Gustavo-Adolfo Vargas*
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La reelección de Benjamín Netanyahu, como primer ministro de Israel el 17 de marzo, ha desatado una cadena de problemas con evidentes consecuencias para Medio Oriente y el resto del mundo, al vigorizar al fundamentalismo, castrar a la Organización para la Liberación de Palestina y proporcionar nuevos bríos al movimiento radical Hamás.

Analizando las razones de la clara victoria de Netanyahu, el diario israelí Harez sostiene que 200,000 electores posibilitaron el triunfo del partido Likud debido al miedo, haciendo hincapié, en que la mayoría de quienes a última hora cambiaron su decisión eran menores de 35 años.

En otras palabras, Netanyahu ha sido capaz de jugar el mito de Masada, un significativo elemento en la historia de Israel y de su imaginario colectivo. En el siglo I, los habitantes de esta montañosa fortaleza, asediada por las legiones romanas victoriosas durante la campaña de conquista de Israel, optaron por inmolarse masivamente en vez de rendirse.

Actualmente, Masada es un destacado sitio turístico y posee una importante carga simbólica para el nacionalismo judío, como uno de los postreros episodios de afirmación y resistencia nacional, antes de la diáspora definitiva y a elevar su historia hasta heroicos niveles, sugiriendo un paralelismo histórico, con la formación del actual Israel.

Hoy día, los israelíes se sienten asediados por países vecinos hostiles, comenzando por Irán, el califato del grupo extremista del Estado Islámico (EI) que continúa con sus embestidas, una opinión pública internacional abrumadoramente negativa y un paulatino abandono de Estados Unidos.

Su apoyo a los colonos israelíes en Cisjordania y Gaza, su negación a la creación de un Estado palestino y sus muestras de desprecio por una comunidad internacional, incapaz de comprender los temores de Israel, llevó a Netanyahu a la victoria.

En Israel, ser de izquierda significa aceptar un Estado palestino, ser de derecha significa negarlo. Al final, el voto del 17 de marzo fue la consecuencia del miedo.

Cuando viran hacia la derecha como una reacción al temor, los jóvenes israelíes no están solos. Es interesante observar que todos los partidos de derecha que han crecido en Europa y el Tea Party en Estados Unidos, se fundan en el miedo.

El miedo y un agresivo nacionalismo tribal, invariablemente racista, han sido los dos principales recursos que Benjamín Netanyahu utilizó en la recta final de las elecciones, superando la desventaja apuntada por las encuestas, una vez que la recurrente “amenaza iraní” dejó de darle votos a beneficio de opciones que reflejaban los problemas sociales.

Prometió a la ultraderecha ortodoxa extender los asentamientos ilegales e impedir la creación de un Estado palestino si se apresuraba a votar, atemorizándoles con que los árabes compatriotas, esa quinta columna, estaban “acudiendo en masa a las urnas como manadas”, externó literalmente.

Antes, Avigdor Lieberman, el ministro de Exteriores, proponía decapitar con hacha a los árabes israelíes no leales, al puro estilo de sus colegas del Estado Islámico.

Que Netanyahu consiguiera desviar la atención parcial del electorado del peligro real del “fuego amigo”, apelando a la fe y a la inexistente amenaza externa, muestra que a estas alturas de la civilización humana, la razón, el sentido común, el pan y la paz pueden ser vencidos por enemigos imaginarios y falsos amigos. “Una mentira repetida mil veces se convierte en realidad”, afirmaba otro maestro de la manipulación.

El mensaje de Netanyahu es claro: prefiere una guerra crucial y como también la prefieren sus electores; habrá una guerra crucial, en la que los israelíes judíos utilizarán todo su poderío militar.

Acaece una transformación mundial de la percepción de un Israel víctima, a una de perseguidor. En diversas ocasiones, John Kerry ha advertido a los dirigentes israelíes que la campaña no cesa de crecer a nivel global y conduce inexorablemente a un mayor aislamiento de Israel en la esfera internacional. Toda una pesadilla para la causa sionista.