Francisco Bautista Lara
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El 23 de abril de 1916 debía conmemorarse trescientos años de la muerte de Miguel de Cervantes en Hispanoamérica, de William Shakespeare en el mundo anglosajón y del Inca Garcilaso de la Vega, mestizo latinoamericano. La conmemoración tricentenario se opacó por la Primera Guerra Mundial, cuyas circunstancias empujaron a Darío a salir de Europa para regresar a América. Este año 2015 es víspera del cuarto centenario de estas ilustres figuras del castellano y del inglés (1616-2016), y el centenario de Darío (1916 – 2016).

Desde 1995 (UNESCO), en dicha fecha se celebra el Día Internacional del Libro. Recordemos los libros sin olvidar a quienes escriben, a las personas que le dan sentido: lectores y lectoras. Darío, en el Prólogo de El Cuervo de Alan Poe, expresó: “La obra de un hombre está íntimamente ligada a las circunstancias de su vida” (1909), los libros recogen las existencias de las personas, reflejan un época, sus interpretaciones y experiencias. Aunque escribió: “Detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer” (Prosas Profanas, 1896), la literatura de Darío, sin renunciar a sus pretensiones estéticas, de belleza y perfección (“Yo persigo una forma”), entró en sintonía con su tiempo, lo reflejan sus crónicas de viajero, la prosa y la poesía.

En 1890 Rubén Darío escribió una “carta literaria” para el libro La Lira Joven del salvadoreño Vicente Acosta (Jirón, 2003). En el breve escrito se lamenta que “No hay sino escasísimos editores en la América hispana que paguen la producción intelectual, acercándose en tanto a la justicia”, 125 años después, no podamos decir cosa distinta. Agrega un consejo para el amigo: “El libro debe ser mirado como artículo de necesidad y por consiguiente, solicitado y pagado según su mérito. No regales un libro. El público vulgar cree que las prosas y los versos se escriben juega jugando. No sabe tanto de los insomnios, de los padecimientos físicos y espirituales de los que damos el jugo de nuestras venas y la vida de nuestro cerebro, para dar alimento al vientre nunca saciado de la prensa periódica. No regales un libro.”

A veces, algún conocido que sabe que he publicado varios libros, pregunta sin inmutarse: “¿Cuándo me vas a regalar uno?”.

Pienso en mis adentros, ¿no tiene en consideración los costos personales y económicos que implica escribir y publicar? A pesar de la recomendación de Darío, en ocasiones la desatiendo, regalo alguno. Escribir es necesidad, desahogo y obligación de regresar a la sociedad ideas y experiencias…, es compartir, es vocación y oficio. Al terminar mi última novela, Manantial, después de perder la noción del tiempo y permanecer sentado muchas horas, al levantarme, satisfecho por haber concluido, pasé varios días con un insoportable dolor de espalda que afortunadamente, pocas semanas después, se esfumó. El esfuerzo, el desgate y la satisfacción van en cada ejemplar.

Estoy convencido que ni los “libros”, --literatura, ciencia y conocimiento-- son el propósito, ni el “desarrollo” en la economía y la política lo es, para el ser humano son solo instrumentos. El propósito, escribió entristecido --apenado por no haberlo logrado-- Jorge Luis Borge, y expresó con brevedad y sencillez el carismático expresidente uruguayo José Mujica, ¡profunda y simple brevedad!: “Ser feliz”. Aprendamos a ser felices leyendo libros, divirtámonos con la literatura, en la naturaleza, la convivencia, la escuela, el trabajo… en la oportunidad de aprender… en “los privilegios de la simplicidad” que recuerda Gabriel García Márquez a través de Aureliano Buendía.

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