Félix Navarrete
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Managua, capital de Nicaragua, es una sucursal del infierno. Una pequeña oficina del diablo en la región. Según los datos geográficos, está ubicada entre las ciudades cálidas de León y Granada, pero una dirección más precisa y real sería entre el lago de fuego y el purgatorio, a una cuadra del infierno.

Hace algunos años escribí en este mismo diario un artículo sobre Managua y describí cómo se observa esta ciudad desde la ventanilla de un avión. La fotografía es apocalíptica. Si no fuera porque el majestuoso lago y sus dos volcanes contrarrestan ese paisaje caótico, me atrevería a afirmar que estoy sobrevolando un pueblecito africano o una de esas ciudadelas perdidas que no existen en los mapas y que termina descubriendo Indiana Jones.

No exagero. Descender en un avión sobre Managua es como descender a un nivel del infierno, a un décimo círculo de Dante, a un lugar donde todo es bruma, sol, calles de fuego, hileras de casas que agonizan ante la majestuosidad de unos cuantos edificios que no se han doblegado a los terremotos. De las grandes zonas verdes y el majestuoso lago pasa a un poblado largo y deforme que no compite con el paisaje natural.

Según estudiosos de nuestra geografía, Managua está situada en un largo valle, rodeada de lagos, lagunas y volcanes, con un clima tropical seco y un conjunto de fallas sísmicas. Sin embargo, la destrucción sistemática de su medioambiente y su crecimiento desordenado han convertido a la ciudad en una especie de caldero donde ya no se puede vivir.

Yo no sé si lo ha percibido, pero Managua es un valle desnudo, agonizante, sin oxígeno ni fuentes hídricas. Es un lugar quizás interesante y privilegiado por su abundante vegetación, pero casi inhabitable. Desde que amanece hasta que anochece, sus habitantes somos sometidos a temperaturas de infarto. Apenas despunta el sol un vapor cálido comienza a emerger de la tierra. Unos dicen, metafóricamente, que es el diablo que enciende la llama para asarnos en una especie de parrilla gigante. Tal vez es el mismo diablo que ha arrasado con todos los árboles y las cuencas de Managua y sus alrededores.

No sé, pero mi sentido común me dice que algunos urbanizadores, en nombre del desarrollo, han arrasado con nuestro bosque y nuestros árboles que nos sirven de pulmones para respirar aire puro. Le invito a hacer la prueba. Camine por las mañanas en las caóticas e irrespirables calles de la capital y cuidado termina en una sala de emergencias de un hospital con un infarto o accidentado por un conductor hipertenso. Súbase a un bus urbano o a un taxi y veremos qué le espera. Además del sofocante calor, sentirá que una nube blanquecina que emerge invisible de las calles le aprieta el cuello hasta asfixiarlo. No se alarme: es el humo del diablo que está reconociendo su territorio.

A veces me he preguntado si Managua no es presa de alguna maldición de nuestros ancestros. Lo digo porque es una ciudad sufrida, destruida por guerras civiles y terremotos, sin pasado y sin futuro. Trata de levantarse pero la naturaleza la vuelve a poner de rodillas. Es una ciudad sin rostro, lleno de cicatrices, extremadamente calurosa y deforme. Su corazón destrozado aún late de nostalgia y esperanza por días mejores.

Creo que Managua carece de muchas cosas para ser ciudad. No tiene muchos parques ni lugares de entretenimiento y tiene poca vida nocturna, en comparación con otras urbes. Los gobiernos pasados hicieron muy poco por la capital. El gobierno del presidente Ortega le ha cambiado el rostro a la ciudad. Ha rehabilitado y ampliado el parque Luis Alfonso Velásquez y construido el Paseo Salvador Allende, que son una excelente alternativa de diversión y entretenimiento para niños y adultos. Tengo información de que el gobierno también tiene planeado convertir toda la zona costera del lago en un megacentro turístico donde nacionales y extranjeros puedan divertirse.

Sin embargo, creo que Managua sigue siendo una ciudad virgen, preparada para reencontrarse y cambiar de rostro. Lista para una reconstrucción total. Es una novia dispuesta a recuperar su belleza perdida. Ella necesita con urgencia de un arquitecto que delinee su belleza, de un novelista que la describa en sus distintas etapas y de un gobierno que junto con sus ciudadanos la convierta poco a poco en la sede de la cultura y el turismo centroamericano.

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com