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Nadie debería tomar a broma el sugerente juego de fotos que publicó La Trinchera en su edición del 28 de noviembre pasado. En él aparece la foto de una estatua de la Virgen María y otra de Rosario Murillo vistiendo un traje que la hace lucir como la virgen de la estatua.

La Trinchera insinúa la posibilidad de que la Sra. Murillo esté tratando de proyectarse como una encarnación tropicalizada de la Virgen María. No puedo pronunciarme sobre eso. Podría tratarse de una casualidad. De toda forma, el juego de fotos publicado ofrece la oportunidad para hablar de algo que sí es evidente: la existencia de un proyecto religioso sandinista que se orienta a convertir al FSLN que controlan Daniel Ortega y Rosario Murillo en un virtual Partido-Iglesia-Estado.

Si el FSLN logra realizar su proyecto, eliminaría el peligro potencial que la iglesia Católica y las otras iglesias cristianas representan para sus ambiciones políticas. Más aún, se apoderaría de un mecanismo de dominación simbólico-religioso que además de ser inmensamente poderoso en una sociedad como Nicaragua, llenaría el vacío político-ideológico que sufre la otrora organización revolucionaria.

Reconciliación y proyección de una nueva imagen
En la primera etapa de su proyecto el FSLN buscó reconciliarse con la Iglesia Católica después de la conflictiva década de los 1980. Grosso modo, esta etapa se inicia con los letreros de bienvenida al Papa Juan Pablo II colocados por el FSLN en la segunda visita del jefe de la iglesia Católica a Nicaragua el 7 de febrero de 1996. Termina el 19 de julio de 2004, con el dramático abrazo entre Bismarck Carballo --el sacerdote humillado en un operativo de la Oficina de Seguridad del Estado del gobierno revolucionario de la década de los 1980-- y su verdugo, Lenín Cerna, el jefe de ese tenebroso aparato.

En la segunda etapa del proyecto religioso del FSLN, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo concentraron sus esfuerzos en proyectar una imagen de religiosidad frente al pueblo nicaragüense y frente a las organizaciones cristianas del país. Esta etapa corresponde –siempre grosso modo—al período que abarca desde el 3 de septiembre de 2005 --cuando Daniel Ortega y Rosario Murillo contraen matrimonio en una ceremonia religiosa a cargo del Cardenal Miguel Obando— al 26 de octubre de 2006, cuando los votos del FSLN en la Asamblea Nacional hicieron posible la criminalización del aborto terapéutico en Nicaragua. El 9 de agosto de ese mismo año, Rosario Murillo había declarado: “Somos enfáticos: No al aborto, sí a la vida. Sí a las creencias religiosas; sí a la fe; sí a la búsqueda de Dios, que es lo que nos fortalece todos los días para reemprender el camino”.

Tras el capital simbólico de las iglesias
Algo, sin embargo, empezó a fallar en el proyecto religioso del FSLN: la influencia y autoridad del Cardenal Obando, pieza central de su trama, empezó a derrumbarse vertiginosamente. Esto, sin embargo, no impidió que el partido gobernante continuara avanzando para transitar a la tercera etapa de su proyecto. En este tercer acto de lo que por razones que se mencionarán adelante, podría llamarse una tragicomedia anunciada, el FSLN que controlan Ortega y Murillo intenta apoderarse del “capital simbólico” de la iglesia Católica y de las otras iglesias cristianas; es decir, intenta desarrollar la capacidad de manipular las creencias cristianas para consolidarse en el poder.

A partir del 26 de agosto del corriente año, el FSLN colocó grupos de “rezadores” en las rotondas de Managua. Estos “rezadores” no representan a ninguna iglesia en particular. Piden por la paz que predica el FSLN y predican el modelo de reconciliación que ofrece la pareja gobernante. Son, en otras palabras, “rezadores” partidarios que manipulan la conciencia religiosa de la población para apoyar la creación virtual de un Partido-Iglesia-Estado sandinista.

Después de las turbias elecciones municipales del 9 de noviembre pasado, las rotondas donde operan los “rezadores” fueron decoradas con estatuas de la Virgen María. La imagen que ofrecen esas rotondas fue captada lúcidamente por José Adán Silva, de EL NUEVO DIARIO: “Ahí se levantan, en una irreal combinación de motivos religiosos, himnos cristianos de los hermanos evangélicos con motivos católicos y canciones políticas de la todavía convulsa campaña electoral. Igual se oye por los altoparlantes canciones de Marcos Witt (pastor evangélico estadounidense), que alabados a la Purísima Concepción de María, y canciones de protesta de los años 70 y 80, con enormes pancartas que rezan: ‘El amor es más fuerte que el odio’.”

La imagen cubista de las rotondas
La estampa que nos ofrece Silva luce confusa y contradictoria si la observamos desde una perspectiva “católica” o “protestante” o “sandinista”; es decir, si la tratamos de hacer sentido de ella desde la perspectiva mental que ofrece una identidad religiosa o política integrada y definida.

El sinsentido de esa misma estampa, sin embargo, adquiere forma y muestra su racionalidad si nos damos cuenta de que lo que ella revela es una identidad en pleno proceso de formación. Sus partes no lucen armónicas y coherentes porque se trata de algo nuevo, de algo que ni siquiera tiene nombre y que, por lo tanto, no corresponde a los registros mentales de nuestra imaginación.

