnulfo Romero sigue enterrado en el sótano de la Catedral de San Salvador con un tiro en el corazón. Creyeron apagar su voz en 1980, pero su voz, desde entonces, no ha hecho más que amplificarse por el mundo entero. En su primer viaje a Centroamérica en 1983, el papa Juan Pablo II se detuvo inesperadamente en la Catedral de San Salvador. El papa se arrodilló para orar sobre la tumba del arzobispo Romero a quien calificó de “celoso Pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida”. El papa Francisco recientemente declaró que monseñor Romero “es un mártir de la Iglesia” y en junio procederá a beatificarlo.

Fue nombrado arzobispo de San Salvador el 22 de febrero de 1977, cuando El Salvador era gobernado por una cúpula empresarial de derecha radical y explotadora, protegida y respaldada por un ejército criminal y corrupto. Faltaban todavía unos años para masacres como las de Río Sumpul y El Mozote. Monseñor Romero había sido ordenado como obispo auxiliar de San Salvador en 1970, y en 1974 fue nombrado obispo de Santiago de María, donde los sangrientos crímenes de la derecha gobernante escondida tras la “mano blanca” y apoyada por los militares, lo llevaron a ejercer una línea pastoral de apoyo a los perseguidos por defender los derechos humanos y asumir plenamente la “Opción Preferencial por los Pobres” según manda la Doctrina Social de la Iglesia, conforme el Evangelio.

Su primer mes como arzobispo resultó dramático. Ante la evidencia de fraude en las elecciones presidenciales, los manifestantes se congregaron en el centro de la ciudad. Las tropas dispararon contra la multitud y numerosas personas huyeron a refugiarse en la iglesia de los dominicos. Decenas de personas fueron asesinadas. La Conferencia Episcopal Salvadoreña en una Carta Pastoral condenó violaciones concretas de los derechos humanos y denunció las estructuras sociales injustas de El Salvador. Fue leída en todas las iglesias el 13 de marzo. Esa misma tarde, el jesuita Rutilio Grande, párroco de Aguilares, y dos compañeros, fueron asesinados cuando iban a celebrar misa en El Paisnal. Monseñor Romero no solo leyó la carta, sino que su comentario fue tan emotivo y hermoso que se evidenciaba que la sabiduría de Dios estaba con él.

Monseñor Romero predicaba con una enorme fuerza contra las injusticias sociales y la represión. Eran tantas las personas que sintonizaban en la radio sus homilías dominicales que se podía ir por la calle sin perder ni una frase, porque se iba enlazando el sonido de la radio de una persona con el de la siguiente. Pero monseñor Romero no solo hablaba, sino que también escuchaba, a sacerdotes y campesinos, a trabajadores y empresarios conscientes, no vinculados a la derecha explotadora. Los grupos de izquierda eran masacrados o encarcelados y torturados. La Iglesia sufría persecución, fueron asesinados varios sacerdotes y laicos Delegados de la Palabra. Monseñor Romero expresaba: “En la raíz de todo está un gobierno manipulado por un capital intransigente y dispuesto a no dejar predicar a la Iglesia su mensaje integral, que despierta la conciencia crítica del pueblo”.

El domingo 23 de marzo de 1980 predicó una homilía en la que fuertemente exclamó: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el Cielo, cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión...!” Al día siguiente, mientras celebraba la misa vespertina, fue asesinado por un francotirador. Pero su voz nunca fue ni será silenciada.