Mónica Zalaquett
  •   Managua, Nicaragua  |
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Me llamo Armando y tengo 19 años. Cuando era niño mi padre era un hombre rígido y nos pegaba a mí y a mis dos hermanos con lo que encontraba: garrotes, alambres o con los puños. En esos momentos sentía furia porque no me podía defender. A mi mamá también la golpeaba y la maltrataba psicológicamente y había momentos en que trataba de defenderla, pero también me golpeaba a mí.

Cuando cumplí los doce años me metí en una pandilla de mi barrio. Empecé a consumir drogas, a robar carteras, celulares, cadenas, pulseras, todo lo que hallábamos. La gente del barrio nos compraba lo que robábamos y yo guardaba ese dinero para ir al colegio y para consumir drogas.Mis padres no me aconsejaban sino que me golpeaban por andar en las pandillas pero eso me ponía peor, me salía a las calles y seguía en lo mismo.

A los 15 años, los “traidos” me agarraron en unenfrentamiento y me apuñalearon. Cuando salí del hospital fui por el desquite y le hice lo mismo al chavalo que me había herido. A pesar de eso yo seguía sintiendo odio por él y quizás lo hubiera matado de no ser porque entré al CEPREV por medio de un amigo del barrio que me invitó a un taller. La primera vez que fui a una capacitación sentí que le importaba a alguien y me di cuenta que el odio y el resentimiento que yo tenía hacia mis padres lo descargaba en las calles contra otros chavalos.

A veces de tanto odio que andaba me metía solo en los barrios donde tenía problemas para buscar pleitos. Yo necesitaba los enfrentamientos como un desahogo, pero luego no me sentía mejor sino que buscaba cómo drogarme para no pensar en los problemas.

En el taller del CEPREV aprendí que mi padre era bien machista como muchos hombres, y que el machismo lo ciega a uno y lo lleva a hacer lo peor. Mi papá cuando llegaba a la casa quería tener la comida ya servida y si no era así, golpeaba a mi mamá porque la veía como un objeto de su propiedad, no como su esposa. Al llegar a mi casa después del taller, me decidí a hablarle y le dije “quiero hablar con vos”, él me preguntó “¿de qué?” y entonces le dije que cambiara su actitud, que se quitara ese pensamiento de machismo y le comenté de la charla que habíamos recibido. Le dije que me había dado cuenta de que esas actitudes de él también las tenía yo y que ambos cometíamos los mismos errores. Él se quedó sorprendido y callado. Por primera vez en la vida estábamos platicando tranquilos y él me escuchó.

Después de esa plática cambió la vida de los dos. El ahora no es machista, ya no nos pega, a mi mamá la ve como su esposa y hasta la trata de “amor”. Ahora cada vez que se presenta un problema en la familia, ya no lo resuelve a los gritos y a los golpes, sino que habla con nosotros y nos apoya. Él nos contó  a todos que en su juventud nunca tuvo lo que era una chibola para jugar, y que mi abuelo siempre lo maltrataba. Por eso él se descargaba con sus hijos, pero había recapacitado y ya no quería hacernos a nosotros lo que le hacía mi abuelo a él.

También hablé con mi mamá y ella ahora tampoco nos pega. Yo la miro más atenta y cariñosa, está como aliviada de que mi padre ya no es violento. Ella le decía a mis tíos que le daba gracias a Dios por el cambio mío y de mi padre, y porque ahora yo estudio con una beca del CEPREV la carrera de reparación de motos.  

Yo me alejé definitivamente de las pandillas y ya no consumo drogas. Todavía no termino mi carrera, pero estoy buscando trabajo porque me gustaría apoyar a mis padres. Siento que los he perdonado, en especial a él. Para mí eso ha sido importante, porque ya no siento ese miedo y ese odio hacia él que me impulsaba a hacer cosas malas. Ahora le tengo cariño y respeto, y a veces le digo “viejo, te quiero mucho”. Él se pone a reír y me dice que se alegra de que ya las cosas no sean como antes.

*La autora recoge testimonios de personas que quieren compartir sus experiencias de cambio.