Roberto Sánchez Ramírez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Al atardecer del 24 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero Gáldamez, oficiaba una misa en la iglesia del Hospital de la Divina Providencia, en el primer aniversario del fallecimiento de la señora Sara Meardi de Pinto. Era pues una misa de difuntos.

A mediados del oficio religioso, una bala atravesó su corazón, asesinándolo. Tal hecho no se daba en Centroamérica desde el 26 de enero de 1550, cuando los hermanos Contreras mataron a puñaladas al obispo de León, monseñor Antonio Valdivieso. En ambos casos por el mismo motivo, la lucha y defensa de los marginados y oprimidos.

El asesinato provocó muchos rumores. Entre los nombres mencionados como partícipes en el crimen, estaba el del exmayor del ejército salvadoreño, Roberto D’Aubuisson. Su hermana Marissa le preguntó al respecto. El dirigente de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), le respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

En junio del 2006, el presidente de El Salvador, Elías Antonio Saca, inauguró el monumento a D’Aubuisson, en el centro de una rotonda, situada en uno de los repartos más exclusivos del antiguo Cuscatlán. Antes, cuando falleció el 20 de febrero de 1992, a causa de un cáncer en la garganta, se decretaron tres días de duelo nacional, se le impuso la Orden José Matías Delgado por “eminentes servicios prestados a la República” y se le otorgaron muchos honores.

Monseñor Romero recibió el amor y la solidaridad del pueblo que dio un tributo de dolor y sangre, cuando en los funerales hubo muchos muertos y heridos, ametrallados por las fuerzas gubernamentales. Se le consideró desde entonces como un mártir del cristianismo, un santo de la Iglesia católica. 

Desde 1977, monseñor Romero, había asumido el arzobispado de El Salvador. Tuvo que enfrentar los secuestros, cárcel, tortura, violaciones y asesinatos, en contra de sacerdotes y laicos, incluyendo mujeres al servicio de los movimientos parroquiales. El 12 de marzo de 1977 fue muerto el sacerdote jesuita salvadoreño, Rutilio Grande, junto con sus dos acompañantes Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus. El padre Rutilio y monseñor Romero eran grandes amigos.

Los escuadrones de la muerte, organizados por D’Aubuisson, terminaron con las vidas de los sacerdotes Rafael Palacios, Octavio Ortiz, Alirio Napoleón Macías y Alfonso Navarro. Los seglares catequistas y delegados de la Palabra, Angel Morales Gómez, Roberto Antonio Orellana, Jorge Alberto Gómez, Felipe de Jesús Chacón, Jesús Jiménez  “Chus”; María Ercilia y Ana Coralia Martínez, secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas. Después de la muerte de monseñor Romero habrían más asesinatos, incluyendo el de la madre Maura Clarke, de la Orden de Maryknoll, a la que tanto recordamos y apreciamos en Nicaragua. 

El proceso de beatificación de monseñor Romero no ha sido sencillo. Se dieron campañas publicitarias internacionales cargadas de difamación y calumnias. Fue triste saber que cardenales latinoamericanos influyeron en el Vaticano para obstaculizar el proceso. El papa Francisco al aprobar la beatificación responde, al clamor de la religiosidad popular que lo proclamó santo.

La historia registra la desaparición y destrucción de muchos monumentos. El de D’Aubuisson tiene la base montada sobre muchos crímenes. La verdad y el tiempo descubren hechos y nombres relacionados con el asesinato de monseñor Romero. Se sabe quién hizo el disparo. El que manejaba el vehículo y los encargados de supervisar el crimen. Los potentados que planearon y financiaron la muerte. Nadie ha sido detenido o juzgado.

Es hermoso que Marissa, la hermana del principal asesino, sea una de las promotoras de la Fundación Romero. El mandato del perdón y la reconciliación está en San Mateo 5. 23-24. El día de a beatificación de monseñor Romero se dará mucho movimiento en San Salvador. Habrá quienes pasen por la rotonda donde está el monumento a D’Aubuisson. Esperemos, en nombre de la reconciliación en Cristo, que las clases altas salvadoreñas que aplaudieron en 1978 el asesinato, aplaudan ahora la beatificación de monseñor Romero.

En la última misa que ofició, monseñor Romero dijo: “Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no solo para sí, sino para dar concepto de justicia y paz a nuestro pueblo”. Instantes después Marino Samayor Acosta jaló el gatillo del rifle.