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La Obra reunida (Managua, Anamá, 2007) de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) contiene casi toda la obra en verso de nuestro gran poeta. Pero su compilador, Pablo Centeno Gómez, decidió acertadamente incluir al final un extenso texto en prosa: “Mis Gay Twenties / Revisited”, elaborado en Los Ángeles, California, 1958-59.

En el segundo semestre de 1978 (más próximo a julio que a diciembre) publiqué esa extraordinaria pieza, correspondiendo al quinto título de una de las pequeñas series que, para colmar mis afectos literarios y aficiones tipográficas, editaba antes del 79: la titulada “americanas” (Vincent Millay, Salomón de la Selva, Montalvo, etc.), precedidas de las “nacionales” (El Güegüense, las obras teatrales de la vanguardia nica, Pérez-Estrada y sus poemas indoamericanos, Rothschuh Tablada y su Quinteto a don José Lezama Lima, etc.), y de las “populares” (el capítulo sobre Nicaragua de William Khrem, tomado de su Democracia y tiranías en el Caribe, uno de los mayores escritos de Sandino, los poemarios de “Los bandoleros”, Raúl Xavier García y “Chichí” Fernández, etc., etc.).

Me refiero al folleto de 16 páginas titulado sencillamente “Luisita Donahue”: el personaje que retrató magistralmente, tornándolo inolvidable, José Coronel Urtecho en el capítulo segundo de su obra Rápido tránsito (Managua, Editorial San Antonio, 1953): “Todo en Luisita Donahue me atraía, Luisita Donahue –-que pronunciaban Luisira Donajiú–- era sólo ella, enteramente distinta de las demás. Tipo y carácter, genio y figura eran en ella la misma cosa...”, inicia ese fragmento del capítulo segundo de su obra (“Gay twenties”) el ingenial prosista, quien me escribió desde Las Brisas, en territorio tico, el 24 de junio de 1978:
“Me alegro lo que proyectas hacer como homenaje a Luisita Donahue, no tanto por lo que tiene que ver conmigo, sino por ella. Lástima que ella no sepa, ni pueda saber que tiene cierta fama entre los poetas de Nicaragua, donde su nombre aun aparece en homenajes literarios como el que tú preparas. Es terrible pensar que, si acaso está viva -–cosa difícil por la velocidad vital con que vivía–- debe tener cerca de 70 años, o por lo menos sesenta y cinco. Dichosamente en Nicaragua tendrá siempre -–mientras no se olvide-– dieciséis o diecisiete”.

Y proseguía: “Si todavía es tiempo, te sugiero añadir como introducción al homenaje para Luisita, con tal que no te cause más gastos o molestias, mi traducción del poema de Carl Sandburg: ‘Pollita Llorimer’, que es una especie de antecedente literario de Luisita Donahue. Aunque ésta naturalmente fue una muchacha real, como después de todo, también debe haber sido Pollita Llorimer, la Chick Llorimer de Sandburg. Todos hemos tenido compañeras de colegio y compañeras de adolescencia. Esos símbolos o figuras de realidades, ayudan de muchos modos a vivir a la gente. Así nos pasa a algunos en cierta medida con Luisista Donahue...”.

Desde luego, obedeciendo la indicación del “maistro Coro”, “Pollita Llorimer” -–traducida por él a principio de los años 40-– fue incluido en dicha publicación/homenaje. Iniciativa del suscrito, pretendía rescatar un tercer texto escrito e inédito sobre la mítica adolescente de Carlos Martínez Rivas, entonces de 54 años y algo lejos de su proceso de autodestrucción mental y deterioro físico. Carlos vivía en el granadino Instituto Tecnológico Nacional (Intecna), bajo el amparo del sacerdote jesuita León Pallais. Y allí lo visité dos o tres veces para conseguir su texto.

No me resultó difícil convencerlo. A cambio de unos honorarios no despreciables, el poeta sometió la versión del original de 1958-59 a una inescrupulosa revisión para cedérmelo a máquina y autografiado. Con su difusión, completaba la trilogía: el fragmento fecundante del Capitán de la Vanguardia nica, producto de su experiencia juvenil en San Francisco, California (frizaba en los 20 años) y la glosa de “Chepito” (José Cuadra Vega), que sería más bien una evocación, recreada y enaltecida, en la cual calificó su fuente inspiradora o pre-texto como “la mejor prosa en la poesía y el mejor poema en la prosa del Poeta”.

