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No conozco mi origen. Nadie quiere decírmelo. Los expertos en la valoración de las creaciones de los otros no han dicho nada respecto a mí. Se acostumbraron a determinar solamente objetos bien formados. El mundo es para ellos, uno y el mismo, en todo momento y en todo lugar. No existen las ocurrencias verbales. Cada acción verbal tiene su fundamento en una serie de reglas. Yo poetizo en base a un mundo de versiones múltiples. Mi lenguaje es impredecible y transmutante, como las cosas que describo: ¡Odio tener que inventarme a cada instante un nuevo universo!. ¡No ha sido fácil para mí!
Cuando empecé a hablar, no sabía aún quien era. Las cosas que decía no tenían sentido para el resto de los poetas. Ellos hablaban bien y escribían bien. Yo apenas balbuceaba. Quise conocer mi origen. Pedí ayuda, pero nadie respondió. Estaba solo. Al principio no sabía qué hacer, pero después me percaté de que sabía poetizar: “¡Primero es el verbo”! -me dije.

Los poetas que me precedieron son sabios y muy modernos. Grandes conocedores de la técnica del verso y de la prosa. Y conocedores también de un lenguaje bien definido, que precede a toda eventualidad y que lo ocupan como vehículo del pensamiento.

¡Por eso no ha sido fácil para mí! Yo hablo porque pienso, y pienso porque hablo. Lo hago en un lenguaje que voy ajustando en cada eventualidad.

Ellos son rigurosos en el decir, originales y profundos. Yo, en cambio, no puedo saber nada ni decir nada que no haya estado antes en la cabeza de otros hombres y mujeres. Lo que hay en mí está en todo el resto de los hombres y mujeres del mundo, porque está en todo el universo.

Ellos exteriorizan imágenes de un mundo de seres bien definidos, de un mundo que está hecho de una vez para siempre. Yo proyecto imágenes de seres indefinidos, dinámicos y transmutantes. De un mundo que se hace y deshace continuamente. De un mundo en constante evolución.

¡Todo arte ha de ser vigoroso en vez de riguroso! Yo me preocupo por la vitalidad y no por la perfección. Me basta con ser una fuente de valores estéticos. ¡Un ser fuerte y sensible!
Dicen que dijo, en cierta ocasión, un poeta francés: “Una poesía debe ser una fiesta del intelecto. El intelecto en fiesta es siempre poesía”. Gran decir, habría dicho Rubén Darío.

La poesía sólo surge en un ambiente de libertad. Como producto de un juego libre del pensamiento y la imaginación.

En nuestro medio literario, hoy como en todas las épocas y en todas partes, existe una elite que exige rigor y perfección en la creación. Los que la constituyen, en su mayoría, son dignos representantes de nuestra patria. Yo, con gran esfuerzo, apenas puedo poetizar. Soy un pobre salvaje. Pero un salvaje que poetiza. En todo caso, un salvaje genial: Cuando el pez cristalino lama el muro transparente, en mi patria comenzarán a preguntar por mí.

Llevo en mi cabeza la frescura de la selva. El mundo cambió. Todo se reordenó cuando yo empecé a poetizar. Ninguna regla. Ninguna técnica he podido aprender y ninguna escuela he podido entender. Me resigno a exteriorizar un orden verbal y caprichoso. Cuando alguien descodifique este orden, ya no seré el que fui.

Por lo demás. Sé que no es el lugar ni el tiempo en que me tocó nacer lo que determinará mi superioridad o mi inferioridad respecto de otros seres humanos. Lo que marca la diferencia entre un número no determinado de individuos, es una diferencia de estados de conciencia. Potencialmente todos somos artistas. Todos llevamos dentro un orden inédito. Pero sólo en la medida en que nos vamos volviendo conscientes de esto. Sólo después de que nos percatamos de que llevamos dentro de nosotros ese orden inédito, podemos convertirnos en seres fuertes y sensibles.

Dijo Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía″. ¿Se percató Bécquer de que la poesía es inmanente a la naturaleza? La poesía está en todo, todo está impregnado de poesía. El ritmo, como elemento poético por excelencia, surge de un orden de cosas. Hay un ritmo universal que surge del orden cósmico. Y el poeta, imponiendo un orden caprichoso en las cosas que dice, hace surgir un ritmo artificial que deleita a la sensibilidad humana.

La métrica fue una necedad de parte de los poetas de cierta época, y la rima un invento fallido y bobo.

A diferencia de Freud, que creía que la fantasía, el arte y de hecho la poesía, eran una expresión de los procesos primarios del pensamiento. En otras palabras. Eran una expresión de la edad infantil del hombre. Yo creo que un individuo poetiza (esto no es lo mismo que versificar) sólo cuando ha alcanzado un gran desarrollo de conciencia. Sólo cuando se ha percatado de que es necesario, por el mundo y por él mismo, exteriorizar el orden que lleva dentro de sí.

Sólo podemos describir aquellas cosas de las cuales vamos tomando conciencia. ¿Es fácil, acaso, impregnar de valores estéticos nuestras ocurrencias verbales?
Un día se me ocurrió decir: “Cuando nací, mi madre era una serpiente que se alimentaba con estrellas y defecaba ruiseñores”. Si fue el niño que llevo dentro de mí, quien se expresó en esos términos, habrá de ser, en todo caso, un niño muy maduro. (Un niño con un alto grado de desarrollo de conciencia).


pcortez47@yahoo.com

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