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Mi madre fue mecanógrafa y ayudó a transcribir muchas tesis profesionales (incluida la de Carlos Tunnermann). Yo solía acompañarla desde la Alcaldía hasta la casa mientras caminábamos bajo el sol empecinadamente leonés, en esos mediodías que la sirena de los bomberos decretaba, y que hacían una revoltura de jugos gástricos y ganas de comer con la familia extensa que en el hogar aguardaba.

Nunca platicábamos de mi rendimiento escolar (era Cuadro de Honor del colegio, y eso la enorgullecía aunque nunca lo dijera), pero cuando supo que había ganado un concurso literario en el último año de primaria (un plagio sobre un cuento de “Las mil y una noches”) me detenía a cada rato para decirme: “Mirá, ahí va el poeta Ernesto Gutiérrez, con su andar de dromedario pensante…” “Hombré, este Jirón, quién lo viera, tan dariano y tan vulgar…” “Ve –frunciendo los labios con dirección este-oeste-, ese grandote amocepado estudia Derecho, dicen que escribe cuentos…”

“¿Cómo los de Pancho Madrigal? “, le pregunté. “No, como el tuyo”, me respondió severa. Y ya no pude ver a ese estudiante universitario alto como persona normal. Es más, lo buscaba tanto que a veces lo confundía con un vecino que tenía una novia tan guapa como la de él; porque en ese tiempo llegué a pensar que los escritores eran altos (aún no me encontraba con el oxímoron Cortázar-Monterroso).

Mientras me empecinaba en el extranjero para ser médico, me encontré con su “Charles Atlas…”, y luego con “Tiempos de fulgor” y una serie de libros que sólo la narrativa de Lizandro Chávez me contuvo para no pensar que estaba ante el gran gurú literario de Nicaragua. Aclaro: de Nicaragua. Digo esto porque las nuevas generaciones de lectores nicas subestiman, en ese afán de cosmopolitismo, la calidad de la narrativa chapiolla. Por ejemplo: por más que la literatura peruana esté bien valorada, y que los nicas se volcaran con “Abril rojo” de Roncagliolo, sólo porque era un “Alfaguara joven” (lo mismo sucedió con Xavier Velasco y su “Diablo Guardián”, en México), y que siempre exista una “Casa verde” y esa perenne “Ciudad de los perros”, de Vargas Llosa, desde mi subjetividad de lector, jamás le daré a Bryce Echenique la constancia de escritor original, y menos cuando toca la infancia, en él tan pudenda (prefiero a J.E. Pacheco).

Con el tiempo fui aceptando que Sergio Ramírez Mercado había quemado sus naves para intentar ser el NARRADOR de nuestro paisito. Aquí me van a permitir una digresión: en los ochenta, tuve un conocido que luego se volvería jerarca de Letras Libres, pero entonces funcionaba como “niño artillero de Octavio Paz”, quien neciamente se empecinaba en negar la revolución nicaragüense, y al que luego los “comandantes”, con sus actos fallidos, le darían la razón (dentro de ese juego octaviopaciano de piensa mal y acertarás). Pues el muchacho de marras, tras leer “Castigo Divino” y una entrevista en donde Sergio confesaba que cada día le robaba al trabajo vicepresidencial un par de horas mañaneras para escribir, señaló: “Qué pena, ese político convertido en escritor, mejor debió quedarse dormido y no hacer una novela tan mala”. Ustedes lo saben: “Castigo divino” es ya emblemática en una Nicaragua en donde los apellidos oligarcas marcan para bien o para mal, y obtuvo el premio Hammett.

A punto de abandonar España, una ONG de Zaragoza me contrató para dar un taller y participar en un coloquio sobre León como espacio literario de Nicaragua. Dudé respecto a la convocatoria: una ONG hermanada con León, dirigida por una mujer monjil, cuyo marido había adquirido en mi pueblo el rigio por el guaro, y que trataba a los cooperantes como catequistas, significaba un gran problema para mis afanes ácratas. Pero supe que los contertulios eran Jiménez Corbatón (escritor aragonés), una académica de apellido Pellicer (significativo para mí por el exuberante Carlos tabasqueño) y Sergio Ramírez, y decidí participar, aunque eso me obligara a sufrir el cierzo del Ebro (un viento tan fuerte como la prosa rulfiana, sobre un río que recuerda la derrota republicana).

Yo vivía en Huesca, ciudad a la que debía parecerse el colonial León Santiago de los Caballeros, si mi León jodido no hubiera sido sacrificado por el estigma del poeta y del guerrillero, o del poeta-guerrillero. Convivía en un ayuntamiento socialista, cuyo alcalde leía poemas de Pablo Neruda y me saludaba pensando que era el marido de una mexicana que amaba a Jaime Sabines. Y mi verdadero León, histórico, pensante, intelectual, universitario, sandinista y siempre inmolado, quedaba allá, lejos…
Entonces planeé robarme el emblema de mi pueblo y llevarlo a Huesca. Le dije a Ramírez Mercado que quería presentarlo en una conferencia. Y dijo sí (rápido, como a veces resultan las palabras). Toqué las puertas de una caja bancaria, en su aspecto cultural. Obligué con astucia y chantaje a la mexicana Elizabeth Hernández, la admiradora de Sabines, a hacer un cartel sobre “Margarita está linda la mar” (aunque ella, promotora de la asociación cultural del pueblo, AVELETRA, recibía a un poeta toluqueño ese mismo día). Para que los oscenses conocieran a nuestro novelista (en la biblioteca municipal no había libros sobre Sergio; ojo, soberbios, y más los que creen en un Carlos Martínez Rivas tocado por el dedo del tótem octaviopaciano, o, en su defecto futuro, ortegamurillano: no basta ser bueno, hay que promoverse como escritor, sobre todo cuando se ha trabajado en consecuencia), fui a la librería más importante para saber si tenían sus libros: no; pero dijeron que los pedirían a Barcelona.

