Jorge Eduardo Arellano
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No es fácil abordar el tema de un personaje nicaragüense que tiene algunos méritos, aunque está rodeado de sombras.

Es buen escritor y fue vicepresidente de Nicaragua con amplios poderes administrativos, lo cual le ayudó a tener un excelente nivel de vida, ayudado, en complemento, no por el mercado de los libros, sino por las conferencias. Las personas célebres, generalmente, son bien remuneradas en ese oficio.

Sergio Ramírez no se opuso y apoyó, a pesar de la angustia de su esposa, la participación de su hijo en el Servicio Militar durante la guerra.

Ramírez, habiendo sido en su adolescencia y juventud miembro de la Juventud Somocista, se le rebeló a Somoza y formó parte del Grupo de los 12, grupo que actuó con valor y eficacia en la lucha contra la dictadura. Esto lo condujo, con la aceptación de la dirección sandinista, a ser vicepresidente de la República y a tener un papel destacado en esa época, participando en los aciertos y en los errores del gobierno sandinista, aunque parece haber perdido la memoria de lo ocurrido durante esos diez años.

Sergio Ramírez, con la complicidad de todos nosotros, se hizo aparecer como protagonista, casi un héroe, de los sangrientos sucesos del 23 de julio en 1959, ocurridos en la ciudad de León. Él era, en ese momento, miembro de la Juventud Somocista y por eso mismo inspector en el Instituto Nacional de Occidente.

Sergio se negó –-y así me lo dijo el fundador del FSLN-- a recibir a Carlos Fonseca mientras era director de un organismo universitario en Costa Rica llamado Educa.

Ramírez ha mejorado su calidad de escritor, pero, sobre todo, ha adquirido una singular habilidad para la intriga política. Ha estado detrás –-bien lo sabemos-- manejando los cordeles de cuanto escándalo se ha producido en contra del gobierno de Daniel Ortega. Fue el conductor de la efímera huelga de hambre de Dora María Téllez, logró desfigurar la reyerta de Ernesto Cardenal con la viuda de un mártir, y atribuirle a Daniel una represalia contra el gran poeta nicaragüense, etc.

Ahora, el asunto del prólogo. A mí me pareció un prólogo bien escrito, aunque ligeramente pretencioso. Tengo mis dudas sobre las intenciones de tal prólogo. Algunos sostienen la tesis de que fue concebido como una provocación al Ministerio de Cultura, puesto que dicho organismo tiene los derechos de autor de Carlos Martínez Rivas. Sea cierta o no esa sospecha, la verdad es que le salió a Maquiavelo como anillo al dedo.

Había una reunión de los más destacados escritores de América Latina, los cuales suscribieron un documento de solidaridad con el novelista nicaragüense.

Aparecen nombres alucinantes, como el de García Márquez o el del mejor poeta contemporáneo de habla hispana, Juan Gelman, y decenas más. Es natural que los escritores se solidaricen entre sí, a como lo hacen los periodistas, a veces al margen de todo mérito o de la justicia. De la misma manera lo hacen otros gremios.

Sin embargo, lo del prólogo es lo menos importante. Lo esencial es saber quién es Sergio, con sus luces y sus sombras. Por ahora es, en la práctica, el más derechista, más hábil, peligroso y peor intencionado de los políticos nicaragüenses. Algo deben de haber dicho sobre esta celebridad los poetas “menores” nicaragüenses. Tal calificativo me recuerda que algún excelente escritor latinoamericano calificó al admirado Mario Benedetti como poeta “menor”. Aparte de Darío, el más grande, dicen algunos, fue Carlos Martínez Rivas,
amén de Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho, a lo mejor Joaquín Pasos, Gioconda Belli y Leonel Rugama, los demás somos poetas “menores”, ¿o no?
Hay, en estos momentos, una campaña felina contra el gobierno sandinista. Se suman todos: los yanquis, la Comunidad Europea, la derecha nicaragüense, algunas ONG, los medios de comunicación. El conductor de esta diabólica maraña no es el íntimo amigo del escribano Ramírez, el banquero, el bendecido por el imperio, el archimillonario y archirreaccionario Eduardo Montealegre. Es quien alguna vez dijo ser fraterno con Daniel Ortega, es el talentoso escritor o intrigante, fuera de serie, Sergio Ramírez.

Esa especie de tsunami antisandinista, a nivel planetario, fue denunciada, con lucidez, por Daniel Ortega en el reciente acontecimiento llamado Cumbre de América Latina en Brasil, donde no se escatimaron verdades sobre la crisis, la tristeza y los alientos de nuestros pueblos. Sergio y sus acólitos dirán, seguro, que fue un desafío peligroso o algo peor.