Carlos Andrés Pastrán Morales
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Sentí un olor como rancio por parte del vendedor de tickets, era algo viejo, se podía notar por las arrugas de pies a cabeza y por su voz de hombre casi muerto. Luego hice fila para entrar al salón principal para al menos refrescarme con el calor que hacía a las seis de la tarde, algo raro para ese entonces. Contemplé el rostro de Félix Rubén García Sarmiento en el centro de la Cámara. Caminé por el pasillo adorando el arte de gente desconocida y en busca del baño. Al salir, las personas estaban entrando a la sala mayor para al fin poder ver la función.

Ya al haber entrado, estar sentado y dispuesto a enfocarme a lo que iba, salió el presentador para cantar el Himno Nacional. Los bailes e interpretaciones pasaban y pasaban, cada vez más aburrido y cayendo en el mundo del sueño. Soñé que estaba en una fiesta o algo parecido, donde había una piscina, gente que conocía y yo a punto de tirarme desde un segundo piso. Ya en la cornisa, sentía el miedo correr por mis venas, cuando sonaron las primeras notas del show principal al que había asistido. Desperté de un brinco y puse atención lo más pronto posible.

El espectáculo era un baile, pero distinto, al menos para mí. Veía a una bailarina con mucho talento, ir de acá para allá. No sé si es que estaba alucinando, pero sentía que me miraba justamente a mí cuando estaba haciendo un solo. Me sentí un poco incómodo, pero halagado a la vez, no sé por qué. Luego de vernos repetidas veces, noté en ella algo familiar, ese rostro ya lo había visto en algún lado. Cuando todo terminó, esperé afuera del teatro a ver si la podía interceptar y hablar con ella, pero nunca apareció. Ya haciéndose tarde, agarré un taxi y fui reflexionando en el camino. Luego recordé unas palabras sabias de un libro que no había leído en siglos, y decía que la muerte acechaba al personaje principal por las noches, lo miraba desde un poste de luz en la calle, con un cigarro entre los labios y sonriéndole. Entonces vino a mi lo que tanto esperaba. Era ella, la muerte, ya la había visto desde mi balcón haciéndome señas y tratando de razonar conmigo. Luego tuve ganas de decir a todo mundo que casi me topo con mi fin esa misma noche, pero mejor callé y me sentí afortunado de haberme escapado de mi destino, o quizás ese fue mi destino.