Y finalmente llevé a Ramírez Mercado en un carrito prestado por los ONGistas: 50 minutos, en donde la voz de Tulita y las anécdotas sobre “Completo”, su hermano muy querido ya muerto (gran tipo), hicieron expedito un trayecto en el cual me iba repitiendo quedo: “La vas a cagar”. Y recordaba “Un baile de máscaras”, la vorágine del día que se hace cincuenta mil horas y ese final que uno siempre espera de película holliwoodense, aunque tal vez resultara, en el mejor de los casos, la “Fiesta Inolvidable”, con un Peter Seller irrepetible.

Recuerdo que Hanzel Lacayo me dijo una vez: “Los que viven en el extranjero no son mejores, pero manejan otros temas, motivos y experiencias…” Por supuesto, uno ya no es el que se fue un día del lar, y eso SRM lo sabe porque fue becario y exiliado, o exiliado y becario, y ahora viaja por el mundo y sé que no le agrada del todo. Y el exilio, de continuar, mostraría algo que a nadie le gustaría exponer: la solidaridad. Mientras viajábamos hacia Huesca, tuve el desliz de decirle a SRM: Éstas son las preguntas que le haré como moderador, por si las quiere pensar… Y entonces me dijo: “No te preocupés por eso, sólo quiero pedirte que no sean sobre política, que ya el auditorio tendrá su agenda llena de eso”.

La presentación en el auditorio de la CAI fue exitosa: el oscense, buen lector y gran contertulio, evitó la reiterada banalidad de la política y se abocó a la obra del invitado. Cuando todo terminó, la representante de la CAI (una mujer muy inteligente y bella, quien nunca tendrá las rodillas de cristal que enloquecen al fauno teñido de rojo Tomás Borges) nos invitó a la oficina para pagarnos.

Y en ese instante vi la cara más insólita, nunca mejor dicha desapercibida, del ex vicepresidente de Nicaragua: azorado, casi diciéndome: “Me trajiste, te hice el volado, ¿por qué me obligás a esto?” Y entonces comprendí que Sergio había ido a Huesca porque sí, igual que si un paisano cualquiera en Los Ángeles le hubiese dicho: “Doctor, leímos ´El centerfielder´… Y nos gustaría que hablara de béisbol”. Y bueno, la solidaridad medieval de nuestro escritor es ecuménica.

Sergio Ramírez supo que mi necedad de darlo a conocer en Huesca formaba parte de mi miseria, y por ello tuvo que cobrar sin haberlo pensado, y yo me sentí ese Judas que terminaba obteniendo treinta monedas por ser moderador. Era mi “Baile de máscaras” sin el final esperado, pero me sentí orgulloso de llevar al mejor narrador vivo de Nicaragua al pueblo que tan bien me había tratado.

El escritor toluqueño que compitió ese día con Sergio Ramírez por el favor del público, y que tuvo menos de la mitad de la convocatoria pese a que los nicas somos siempre minoría latinoamericana, murió al bajar del proscenio. Entonces tuve que solidarizarme de palabra con mi amiga mexicana, y luego correr en autobús a Zaragoza, llegar tarde a la despedida del congreso, tomarme el vino como agua… y luego pensar: ¿habrá sabido Sergio que aquí no pasó nada?
Aunque sólo soy su conocido, de pronto, por ese problema siempre urgente en el desarraigado, el trasterrado, el Ulises redivivo, el necio caitudo que no acepta otra nacionalidad que la del ombligo, le pido a Sergio su opinión sobre mi terquedad de seguir siendo nica tras casi 36 años de vivir fuera. Y él, que tal vez está a punto de tomar un avión rumbo a la capital bonarense, atreve comentarios como: “La nacionalidad es el patio de la infancia”, o como Max Aub: “Uno es de donde estudió la secundaria”.

Nunca nos buscamos, pero estamos ahí, reaccionando como los antígeno-anticuerpos de nuestra realidad, y entonces comparto con él su azoro, el único que le conozco, sobre todo cuando el poder, por temor a Su Palabra, lo pone en el INDEX, ¡dangerous! Y sucede lo obvio: que el enemigo empequeñece con sus “niños artilleros del murteguismo”, quienes creen que llamándolo “intelectual” crean una diatriba, una imprecación, un vulgareo.

Y tras la palabra vulgareo me vienen a la memoria esos diálogos de la “Mesa maldita”, en donde un personaje le dice al otro: “Así se principia… “, y en eso los nicas reconocemos la carga de albur homosexual que mi querido “amocepado” (según mi mamá) le daba a su texto. Porque Sergio no se corresponde con su imagen de serio: es un gran pícaro, alburero, irónico, paradojo, cómico; pero también, o mejor dicho, siempre nos alentará a leer a Saramago, o Chomsky, o Dickens…
Nunca he atrevido una reseña sobre la obra de SRM, creo que jamás la ha necesitado de mí. Pero ahora que creen acallarlo me siento en la necesidad-solidaridad de acompañarlo en un viaje que, supongo, debe ser igual al de su vida: de solidario caballero medieval.