Mónica Zalaquett
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“Me llamo Luis y tengo 32 años. Me crie con mi papá y mi mamá, algo que otros jóvenes no tienen, pero desde los 14 años mi padre también me pegaba duro con una faja para que me levantara a las cinco de la mañana y me fuera a trabajar con él en labores de jardinería.

También él era violento con mi madre y a los 14 años quise ahorcarme de tanta violencia que había en mi hogar y porque me sentía impotente para ayudar a mi madre. Esa vez mi mamá me descubrió colgando del mecate y me salvó. Ella lloraba mucho y le agradezco hasta la fecha porque me devolvió la vida y me hizo recapacitar.

A los 15 años ya empecé a andar en pandillas. Nunca consumí drogas, pero sí nos enfrentábamos con los grupos enemigos con morteros y pistolas. En mi pandilla hubo en esos años 16 muertos, uno de ellos fue mi primo que se ahorcó por la violencia que había en su casa y porque lo habían echado a la calle. Para mí fue muy duro, no creía en su muerte porque platicábamos todos los días y me hacía mucha falta.

A pesar de eso, seguí en las pandillas robando o peleando con los otros 14 grupos enemigos que había en los barrios vecinos. Un vez me agarraron en una fiesta en el malecón de Managua y me iban a matar, pero una amiga que andaba conmigo les rogó que me soltaran y aunque me golpearon duro, me dejaron vivo. La mayoría de mis amigos no tuvieron la misma suerte porque no llegaron ni a los 20 años.

Cuando cumplí los 16 mi papá se fue con otra mujer y nos dejó a los ocho hermanos con mi madre. Ella tuvo que pedirles a dos tías que agarraran a dos de mis hermanas para ayudarla a criarnos. Pasamos tiempos duros, porque a veces no teníamos más que tortilla con sal para comer y para beber hacíamos fresco de masa de tortilla con azúcar.

Cuando yo tenía 21 años mi papá regresó a la casa y al poco tiempo empezaron de nuevo los pleitos con mi mamá y la hermana de él.  Mi papá era alcohólico y al final nos corrió de la casa y tuvimos que irnos los seis hermanos que quedábamos con mi madre donde una tía. El seguía buscándonos y lo volvimos a aceptar, pero él nunca se compuso y murió unos años después de un infarto.

En esa época llegaba el CEPREV a mi barrio, pero yo no les hacía caso. Pero luego miré que todos mis amigos de la pandilla iban a los talleres que daban y acepté participar. Yo estaba acostumbrado a que la gente nos rechazara, pero cuando llegué al CEPREV pude experimentar el amor que le dan a uno en esas charlas y cómo nos ayudan a darnos cuenta que uno vale, a encontrar la felicidad y la tranquilidad.

Yo antes era bien machista. Era violento con mi novia y llegué a tener diez mujeres. Pero en el CEPREV me enseñaron que los hombres también necesitamos los sentimientos y aprendí a tener verdadero aprecio y respeto a las mujeres. Ahora prefiero no andar con una y con otra, sino que le pido al Señor conocer a alguien que me quiera y con quien formar un hogar.

También cambié mi estilo de vida. Hace ya siete años que no participo en nada violento, no pertenezco a ninguna pandilla y me dedico a trabajar para ganarme la vida y ayudarle a mi madre.

En el CEPREV me dieron una beca para aprender a conducir y ahora quisiera encontrar un trabajo estable, porque me he defendido hasta ahora vendiendo accesorios en los semáforos.

En mi casa ya no hay violencia porque todos mis hermanos ya salieron de las pandillas, se han casado y han formado sus hogares. Yo compré un terreno junto a la casa de mi madre y  llego a comer a diario donde ella y también le ayudo a cocinar.

Nosotros platicamos y a veces se acuerda de que estuve nueve meses preso en las estaciones policiales y se alegra porque mi vida ha cambiado y ya no tiene que preocuparse y desvelarse por nosotros. La cárcel es una experiencia horrible, y por eso yo les diría a los jóvenes que andan en pandillas que recapaciten y ya no hagan sufrir a sus madres.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.