Jorge Eduardo Arellano
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Es todavía muy frecuente en todo el mundo castigar físicamente a niños y niñas, a pesar de las Convenciones internacionales firmadas por los gobiernos de casi todos los países, que plantean garantizar una vida sin violencia a todas las personas. Aunque las niñas y los niños están protegidos por esas Convenciones, el castigo físico que padecen no se entiende como violencia, sino como “educación”, como actitud “por su bien”. Muchos piensen que castigar a un niño físicamente no tiene consecuencias en el resto de la vida. Se equivocan.

La mayoría de los adultos tenemos una gran insensibilidad ante la violencia a la cual están expuestos niños y niñas. Hasta que nos permitimos acercarnos a nuestra infancia y reconocer la realidad que vivimos, hasta que trabajamos con esa experiencia y esos recuerdos. Es entonces cuando podemos cambiar nuestra percepción de lo que significa la violencia hacia niños y niñas. Es entonces cuando nos convertimos en “testigos empáticos”.

Leer los libros de Alice Miller me ayudó mucho en mi trabajo de acercarme a mi infancia para reconocer la realidad que había vivido.

Yo nací en 1947, dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Mis tres hermanos tenían cinco, tres y dos años. Mi madre, 24.

No recuerdo haber recibido amor de mis padres. No recuerdo ninguna caricia de ellos. Existen pocas fotos de mi infancia y en ninguna mi madre me tiene en sus brazos. Lo que mis padres entendieron como “amor” fue satisfacer nuestras necesidades físicas, darnos de comer. Sintiendo ese vacío, luché toda mi infancia y mi adolescencia para recibir cariño y amor de ellos.

Los golpes de mi infancia, los “castigos” físicos, no eran otra cosa que abusos de poder de mis padres, que no sabían educar de otra forma, probablemente porque ellos mismos fueron educados con violencia. Sin embargo, recibir violencia no le da a nadie derecho a reproducirla.

Los golpes de mis padres provocaron en mí, lógicamente, no sólo dolor, sino también rabia. Pero, mientras el dolor está permitido, la cólera y la rabia son sentimientos prohibidos para los niños. Porque, como dependemos de nuestros padres y necesitamos su amor y su cariño, reprimimos los sentimientos de rabia y decimos y sentimos que los queremos, que son buenos, pero en realidad nos obligan a honrarlos sin que ellos nos honren.

Los sentimientos de rabia y de impotencia ante el poder de los padres se desconectan de sus causas, ya que por recibir -aunque sea algo del amor de ellos- la mente entierra esos sentimientos y los “olvida”. Pero las emociones buscan siempre, y con fuerza, cómo expresarse. En mi caso, yo desarrollé mecanismos autodestructivos: tomé pastillas, por un tiempo ingerí muchas bebidas alcohólicas, traté de suicidarme…
Por la violencia de sus padres, una niña o un niño castigado físicamente pierde la confianza en ellos y prefiere no contarles nada. Siente miedo, ya que muchas veces ha experimentado que los padres lo castigan antes de hablar y que nunca le explican qué es lo malo que hizo para recibir castigos.

Muchos de esos niños y niñas cuando crecen y llegan a ser padres y madres repiten con sus hijos lo que vivieron en su niñez, sin recordar lo que esos castigos les hicieron sufrir. Alice Miller enseña que la única manera de que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal ni en un enfermo mental es que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que le haga ver y entender que no es él o ella quien está mal o está enfermo, sino que lo están las personas que lo maltratan. Yo encontré varias personas empáticas en mi vida: una maestra en la primaria, que me dio cariño; una vecina de mis padres, que me trató bien; y una profesora en la universidad. No sé dónde estaría hoy sin esas mujeres.

He trabajado las vivencias de mi niñez en mi proceso de sanar de las secuelas del abuso sexual, que también padecí. En ese esfuerzo me causó mucho dolor reconocer cómo fueron mis padres: incapaces de darme el amor y el cariño que merecía, imposibilitados de ayudarme a crecer sanamente. Reconocer esto me dolió, pero también me ha liberado.

La hija de unos amigos es el ejemplo más bello que tengo de lo que es una infancia feliz y sana: su integridad no ha sido dañada en ningún momento, ha recibido en cada etapa de su vida el respeto y el apoyo que necesitaba para desarrollarse hasta llegar a ser una adolescente y una adulta inteligente y cariñosa. Hoy respeta a otros y los protege, porque eso fue lo que aprendió y recibió cuando era niña.

Desde que concluí mi proceso de sanar he aprendido que puedo ser para otras y otros un testigo empático. Y hoy disfruto estar con niños y niñas, y me encanta observarlos y participar en su crecimiento dándoles mi cariño.

Otro mundo será posible si educamos con cariño. Educar con cariño es posible y es la mejor contribución que podemos hacer a la construcción de una sociedad más sana y menos violenta.

*Soy sobreviviente.

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