Jorge Eduardo Arellano
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Lo ocurrido en las tres reuniones cumbres de los países latinoamericanos y del Caribe, de Costa de Sauíte, Brasil, debería sonar para el presidente Daniel Ortega, como campanada de aviso: su discurso se ha agotado, necesita renovarlo o escoger otro escenario para repetirlo en donde no desarmonice tan lastimosamente. No es que ante los mandatarios del continente sus denuncias carezcan de importancia, sino que, en el discurso de Ortega, les han de lucir más dramáticas de lo que son y, por lo tanto, no tan verídicas. La causa de tal criterio sería que sus conocimientos de la realidad nicaragüense no se ajustan totalmente a la versión que les ofrece Daniel Ortega.

El discurso de nuestro presidente no alcanza el nivel predominante entre mandatarios conocedores de los problemas regionales, continentales y mundiales, por lo cual les ha de parecer menos interesantes los enredos y cuitas domésticas que les llegó a contar el presidente Ortega. Sobre todo, porque él trasladó a otros la culpa de lo que aquí pasa, sin análisis serio y nada autocrítico. El mismo Ortega, si creyera que su triunfo electoral fue en buena ley, jamás hubiese necesitado ocupar esas tribunas para denunciar una conspiración norteamericana y extracontinental, porque unas elecciones limpias y transparentes se hubieran defendido por sí solas.

Hay dos antecedentes, uno propio y otro ajeno, que desmintieron a Daniel en Brasil: 1) una elección presidencial es más importante; sin embargo, no necesitó denunciar ninguna conspiración después de su triunfo de 2006, pese a que lo obtuvo con tan bajo porcentaje (38%) y previo pacto con Arnoldo Alemán, porque no hubo abrumadoras pruebas del fraude como las hay de las elecciones municipales y, en consecuencia, ningún sector la protestó entonces. 2) Las elecciones venezolanas fueron de mayor trascendencia que las nuestras, y contra el presidente Chávez se moviliza la derecha y la embajada gringa –con mayor fuerza e influencia que las de Nicaragua—, pero la oposición no tuvo suficiente asidero para levantar denuncias ni protestas de fraude, como sucede en nuestro país.

Estos hechos no pudieron haber pasado inadvertidos para los gobernantes reunidos en Brasil. Las que tampoco pudieron ser ignoradas por ninguno de ellos son las escenas callejeras de turbas oficialistas lanzando piedras y blandiendo garrotes, agrediendo para impedir la libre expresión en las calles, antes y después de las elecciones. Otro dato interesante: la protesta de la ciudadanía contra el fraude tiene pluralidad y amplitud ideológica, mismas que el orteguismo no ha podido negársela con su vulgar y ofensivo lenguaje, pues fue la misma pluralidad que los presidentes reunidos en Brasil estuvieron valorando con su presencia, discusiones y acuerdos.

¿Es menos derechista el presidente Felipe Calderón, de México, que Eduardo Montealegre? No lo sé. Pero estoy seguro de que ninguno es de izquierda. Sin embargo, fue el presidente Calderón quien introdujo la moción para el ingreso de Cuba al Grupo de Río. Pero ni a él lo acusaron de pro castrista ni a Raúl Castro de haberse aliado con la derecha. Ambos dieron muestras de pluralidad en sus encuentros. Por encima de todo, estuvo el interés latinoamericano por la unidad y el desarrollo, sin condicionamientos ideológicos. ¿Cómo, entonces, el discurso de Ortega iba a provocar interés alguno?
Nuestro presidente estuvo marginado, por culpa de él mismo. Su carácter contrasta con la jovialidad de los otros presidentes. Su personalidad no encaja en un ambiente relajado y festivo como el que hubo entre los presidentes en Brasil, quienes, como buenos latinoamericanos y caribeños, no tuvieron rigidez protocolar, genuflexiones diplomáticas ni asomo de adustez. Ortega no cupo en las fotos. Menos en donde los presidentes carcajearon a su gusto ni cuando un Raúl Castro bromista se caló el sombrero de un Manuel Zelaya jovial.

La doctora Vilma Núñez de Escorcia aconsejó al presidente Ortega algo inusual en nuestro medio político: que aún es tiempo de rectificar su actitud de gobernante hostil, para que Nicaragua tenga la normalidad que necesita para salir de sus problemas. Digo que es inusual aconsejar a un político, pero la actividad humanitaria de la doctora Núñez de Escorcia se lo permite.

¿Es capaz el presidente Ortega de ensayar siquiera una rectificación, teniendo en mente su proyecto continuista, y arrogante y terco como es? Tengo una observación: para rectificar, primero se requiere tener un sentido autocrítico. En el FSLN actual, la autocrítica ha sido purgada; pero la crítica les enfurece y la califican de derecha. Pero no es la crítica de la derecha de la cual un presidente de izquierda debería ocuparse, porque cualquiera sea su proyecto y su actitud, la derecha no dejará de criticarle, porque es su derecho y porque no hay derecha que responda a los intereses sociales. Pero la derecha puede respetar las conquistas populares, cuando el pueblo consciente está en capacidad de hacerlos respetar, sin las piedras ni los garrotes del poder, sino con su unidad y organización.

Es de la crítica desde la izquierda que debería ocuparse. En muchos sentidos, la crítica de la izquierda hacia otra fuerza de izquierda se convierte en autocrítica de todo el movimiento, dado que la hace por el interés de que los proyectos sociales no fracasen por la terquedad personal y menos por las ambiciones personales. No es una verdad bíblica que ser de izquierda es ser represor. Pero el orteguismo parece creerlo y lo practica, en oposición a los intereses de la izquierda en general: su crítica la ha confundido con la derecha para poder reprimirlas juntas. Una inaudita torpeza.

La estrechez de miras por las ambiciones personales la ha manifestado con más fuerza el danielismo en ocasión del fraude electoral que montó burdamente. Y, para eso, no hay justificación, porque no se defiende una mala causa con un acto injusto. Aceptarlo sería hacerse cómplice de una acción contra las libertades y los derechos ciudadanos, de lo cual se debe huir, al margen de cualquier consideración subjetiva que puedan hacer los violadores de esos derechos, como eso de que se debe “defender la victoria de los pobres” y otras zarandajas.

Por el sectarismo que el orteguismo ha profundizado, el consejo de la doctora Núñez de Escorcia podría quedarse burlado. Quisiera equivocarme. Pero parece inútil pedirle rectificar al presidente Ortega, pues su personalidad no encaja ni siquiera con la autocrítica. Ha soterrado este valor revolucionario bajo la basura politiquera y la promoción del culto a su persona.

Aunque parezca sentencia moralista, la siguiente no se puede negar que refleja la realidad: si no pudo democratizar la vida partidaria, no es posible que democratice el ejercicio del poder y aún menos las relaciones del poder con la sociedad. Y nuestra realidad, con el fraude actual, es el espejo en el cual se mira de cuerpo entero el antidemocratismo de Daniel Ortega.