Félix Navarrete
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La pregunta suena cursi, pero cuando nos toca responderla, la mayoría de los hombres --me incluyo-- decimos ligeramente sí para no entrar en detalles y salir del paso, a como hemos dicho sí para otras cosas tan importantes en nuestra vida sin saber a qué nos comprometíamos.

Pero una cosa es decir sí y otra es decir la verdad. No sé si me entienden. La historia ha demostrado que los seres humanos mentimos desde que nacemos. Mentimos por instinto, por vanidad. Hemos convertido la mentira en una filosofía, en una práctica de vida. Nuestro lenguaje generalmente es ambiguo y sibilino. Huye de la verdad. Esto significa que cuando decimos sí, es no y viceversa. Los ejemplos están a la vista. Adán fue el primer mentiroso sobre la Tierra y pagó un alto precio. Caín le mintió a Dios su crimen y fue condenado al ostracismo.

Estadísticas recientes señalan con preocupación que siete de cada diez matrimonios se divorcian a corto y mediano plazo por no entender la letra menuda del contrato civil y religioso y por haber confundido la pasión con el amor. Algunos expertos han ofrecido panaceas a las crisis matrimoniales como el divorcio o la separación temporal, pero estas no han tenido éxito.

Creo que la principal causa de los fracasos matrimoniales es la falta de amor y de Dios en nuestra vida. Así de sencillo. En un determinado momento de tu vida dijiste sí sin amarla lo suficiente. Seguro estabas deslumbrado por la fiesta. Dijiste sí sin conocerla lo suficiente y no advertiste algunos problemas de carácter. Creíste que el sexo lo era todo y casi todo, y te olvidaste que la vida es mucho más que eso.

La Iglesia católica es radical en el tema. Considera el matrimonio como un contrato permanente, de por vida, entre un hombre y una mujer que han entregado su amor a Dios para que los administre. A partir de este compromiso, el hombre y la mujer son una sola carne hasta que la muerte los separe. ¿Pueden imaginarse eso? Creo que nadie lo entiende. Yo lo imagino como el hecho milagroso de que dos personas se aman tanto a tal grado que una de ellas está dispuesta a morir el uno por el otro. ¿Usted estaría dispuesto a dar la vida por su esposa? Con todo el respeto, no le creo mucho. Muchos matrimonios fracasan porque el egoísmo mata el amor.

Por eso creo que el matrimonio es una institución para personas que en principio, saben qué es el verdadero amor. Y vaya qué es el amor. No lo voy a repetir en este artículo, pero el amor del que habla San Pablo no es mentiroso, no hiere, no lastima, habla con la verdad. Es un amor definitivamente para extraterrestres. Muy pocas veces visto en la Tierra.

Imagínense lo que significa hablar con la verdad: ¿Cuántos malos matrimonios se evitarían si habláramos con la verdad? La verdad es una luz que ilumina las zonas oscuras. No puede haber matrimonio donde no hay amor. Conozco matrimonios de fachada que sobreviven por conveniencias sociales y económicas. No sé cómo pueden vivir sin amor. Sin embargo, prefieren morir en el engaño, cumpliendo una triste convención social, que vivir aunque sea con un poco de dignidad. Creo que así como es pecado divorciarse también es más pecado todavía suicidarse elegantemente sin conocer el amor.

También conozco matrimonios que han reencontrado su amor en el tiempo. Hombres y mujeres que se han acercado a Cristo para conocer la bendición del matrimonio. Gracias a los principios cristianos, intentan no caer en las tentaciones respetando sus cuerpos y teniéndolos disponibles para las necesidades de ambos en cualquier momento. En otras palabras, tu cuerpo es mi cuerpo porque somos un solo cuerpo. Sabias palabras bíblicas. Nada fuera de nuestros cuerpos bendecidos por Dios. Asimismo, los hombres debemos amar a las esposas como Cristo amó a su Iglesia. Vaya qué desafío. Pero no para ahí. Dice que las cuidemos como vaso frágil. ¿Cuántos esposos no humillan a sus esposas y las hacen sentirse como piltrafas domésticas? Estos no se quieren a sí mismos.

Termino con la misma pregunta: Ama a su esposa? No deje que responda su boca. No sea necio. Revise su conducta. Examínese. Deje que hable su corazón y repare lo que tenga que reparar. Si le ha sido infiel, pídale perdón. Si ha sido indiferente con ella, contémplela. Si tiene una amante, divórciese. Es lo mejor. No siga en pecado. Busque su felicidad. No olvide que si ama a su esposa de verdad, es porque conoce a Dios y porque ha encontrado la verdadera felicidad. Y si le molestó la pregunta, perdóneme. Yo también me la hago a diario.

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com