La edición sólo circuló entre los amigos y no tuvo recepción exterior alguna, dadas las convulsivas circunstancias que vivíamos entonces. En los últimos días de diciembre tuve que abandonar el país para regresar en marzo, durante una semana, para inaugurar el busto de Salomón de la Selva en la placita frente a su actual biblioteca en la UNAN-Managua. Carlos se hallaba recluido en el Hospital Occidental y de allí, el 24 de ese mes, me escribió: “Querido poeta: aprovecho que mi prima Olga va a verte para dirigirte estas pocas líneas. Apenas puedo escribir lo que apenas puedo pensar, pues estoy bajo los efectos de los tranquilizantes. / Sólo para decirte y pedirte que me escribas (siempre a Intecna) dándome noticias sobre la suerte que ha corrido LUISITA DONAHUE. No he visto ningún comentario en los periódicos, ni he oído ningún eco verbal. Ni siquiera me ha llamado por teléfono Josecito Cuadra... / Escríbeme contándome la reacción de José Coronel. Gracias. / Un abrazo de Carlos Martínez R.”.

Era imposible satisfacer las inquietudes del poeta, pues se aproximaba muy pronto el 19 de julio y la inmediata euforia; de manera que sería hasta principios del 80 que fue presentada en el estudio-trabajo de mi casa la referida publicación/homenaje. Toda la poetería oficial, mayor y menor (PAC, EMS, EC, JVC, Juan Aburto, “Chichí”, quien incorporó a un “agregado cultural” o funcionario “revoluto”, etc., etc.), se hizo presente. Ernesto Gutiérrez leyó “Pollita Llorimer”, Coronel su fragmento memorable, “Chepito” su evocadora “Luisita” y C.M.R., para culminar el convivio, su “Mis Gay Twenties /Revisited”.

En el primero y único número del “Cuaderno de Crítica Literaria” (mayo del 80) que intentaría editar desde la UNAN-Managua, reseñé el homenaje a Luisita, destacando el trabajo inédito de C.M.R. y el logro de sus objetivos singulares: la superación de pre-texto y la destrucción de su mito. En efecto, Martínez Rivas trasciende en vivencia personal y carga poética el fragmento de “Rápido tránsito”. Y no sólo eso. Sagaz, inteligentemente, utiliza los recursos coronelianos integrándolos a su personal y riguroso estilo.

En su pieza, vivida meses antes del 13 de septiembre de 1959 -–fecha de su matrimonio con Esperanza Mayorga-–, C.M.R. imagina su encuentro fortuito con Luisita, en un autobús de medianoche, formulando su contra-mito: una versión del personaje ya desgastado por la vida, descrita como “una virago post-cincuentona consumida como un grillo; las rodillas juntas y las manos sobre los muslos en pose defensiva; los dedos de los pies, bajo el asiento, seguramente contraídos. Algo conmovedor”. Esta Luisita, más humana, “tenía manos resecas como motas oscuras, untadas con un pomada blanca que en la oscuridad debía de ser fosforescente como un maquillaje para la representación casera de un happening de terror; las uñas estropeadas, sin duda por el hábito púber de mordérselas. Aunque no era ninguna púber”.

La descripción continúa mordaz: “Las pantorrillas manchadas; no motas oscuras como en las manos; manchas blancas, más blancas que las mismas pantorrillas sin sangre dentro de las tobilleras dobladas con aplicación colegial...”. Todo con el sutil objetivo de anular a la Luisita coroneliana, reducirla a mera literatura, a experiencia anecdótica, que no sería el caso de la suya. Es decir: un contra-homenaje. Tal fue, en pocas palabras, el texto de C.M.R. que edité hace 30 años.

En el primero y único número del “Cuaderno de Crítica Literaria” (mayo del 80) que intentaría editar desde la UNAN-Managua, reseñé el homenaje a Luisita, destacando el trabajo inédito de C.M.R. y el logro de sus objetivos singulares: la superación de pre-texto y la destrucción de su mito. En efecto, Martínez Rivas trasciende en vivencia personal y carga poética el fragmento de “Rápido tránsito”. Y no sólo eso. Sagaz, inteligentemente, utiliza los recursos coronelianos integrándolos a su personal y riguroso estilo.