Jorge Eduardo Arellano
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Vivo a media cuadra de una iglesia católica. A metros de un restaurante karaoke, de una discoteca y de una gasolinera. En medio de los bocinazos de los buses. Los ruidos se turnan, se traslapan, se empalman y se mezclan. Las autoridades correspondientes se cruzan de brazos. O extienden la mano para cobrar los impuestos. Tal parece que hay empresas que con pagar impuestos, tienen derecho a todo. No importa la salud de la población.

En estos días ando aturdida, y seguramente a muchos les pasa igual: el grito fervoroso de ¿Quién causa tanta alegría? se ha apagado con el grito de fuego y pólvora, que más bien parece salido del infierno. Estremece desde antes de las tres de la mañana. Contamina el ambiente con ruido, olores y partículas.

Termina la gritería a la Inmaculada Concepción de María. Viene luego la celebración a la Virgen de Guadalupe, aunque más considerada. Y para cerrar el año con alegría, están los nueve días madrugadores, con cohetes que enmascaran el rezo de la novena al Niño Dios.

Pero el calendario del ruido religioso no termina con el fin de año. Apenas comienza. Viene la Semana Santa. El Vía Crucis no puede ser en silencio, también hay que sonar tambores. Y siempre durante la madrugada. Esto lo entiendo menos que el ruido tempranero dedicado al Niño Dios. Y entiendo menos cuando recuerdo que “a Dios se debe alabar en silencio”. Por eso no concibo cómo promueven tanto ruido. ¿Será por la competencia? Y tampoco entiendo que habiendo tanta pobreza se permita que se queme el dinero.

Pero el problema no es sólo el ruido, también la hora: durante la madrugada y por las calles, con parlantes, tambores, música de viento y por supuesto la pólvora. Hablo de mi barrio. Tampoco estoy en contra de la celebración. Al menos trae un poco de alegría. El problema es el exceso, que se violente el derecho al descanso y a la salud. No dormir es como no comer.

Y a estas actividades religiosas, convertidas en actividades ruidosas, se suman las fiestas patronales. Pero parece que en ellas el fervor religioso todavía predomina más que la cultura del ruido.

El calendario del ruido no es exclusividad de la iglesia católica. Los vecinos de otras iglesias también aguantan. Un día me dijo un evangélico, “pero al menos los católicos es sólo por temporadas, mientras que los pastores es todos los días”. Y sí, lo dijo un evangélico. Es que el ruido es dañino, venga de donde venga y vaya a donde vaya. Me lo confirmó el médico: el ruido es malo, y no podemos hacer nada, nadie te escucha. ¡Si supiera cómo lo entiendo!
Al ruido religioso se une el mundano: karaokes, discotecas, restaurantes, que sin cumplir con los requisitos de aislamiento acústico, son autorizados para funcionar. Sin importar la salud y descanso del vecindario. Hay que agregar en el calendario, estas actividades recreativas, todos los días. También tenemos que agregar reclamar a diario a la alcaldía, para que exija el aislamiento acústico. El problema no lo lleva el que llega a divertirse ni el que llega a trabajar, como los músicos, sino que lo ha instalado el dueño del local y lo ha bendecido la autoridad que lo permite.

El calendario se va completando con las bandas de guerra. No es sólo para las fiestas patrias, desde muchos meses antes pasan dando guerra con el ruido de los tambores. Y los afectados no son sólo los vecinos, también los integrantes de la banda de guerra, los que están en el aula y los profesores. ¿Por qué no bajar la intensidad, el tiempo de prácticas y acondicionar locales para ello? Pero el ruido es parte de la cultura. Un día que pasaba un desfile por mi casa, el sonómetro marcó 83 decibeles, medidos desde la sala, por lo que el ruido que aguantan los jóvenes de la banda, es mucho mayor. Siempre hay desmayados en los desfiles, pero no es sólo por el calor, el ruido también afecta. Recordemos que causa mareos, dolor de cabeza, náuseas, alteraciones circulatorias, digestivas, nerviosas; además de la pérdida de la audición.

Y ahora se suma el ruido de las rotondas, cuyo templo a cielo abierto permite que los decibeles rezadores se confundan con los bocinazos, demás ruido del tráfico y obras públicas, para aturdir más a los transeúntes. También he visto un ruido itinerante: grupos que hoy están en un sitio y mañana en otro, acompañados de altoparlantes, porque el ruido es poder. ¡Y poder con “J”! Honestamente no sé si es todos los días, habrá que averiguar para plasmarlo en el calendario.

Cada hoja del calendario hay que llenarla con el ruido del tráfico, los bocinazos que la policía no escucha; la publicidad ambulante. Sumarle la agenda de boxeo, los televisores y equipos de sonido a todo volumen. Y para los trabajadores, el ruido laboral. Y hay que aguantarlo. El hambre mata más rápido que los ambientes ruidosos.

Además, así como tenemos años bisiestos, cada cinco años tenemos dos años siniestros: el de las campañas para elecciones municipales, y las nacionales. Donde lo único seguro es el ruido y las promesas.

Ojalá que algún año, en el calendario del ruido, haya un día para que las autoridades escuchen al pueblo que les paga. Y que el derecho de defender los derechos, sea una bandera en manos de cada ciudadano, los 365 días. Que en el calendario del ruido haya por lo menos un día sin ruido. Es nuestro compromiso.