Orlando López-Selva
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Hace poco falleció el renombrado escritor alemán Günther Grass.

Era visto como la conciencia moderna de la nación alemana pos-nazi: siempre crítico de los poderes establecidos. Defensor de las causas casi olvidadas. En esencia, era el perfecto anti-statu quo.

Y apartando un poco su grandiosidad artística ―como escritor, dibujante, escultor― quiero recordar a Grass por sus impactantes afirmaciones.

Grass usaba la literatura como un medio para denunciar las atrocidades contemporáneas. Tenía un sentido de la justicia muy marcado por su sensibilidad e intelectualidad. Pero agorero, fatalista. Un idealista infructuoso. Creía en la fecundidad de la imaginación latinoamericana como una posibilidad de éxito. Esta América Latina que tiene líderes que comienzan como quijotes (¡fantasiosos, desafiantes y románticos!); y terminan como Sancho Panza (engreídos, materialistas, hundidos en su propio culto a la personalidad; amasando fortunas que justifican como actos justicieros). Surgen del drama con conciencia crítica y terminan embijados en farsas, sin conciencia alguna.

Siempre me impactó el pesimismo del autor de --El Tambor de Hojalata-- una novela dura, macabra, cáustica e inagotable por sus obsesiones, miedos y traumas.

Y desde hace más de tres lustros, Grass preconizaba un futuro así: “¿Qué sentido puede tener la literatura cuando el futuro es una catástrofe programada profetizada por espeluznantes estadísticas? ¿Qué queda por narrar cuando vemos que cada día se confirma, y se pone a prueba mediante los pertinentes ensayos, la capacidad de la especie humana para destruirse a sí misma, y al mismo tiempo al resto de los seres vivos, de las maneras más diversas? Lo único que puede medirse con Auschwitz es la permanente amenaza de auto-exterminio colectivo nuclear que imprime dimensión global a la solución final. El futuro está poco menos que gastado o, si se quiere, arruinado. Ya no es más que un proyecto con muchas posibilidades de ser abandonado”.

La cita golpea contundentemente. Las preguntas tienen mucha validez filosófica.

¿Dramatismo o pesimismo? ¿Sensibilidad o predictibilidad? ¿Sturmunddrang? ¿Fatalismo cíclico o decadencia a lo Spengler global?
Vistas las cosas desde el ángulo del arte, ¿la literatura cumple una función estética, ética o profética?

Lo cuestionable es que las premoniciones pueden ser simples especulaciones geométricas. O que el autor de El Gato y el Ratón había perdido la fe en la bondad humana. Y los Auschwitz y Treblinkas se repiten cada vez que mueren civiles inocentes, migrantes, refugiados; o los países desfavorecidos sufren ante los embates y cláusulas leoninas de los sistemas monetarios de duros acreedores e impuntuales deudores.

Es comprensible su preocupación. Y siempre se ciernen sobre el horizonte malos augurios por las tendencias. Pero hay una lucha paralela de las naciones tratando de vencer el mal: con el diálogo, la diplomacia preventiva, los foros donde se discute cómo combatir las pestes o la asignación de ayuda humanitaria a los países afectados por tragedias naturales. La humanidad también mejora, a pesar de la maldad, el crimen y sus epidemias.

¿Por qué ciertos seres humanos tratan de enfrascarse en la destrucción de nuestra especie por el apego a los materialismos más efímeros y dañinos?
Personalmente, nada lo puedo concebir sin una carga estética. Y tanto pesimismo y derrota, aturden. ¿O no hay fe en un Dios misericordioso, justiciero, redentor?
¿Esa carga funesta viene de la hipersensibilidad artística o es una proyección de la insensatez humana que, ciertamente, ha sido capaz de holocaustos, guerras mundiales, tiranías y conquistadores sangrientos, desde Genghis Khan hasta Hitler. Pero también ha sido capaz de erigir grandes culturas en Asiria, Sumeria, Mesopotamia, Grecia, Egipto, Córdoba, Florencia, Londres, París, Nueva York, Beijing?

El punto es que si HerrGrass tenía esas preguntas, su intuición era una percepción de algo que se avecina inexorablemente o simplemente es una aproximación a esos males que los franceses llaman males finiseculares, que comprende tanto el final como el principio de siglos contiguos.

El artista Grassvio cómo sus temores racionales se iban cargando de evidencias sistemáticas. En Europa: Grecia; en Asia: Palestina, Siria, Iraq, Paquistán, Yemen, Crimea, Corea del Norte; en África: Nigeria, Níger, Mali, Libia.

Cada día hay más conflictos, guerras, tragedias. Pero las civilizaciones avanzan en la ciencia, la tecnología, el derecho, la educación y la salud universales, el desarrollo económico y la distribución de las riquezas.

No sé si el escritor alemán fue escuchado con atención. O era, para muchos, solo una voz en el desierto.

O como dice Juan Goytisolo para referirse a los intelectuales que alzan la voz para denunciar: “son dinosaurios que poco a poco se van extinguiendo”.