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“De aquellos días”, dice la testigo, “sólo recuerdo el silencio. Nadie se hablaba con nadie, es como si de pronto viviéramos en otro planeta”. Ella es una mujer de la etnia tutsi. En esta parte de África, pegada a la región de los grandes lagos, las mujeres tutsi y hutus sorprenden por una belleza esbelta que les juro que no he visto en ningún rincón del planeta. No se pueden comparar con nada, es como un secreto guardado en sus espaldas infinitas y siempre rectas. Ella, la testigo, habla de los atroces días de 1994, cuando se perpetró una de las mayores vergüenzas que a los hombres y mujeres de nuestro tiempo les ha dado contemplar. No se trataba sólo de un país, sino de todos los países, de todos nosotros.

Tuve la ocasión de visitar Ruanda, el país de las mil colinas, después de que los combates en el este de Congo nos empujaran a un grupo de periodistas a este lado de la frontera hace muy poco. Surcado hoy por cultivos de té, café, y también por una de las últimas reservas mundiales donde habitan gorilas, el país no tiene nada que ver con el que nos aterrorizó a todos hace 14 años, como si mirásemos un espejo deforme. A Ruanda le han mimado los fondos de la cooperación occidental y su belleza natural hoy se llena de verde. La gente habla kenia-ruandés como primera lengua, y también el inglés. Antes era el francés, pero como achacan a belgas y franceses responsabilidades por la barbarie cometida allí, es como si el país se negara a seguir una historia que no le convenía.

Hace apenas unos días, el Tribunal Penal Internacional ha comenzado a condenar, tras un proceso muy largo, a algunos de los responsables del genocidio cometido en Ruanda en 1994. ¿Se acuerdan? Es para no olvidarlo: en apenas cien días se asesinaron a más de 800,000 personas (de la etnia tutsi mayoritariamente y también hutus moderados). Habían matado al presidente de entonces, de la mayoría hutu, y a raíz de eso se perpetró el infierno. Aún hoy, es difícil explicar, no lo que ocurrió, sino cómo ocurrió. La comunidad internacional, cuando no cerró los ojos, se inmiscuyó y manchó sus manos de sangre. El resto, insisto, es para no olvidarlo. Sobre todo lo fácil que fue para unos cuantos generar el miedo hacia aquellos con los que habían convivido siempre a pesar de otros genocidios. La dominación belga había contribuido años atrás a separar hutus de tutsis no por razones étnicas, sino en virtud de si alguien tenía más o menos de diez vacas; si tenía más de diez se le declaraba tutsi; si tenía menos, hutu. Imaginen lo fácil que es crear una frontera, una diferencia, un odio, para el que tiene el mando.

Estuvimos en la iglesia de Ntarama. Los pocos rostros que están cerca nos lo decían sin palabras. Nadie entra ahí y sale el mismo. En la iglesia de Ntarama se mataron en un solo día a 5,000 personas, más o menos, muchos de ellos niños. La iglesia no tiene más de cien metros cuadrados. Allí están los restos de los vestidos de la gente, manchados de sangre, polvo y tiempo. Allí están alineados, en una estantería, los restos óseos, calaveras de niños con la rajadura del machetazo. Como en la iglesia de Ntarama, hay más, muchas más, lugares para memorizar el genocidio, lugares donde se puede escuchar las voces de esa testigo que hablaba del silencio. Sin embargo, en la iglesia de Ntarama aún se pueden escuchar más cosas. No hay horror que se le compare, y uno tendría que ser totalmente de piedra para salir de allí indemne. Sí, un espejo deforme.

En una de estas iglesias dicen que un misionero, mientras una orgía de sangre acababa con la vida de miles de personas sin que nadie alzase la voz, salió y se puso de rodillas gritando: “¡Dios, ¿dónde estás, dónde estás?!” También esas voces se escuchan estando allí. Ese horror no está tan lejos, sino adentro de todos nosotros, tan cerquita.

Hoy, volviendo a esa iglesia con la imagen de la memoria, yo mismo me pregunto por aquel silencio. ¿Quién puede pretender pensar que Dios quería eso, o que no pudo evitarlo? ¿Acaso hay alguien que pretenda pensar que hay un mensaje detrás del asesinato atroz de tantos niños, por el que un Dios impasible y cruel se sirve para que cualquier tipo, alguien como yo, por ejemplo, pueda captar el sentido de todo aquello. ¿O quién puede consolarnos diciéndonos que Dios estaba muriéndose también allí en cada uno de ellos? Ese día, tenga o no sentido, Dios no estaba. Les aseguro que es imposible entrar aquí, en esta iglesia de Ntarama, donde nunca más se volvió a rezar, es imposible no sentirse abandonado por Dios. Quiera él que cuando salga, lo vuelva a encontrar en algún lado.


franciscosancho@hotmail.com

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