Augusto Zamora R.*
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Dice el Diccionario de la Academia de la Lengua que fanático es el que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias, sobre todo políticas o religiosas.

De fanáticos y fanatismos está la historia llena, sin que haya continente libre de tan atroz pecado aunque, debe decirse, unos lo han padecido –y padecen- más que otros. 

Autores de Ciencia-Ficción imaginaron el siglo XXI lleno de tecnologías, novedades, sociedades inauditas. No de fanatismos. La realidad ha sido, desgraciadamente, otra.

El fanatismo religioso lleva años ahogando en sangre docenas de países islámicos. El fanatismo económico hundió Europa en su peor crisis desde la II Guerra Mundial.

Birmania huyen miles de personas de la minoría musulmana en un país budista.

La Unión Europea, hipócritamente, lamenta la muerte de millares de seres, ahogados en el Mediterráneo, pero les niega acceso por otras vías. No quieren más negros ni moros.

El continente que se dice el más rico, civilizado y pulcro del mundo está proponiendo que Naciones Unidas apruebe bombardear en puerto los barcos que transportan emigrantes.

Lo proponen con rostro compungido, dizque para evitar más muertes. Sabemos cómo terminan esas políticas. EE.UU. construyó un muro gigantesco para evitarnos. Lo único que logró fue multiplicar las muertes de hispanos, obligados a entrar por el desierto.

Latinoamérica es región pobre. Su gente emigra ilegal de un país a otro. Lo peor a pasar –salvo en México- es la deportación del emigrante. No ocurren tragedias. No las hay.

Anima saberlo.

az.sinveniracuent@gmail.com