Jorge Eduardo Arellano
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La Revolución cubana, al cumplir 50 años, le ha otorgado al género humano una lección de vida, decoro y resistencia, algo llamado heroísmo, inigualable.

¿De dónde proviene esta cátedra? Para mí la isla se montó en un caballo para cabalgar en Dos Ríos, donde entregó su sangre el joven poeta, orador y patriota José Martí. Se podría sospechar que buscó el martirio para que Cuba fuera posible.

Después de Martí los revolucionarios cubanos han desafiado el peligro tan solo para convertir a esa isla insolente y dulce, con vocación de antorcha, en deseo vehemente de ser ejemplo.

Fidel no se explica sin Martí. Fidel – luminoso, terco, irreprochable, de lágrima fácil y a ratos enojado –puso deliberadamente en peligro su vida – igual que Martí - no sólo durante la guerra, desafió huracanes e incendios y explosiones y se empecino en decir siempre la verdad y ver bastante más allá de las próximas fechas.

Aunque Raúl Castro brilla con luz propia no sería explicable sin Fidel. Nada sería explicable ni siquiera el faro aventajado del Che, o la singular solidaridad de Cuba, o la protección excepcional durante ciclones y epidemias, de la vida humana, sin Fidel.

Más aún: yo creo que los cambios de América Latina – Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Ecuador y otros – nacieron en Dos Ríos y en la Sierra Maestra.

50 años es un parpadeo en la historia pero es mucho también por tanta acumulación de júbilo, reciedumbre, lágrimas y sangre.

Algo parecido ocurrió en Venezuela. Sin Bolívar la revolución sería imposible; pero se sabe, Chávez es posible por Bolívar y Fidel. En Nicaragua el FSLN no sería explicable sin Sandino. Pero, me consta, Carlos Fonseca - su principal fundador - fue posible por Sandino y por Fidel.


Cuba es la razón de un abrazo para siempre.