Jorge Eduardo Arellano
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Cada uno de nosotros tiene un concepto distinto de lo que la mayoría de los “cristianos” conocemos como NAVIDAD. Navidad es un hecho histórico, ya que comienza con el nacimiento de un niño, cuyos jóvenes padres, quienes profesaban la religión judía, visitaban Belén en cumplimiento de un decreto de censo y pago de impuestos, lo cual les obliga a pedir refugio en un establo para que la Madre diese a luz a su hijo, un bebé que al llegar al mundo da comienzo a una de las historias más bellas y emocionantes de nuestro planeta.

Aunque no soy muy religioso, siempre he gozado de muchas de las tradiciones, especialmente aquellas que producen beneficio y ayuda al prójimo, y es por eso que considero que Navidad es una fiesta muy especial, no sólo por su valor humano, sino por la felicidad de compartir las fiestas en familia y con seres queridos. Al mismo tiempo que es una oportunidad de hacer el bien al prójimo, a aquellos que no han tenido la suerte de nosotros, los más afortunados.

Lo de afortunado es muy relativo, pues siempre es posible encontrar a alguien menos afortunado, especialmente en nuestra bendita Nicaragua.

Hay un dicho muy bondadoso que dice: “haz el bien sin mirar a quien”, pero a mí me gusta mirar a quien, pues al hacerlo, me llena de paz y felicidad. ¡Qué hermoso es ver a los niños del barrio recibiendo regalos, y a sus padres gozarlo, que orgulloso me hace el ver a otros ayudar, dar, que es en sí lo que encierra el nombre, Navidad!
Siguiendo la historia que nació en el pueblo de Belén, en lo que hoy es Israel, ese bebé que escasamente tenía trapos para protegerse del cambio del vientre materno a la intemperie, recibió al nacer la ayuda del prójimo y hasta del calor que le dieron el asno y el buey, esa ayuda que se da sin que medie interés alguno y que me recuerda las veces que he visitado ranchitos humildes, como en el que los peregrinos José y María pidieron posada, donde he recibido afecto y fraternidad acompañada de un cafecito o una fruta de su huerta.

En ese gesto de amor y hermandad está concentrado el mensaje de Navidad, que nos debe motivar, sin excepción de ser creyentes o no creyentes, a servir a quienes necesitan.

El otro día vi a un anciano cargando un grueso y pesado manojo de leña, me quedé paralizado sin saber qué hacer, pues a mi edad no lo podía cargar y tampoco iba a ofrecer comprársela, ya que muy seguro era para usarlo en el fogón de su casa. Me arrepiento de no haber ofrecido aunque sea un alivio temporal a su pesada faena, pero sí sentí una gran pena al hacerme la pregunta del por qué no hemos encontrado la forma de preparar a nuestros conciudadanos para que puedan obtener un trabajo lo suficientemente remunerado que les permita adquirir una casita que contenga lo primordial para albergar a su familia con dignidad.

Navidad para muchos es compartir y para otros es fiestas; ha penetrado hasta el corazón de los políticos, quienes haciendo uso de los recursos que producen los impuestos de los contribuyentes, reparten juguetes, cocinas, y hasta alimentos entre sus correligionarios.

Navidad es un mensaje permanente para quienes no han encontrado el significado de eso que entre los humanos debería ser un dogma, DAR ES RECIBIR, y una confirmación para los que dan y reciben que éste es un mundo lleno de bondad y esperanza. Qué bello fuese que todos nos aprovechemos de esta oportunidad para hacer el bien, y más aún si todos los días fuesen “Navidad”.

Navidad es la oportunidad que todos sin excepción tenemos para compartir, y no se trata solamente de bienes, ya que en muchos lugares del mundo no cristiano, el bebé nacido en Belén, llamado por nosotros, Niño Dios, ha logrado no sólo inspirar la convivencia humana, sino la PAZ.

Les deseo una alegre “Noche Buena“ y una feliz Navidad. Cuando veamos nuestros verdes árboles navideños, hagamos propio el pensamiento de Benedicto XVI, quien dijo: “Con su forma elevada, su verde, y las luces en sus ramas, el árbol de Navidad es símbolo de vida que remite al misterio de la Noche Santa”.


Hasta el próximo Archivo XXIII