Orlando López-Selva
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La semana pasada un barco que había partido de Libia se hundió en pleno mar Mediterráneo. El resultado: 850 ahogados; se cree que 100 de ellos eran niños. Todos ciudadanos eritreos que huían del régimen del dictador, Isaías Afewerki, que gobierna despóticamente ese pequeño país norte-africano, desde 1993.

¿A quién le importa los millones de refugiados que huyen de las dictaduras vergonzantes?

Mientras en Europa, con sobrada razón los líderes europeos se fruncen el ceño viendo como las costas italianas son refugio desbordante de seres humanos aterrados que optan por desafiar a la muerte, antes de ser apresados, torturados o sometidos. Resultado: muchas conciencias alarmadas al ver el drama en alta mar.

¿Es justo que mueran así los que buscan la libertad?

Por otro lado, hay tantos que justifican los desmanes de los dictadores, en razón de una enfermedad social y camaleónica llamada nacionalismo.

¿Debemos cuestionar al Derecho Internacional que sostiene que se respete la autodeterminación de los pueblos y no se interfiera en los asuntos internos de otros países? Y con esto no estoy en favor de las intervenciones, en general. Pero debe haber excepciones, por razones humanitarias, al intervenir en favor de los oprimidos, humillados, vejados y maltratados por los dictadores envalentonados.

¿Cuál es la diferencia moral entre intervenir en África para combatir el ébola, tal como lo hacen China, Estados Unidos o Cuba, si debería ser correcto hacerlo en favor de ciudadanos sin libertad o en peligro de morir, a causa de las arbitrariedades dictatoriales?

Ya hay quienes han denunciado en los medios “la barbarie e inhumanidad europea”. Tristemente, no denuncian a los dictadores que se perpetúan en el poder justificándolos en razón del nacionalismo a ultranza, la voluntad popular o el argumento inverosímil que son los pueblos los que prefieren regímenes así, porque históricamente han sido explotados por potencias extranjeras.

La mayoría de los males del mundo de terceros son producto de los dictadores de mentalidad de tercera que esclavizan a los pueblos haciéndoles creer que son libres. Pero, paradójicamente, los que huyen se dirigen a “países imperialistas y colonizadores”.

Los que huyen viven temerosos de ser torturados, encarcelados o despojados de su dignidad, libertades y posesiones, por pensar de manera distinta. Solo los dictadores quieren que todos sus ciudadanos sean iguales, y estén guiados bajo un  mismo credo perverso.

¿¡Cómo alguien puede predicar principios, si parte del hecho de que no respeta a nadie y solo quiere imponer su voluntad a otros para eternizarse en el poder a cambio de un poco de pan, un plato de lentejas o una aspirina!?

¡Y claro que también los mezquinos que todo lo han tenido y nunca se han acordado de los desfavorecidos, tienen mucha culpa de gestar esperanzas en los dictadores!

Pero la génesis del mal comienza cuando se acepta la intolerancia y el irrespeto como muestras de sinceridad.

Sucesos en menor escala ocurren frecuentemente con sirios, libios, palestinos, senegaleses, también en ese Mediterráneo.Un mar demasiado hermoso como para ser funesto destino de los buscadores de libertad.

Igual sucede con aquellos que buscan la frontera Norte, tratando de alcanzar el territorio estadounidense. Igual ocurre con los coreanos del Norte cuando huyen hacia China. Igual pasa con los cubanos que huyen en neumáticos hacia la Florida.

¿Será pronto así Venezuela?

Elián González era un símbolo de ese drama-epopeya de búsqueda de libertad. Pero fue apagado por el sentido de responsabilidad y de legalidad que las instituciones  norteamericanas reconocen para los niños como Elián.

Con todo y lo que se critica a Washington y sus “políticas inhumanas”, Estados Unidos reconoció los derechos de un padre. Aunque, el asunto pudo haber sido explotado mediáticamente.

Pero los que apoyan a los dictadores denunciaron airosos que Estados Unidos “estaba, arbitrariamente, secuestrando a un niño y violando sus derechos”.

¡Qué pequeños y ciegos ante los déspotas!

Menos mal que hay voces fuertes que denuncian las injusticias, como la del papa Francisco, a quien seguro, los dictadores no recordarán con el orgullo con el que citan la frase del “capitalismo salvaje”, de Juan Pablo II.

Los que huyen, injustamente, son llamados gusanos, traidores. ¿Por qué no héroes?

¿Qué pasará por la mente de los dictadores cuando los que huyen mueren suscitando reflexión y misericordia?

Pero ahí están los epitafios inexorables de los últimos días de Hussein, Gaddafi, Mussolini.

En una de sus últimas entrevistas, Gadafi repetía en un inglés gracioso e inseguro: “My people love me”. Pero él nunca supo que esa era una gran mentira.