Jaime Rodríguez Arana
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Vivimos en un tiempo en el que, por más que nos pese, no abundan demasiadas expresiones de pensamiento abierto, dinámico, plural y crítico que saque los colores a esa corriente tan en boga que algunos llaman políticamente correcta y que, en tantas ocasiones, provoca una suerte de dictadura que dificulta que se expresen libremente las opiniones sin sufrir algún tipo de discriminación. Veamos un caso de manual de no hace mucho.

Si a alguien se le ocurre, sea quien sea, afirmar que no es Charlie Hebdo o que no se debe, en virtud de la libertad de expresión, ridiculizar convicciones morales o religiosas de importantes colectivos de personas, es probable, según en qué terminales, que acabe en la hoguera mediática o en el ostracismo, que es su consecuencia más conocida. Tal fenómeno, sin embargo, manifiesta claramente, además del imperio del pensamiento único en ciertas materias, la instauración del miedo y el pavor a expresarse en contra de quienes piensan que encarnan el progreso y la vanguardia en la libertad.

Afortunadamente, empero, las opiniones son libres, porque vivimos en un Estado de Derecho en el que la libertad de expresión se encuentra reconocida en los Ordenamientos de todos, o de casi todas las naciones del globo. Que las opiniones son libres quiere decir que menos la apología del delito se puede expresar cualquier opinión, sea del gusto del poder, no lo sea; sea del gusto de determinados colectivos, no lo sea; sea del gusto de determinadas minorías, no lo sea; sea del gusto de la mayoría, o, sencillamente, no lo sea.

Si solo se pudiera opinar en determinado sentido, si solo se pudieran publicar opiniones política o convenientemente correctas, si, por ejemplo, se pusiera en tela de juicio el prohibido prohibir del mayo francés de 1968 o si se olvidara que la dictadura es un sistema en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio, entonces algo grave estaría ocurriendo. ¿Qué pensar de un sistema en el que la libertad de expresión signifique el alineamiento con las ideas políticamente correctas o pertinentes que un determinado colectivo pretende inculcar a los demás ciudadanos?

La expresión de las ideas podrá agradar mucho, poco o nada, pero que eso sea así no quiere decir que el blindaje de ciertos colectivos impida cualquier comentario que los critique. Es el caso, por ejemplo, de la acusación de sexismo para quien se atreva, por ejemplo, a criticar alguna medida de discriminación positiva de la mujer. Sin embargo, lo que sí es intolerable es que la opinión, que a través de la libertad de expresión se haga apología del delito, sea el que sea, o bien se fomente la incitación al odio o al resentimiento.

Tampoco parece aceptable que se use la libertad de expresión para herir gravemente las convicciones morales o religiosas de determinados grupos de personas, especialmente, además, cuándo se pueda presumir razonablemente que ante tales manifestaciones puedan reaccionar de forma violenta o agresiva. La libertad tiene límites, no es absoluta. Ridiculizar o mofarse de la religión de millones de ciudadanos no es la mejor forma de ejercer la libertad de expresión. Sí que lo es exponer argumentos o ideas en un sentido o en otro pero, desde la perspectiva que sea, pero con argumentaciones o razonamientos.