Carlos R. Flores
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Uno de los libros que mejor utilidad pudiera servir para predecir nuestro devenir como especie, es probablemente “La Sexta Extinción”, de Elizabeth Kolbert, una brillante escritora de temas científicos de la prestigiosa revista The New Yorker, quien avizora a través de este trabajo --catalogado como uno de los mejores libros de 2014 por el New York Times-- la apocalíptica debacle ambiental que viene fabricando el animal humano, la cual está alcanzando ya su punto de no retorno, escalando prontamente al finalizar el siglo, con la extinción de entre un 20%-50% de las especies vivientes.

Algunas personas que viven aún en la negación de la eventualidad de una extinción masiva, lo dudan por la gradualidad con que estos cambios toman lugar.  Nunca se pensó que este fenómeno podría ir incrementando su rango de marcha para causar las situaciones que se están viviendo --con el llamado cambio climático-- el cual en nuestro país, pasó de ser una noticia para círculos intelectuales o de debate “snob”, a ser un tema tan vigente y grave, como el hecho que usted, abre repetidamente la llave del baño de su casa, y no hay agua.

Otros piensan que la implantación de heroicas políticas públicas --las cuales son inexistentes en nuestro país-- vendrán a evitar en el momento preciso la debacle, la tragedia de las sequías y la desaparición de los ríos, provocado por el despale a nivel industrial y el avance suicida de la frontera agrícola; hechos que al parecer están siendo impulsados por verdaderos dementes, quienes a pesar de ver los efectos perversos en sus semejantes, aún siguen realizando crímenes ambientales, como la tolerada pesca criminal con explosivos, la alcahuetería del comercio ilegal de especies, el capricho del uso irracional del agua; técnicamente un “autogenocidio” administrado masivamente como boyante negocio.

La autora pone en perspectiva, ya no un vano llamado a la reflexión --que como estas ilusorias líneas, no tienen la capacidad de causar el menor cambio de conducta-- sino que se enfoca en la irreversibilidad técnica de estas consecuencias definitivas.  El tiempo, se acabó.

La actual sequía en California --su inexorable desertificación-- donde las autoridades ya han establecido multas monetarias draconianas y controles nunca imaginados por su severidad, prohibiendo lavados de vehículos en cualquier modalidad, el uso de piscinas, servir agua en restaurantes –entre otras restricciones– para cumplir con la meta de ahorro de agua de al menos 36%, que es el umbral mínimo para que esa enorme masa humana no deba ser relocalizada en el muy corto plazo; nos ofrece un panorama de una película de horror, la cual muy pronto se exhibirá --aunque usted no la quiera ver-- con toda incomodidad en su propio hogar.

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