La imagen de las rotondas es la representación de una fusión político-religiosa-católica-protestante-revolucionaria-reaccionaria tan confusa a nuestros ojos hoy, como lo fueron los primeros rótulos de campaña del FSLN hace poco más de dos años. La estética de esos rótulos --sobrecargados de palabras, en colores no tradicionales, con “faltas” de ortografía y la infaltable foto de Daniel “de América”--, sin embargo, ha empezado a “normalizarse” en el imaginario colectivo de la sociedad nicaragüense.

En 2009, el FSLN tratará de “normalizar” los quiebres y deformaciones que hoy se aprecian en la demencial combinación de los incoherentes elementos de su proyecto religioso. En otras palabras, tratará de naturalizar la visión religiosa que forma parte de su proyecto político.

Todo esto, decíamos, es la materialización de una tragicomedia anunciada. La intención de los que, liderados por Miguel Obando, buscaban anular la separación entre la Iglesia y el Estado en Nicaragua, se ha revertido contra ellos. El Estado, siguiendo su propia agenda, promueve ahora esa fusión para sus propios propósitos.

La “pared” divisoria entre las Iglesias y el Estado
El tema de las relaciones Iglesia-Estado ocupó un lugar importante en las discusiones para la redacción de la constitución de los Estados Unidos. Es imposible no admirar la sabiduría y el tacto político que predominaron en las negociaciones que se dieron en esa ocasión entre los líderes de los principales grupos religiosos de ese país y los líderes políticos del naciente Estado.

Entre los políticos prevaleció la posición que defendía la necesidad de levantar lo que más tarde Tomás Jefferson describiría como una “pared divisoria” entre las Iglesias y el Estado. Contra-intuitivamente, los líderes religiosos estaban mayoritariamente a favor de esta misma idea.

Los líderes políticos fueron capaces de reconocer que el futuro del nuevo Estado dependía de su capacidad para desarrollar una legitimidad propia, construida en un espacio político independiente del espacio religioso en el que operaban las iglesias. Reconocían, además, que la pluralidad religiosa imperante en las trece colonias originales hacía difícil cualquier forma de integración entre las organizaciones religiosas y el Estado.

Por su parte, los líderes religiosos –Presbiterianos, Episcopales, Bautistas, Moravos, etc.- intuían, lo que no intuyó la Iglesia Católica Nicaragüense cuando a partir de 1990, empezó a colonizar al Estado Nicaragüense. Intuían que el poder político siempre cobra los favores que otorga y que, por lo tanto, el levantamiento de una pared divisoria entre la Iglesia y el Estado, serviría también para proteger la integridad de las organizaciones religiosas que ellos representaban.

En Nicaragua, por el contrario, los líderes de la Iglesia Católica promovieron con ciego oportunismo el desmantelamiento de la condición laica del Estado. Todavía cegados por el poder, algunos obispos escucharon con satisfacción las palabras de Rosario Murillo condenando el aborto en el nombre de Dios. Otros, sin embargo, temieron lo que realmente terminó revelándose en la actuación del ortega-murillismo: la pareja presidencial tenía su propio proyecto. Cuando invocaban a Dios, no lo hacían en nombre de ninguna iglesia. Lo hacían en nombre propio, para consolidar su poder.

¿Qué hacer?
¿Cómo debería enfrentar la Iglesia Católica el reto que plantea el FSLN a su autoridad? La respuesta es sorprendentemente simple: debería asumir el papel que le corresponde como depositaria de una fe y una ética de vida, sin inmiscuirse en la política partidaria nicaragüense. Más concretamente, debería apegarse a su propio catecismo para predicar y actuar en concordancia con su doctrina oficial, promoviendo así la creación de una nueva moralidad social.

La Iglesia Católica tendría que abandonar la política pragmática que inspiró la actuación de esa organización bajo el liderazgo de Obando. Apegándose a su doctrina, tendría que decirle a los grupos políticos que insisten en poner su fe en el mercado que el Catecismo de la iglesia Católica señala que “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”. Debería recordarle a las elites nicaragüenses que se oponen al FSLN, que los derechos de los nicaragüenses incluyen el derecho a un nivel de igualdad y de dignidad social que las políticas neoliberales han ignorado durante los últimos veinte años.

Al partido gobernante tendría que repetirle todos los días, desde cada púlpito, en cada barrio y en cada rincón del país, que “la autoridad se ejerce de manera legítima si se aplica a la prosecución del bien común de la sociedad”. Debería señalarles que ese “bien común” incluye tres elementos esenciales: “el respeto y promoción de los derechos fundamentales de la persona; la prosperidad o el derecho de los bienes espirituales y temporales de la sociedad; la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros”. Finalmente, debería señalar, hasta el cansancio, que para alcanzar el bien común de la sociedad, los gobiernos deben emplear “medios moralmente aceptables”.

La Iglesia no tendría que preocuparse por las estatuas colocadas por el gobierno en las rotondas. La lucha de la iglesia Católica y las demás iglesias cristianas debe ser una lucha ética y moral; una lucha por la definición del significado de sus símbolos y por la preservación de la integridad del mensaje de Jesús. El quita y pone de las estatuas –como la “lucha por el control de las calles”—corresponde a una lógica “marera” que no hay que alimentar.

El año 2009 será un año para decidir entre una vida guiada por decisiones estéticas basadas en la conveniencia; o en decisiones éticas fundamentadas en un sistema de principios y valores cristianos. Si creemos en el mensaje de Jesús, deberemos dar testimonio de él, pronunciándolo y actuando en concordancia con lo que decimos creer. El resto –estatuas y rezadores—son detalles.