Mónica Zalaquett
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“Me llamo Guillermo y tengo 32 años. Me críe con mis padres, pero los dos eran alcohólicos. Cuando era niño yo creía que eso era como una diversión para ellos, pero después no me gustaba porque los dos se golpeaban y yo lloraba porque no podía hacer nada para defender a mi mamá. Eso era casi diario, mi papa bebía primero y ella bebía después como para sentirse igual, y yo del mismo enojo les pasaba manojos de leña para que se golpearan.

Cuando estaba en tercer grado comencé a beber y a probar la pega de zapatos. Andábamos pegando papeletas para un 30 de mayo y un amigo de la escuela me pasó un vasito. Así comenzaron los trece años que pasé oliendo pega y participando en las pandillas. Fue tanto el daño que me hizo la pega, que al final no era capaz de sostener un vaso de agua.

Cuando tenía quince años me apuñalearon en el pecho y me perforaron el pulmón. Andaba comprando droga en el barrio, cuando unos chavalos con quienes tenía rencilla me salieron de repente, uno de un lado y el otro de frente, y me metieron la estocada. Sentí un gran dolor y me desmayé. En el hospital me daban por muerto, pero resistí y pasé tres meses luchando por mi vida. Ahí mis padres sufrieron tanto que dejaron el guaro y se metieron en las cosas de Dios.

Cuando salí del hospital, me retiré dos años de las pandillas pero volví a caer. Yo iba por el desquite, pero no fui yo sino otro quien hirió al que me apuñaleó y le cortó cuatro dedos de la mano izquierda. Hoy día yo me encuentro con ese hombre y nos saludamos, ya no hay rencilla porque él llegó una vez donde mi madre a pedirle disculpas por lo que me había hecho.

Nosotros en las pandillas robábamos, pero nunca quise hacerles daño a las mujeres. Yo lo hacía para comprar comida, droga y para darle a mi madre. Tres veces  herí a los hombres que les robé, pero me sentí mal por haberlo hecho. Peleábamos con las otras pandillas con lanzamorteros, armas hechizas y machetes. Para ese tiempo, hubo como veinte heridos en mi barrio y un muerto en los enfrentamientos. También varios de mis amigos cayeron preso y pasaron muchos años en La Modelo.

Cuando yo tenía 26 años, la promotora del Ceprev en el barrio nos invitó un taller y fui con mis amigos. Por primera vez sentí que alguien se preocupaba por nosotros, por los que andamos metidos en las pandillas y las drogas. Ahí aprendí a ser responsable y a tener disciplina. Ya no soy el vulgar de antes, mal hablado y pleitista. Ahora soy una persona bien llevada y mis vecinos se alegran de verme así. En el Ceprev me aconsejaron que entrara a los alcohólicos anónimos, porque bebía guaro todos los fines de semana. Ahí estuve tres años y después me hice cristiano.

Ya van siete años en que me retiré de todo. En lo que más me ayudó el Ceprev fue a querer mi vida, a querer mi cuerpo, porque yo de viaje me estaba matando. También dejé de pelear con mi familia, porque vivía en pleitos con mis padres y mis hermanos. Ahora me llevo tranquilo con todos ellos, en especial con los dos hermanos que me acompañaron a esta entrevista.

Antes mi única novia era la pega de zapatos, ahora tengo a mi esposa y a mi hija; y sinceramente les doy todo el cariño que puedo. Solo quisiera un trabajo estable para darles más apoyo, porque ahora me defiendo vendiendo DVD en las calles. Yo siento que soy un padre distinto a como fueron conmigo; soy cariñoso con mi hija y la cuido bastante, yo mismo la llevo al colegio porque no quiero que ande sola en las calles. También soy distinto con mi pareja, no llego bolo a la casa, y no le pego a mi señora como lo hacía mi papá con mi madre.

Lo único que me dejó la vida que tuve son estas cicatrices de puñal, de balazos en las piernas, de machete y pedradas en la cabeza. Me dejó el rechazo de mi madre y de los vecinos que no me dejaban entrar por la puerta de su casa. Nunca pensé que yo iba a cambiar; pensé que iba a morir así, pero ahora todo es distinto. Mis padres me reciben bien, mis vecinos me invitan a pasar y a comer con ellos, pero lo más importante de todo es el ejemplo que ahora le doy a mi hija.”

*La autora recoge testimonios de personas que quieren compartir sus experiencias de cambio.