Jorge Eduardo Arellano
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Por más de un siglo las relaciones bilaterales entre Nicaragua y Chile han sido ejemplares. Ya lo decían insignes poetas chilenos como Pablo Neruda y Gabriela Mistral; si quieren conocer a Nicaragua lean a Darío, un digno representante de la cultura nicaragüense y embajador por excelencia. En tanto arribó al puerto de Valparaíso en Chile, en 1886, fue recibido con especial cariño y con una extraordinaria hospitalidad por parte de la intelectualidad chilena. El propio Darío lo expresa así:

“Nunca podré olvidar que allí
pasé algunas de las más dulces horas de mi vida,
y también de las arduas, pues en Chile
aprendí a macizar mi carácter y a vivir mi inteligencia”.


El viaje de Rubén Darío a Chile ocurrió en un momento en que el país cruzaba por un período de esplendor y verdadero florecimiento cultural. “¡Ve a Chile! Chile es la gloria...”, le comentó el escritor salvadoreño Juan J. Cañas, motivando de inmediato su partida. En sus días en Chile la pluma de Darío fue fecunda, y del viento del sur, las luces del puerto, de la fascinación que le provocó Santiago y la nostalgia de su Nicaragua, nacerán importantes escritos como la novela “Emelina”, la primera obra de Darío en Chile y que escribiera junto con Eduardo Poirier en tan sólo diez días, “Abrojos”, “El Fardo”, “Canto Épico a las Glorias de Chile”, poema que narra el combate naval de Iquique, “Las rosas andinas: rimas y contra-rimas”, y la más importante de todas: “Azul...”, hito que la crítica instituiría como fecha de inicio del modernismo en Chile.

Nicaragua y Chile son dos países que contrastan, por su clima y su geografía, y los distancia cerca de ocho horas de vuelo con una escala en Panamá. La diferencia geográfica y cultural es propia de la diversidad de un continente como el de América, sin embargo, hay cosas que acercan y hermanan a estos dos países, y es su gente, caracterizadas por su expresiva solidaridad, un gran espíritu de lucha y trabajo, sobre todo cuando esto implica sobreponerse a la adversidad. Otro elemento de similitud es que comparten procesos políticos y sociales con aguerridas luchas contra dictaduras infernales y revoluciones reivindicadoras de los legítimos derechos democráticos de grandes masas del pueblo excluidas. La revolución chilena, iniciada en 1970 bajo el gobierno del presidente Salvador Allende y la coalición de partidos bajo la Unidad Popular, fue una “revolución en democracia”, conquistada con el voto popular y no igualada en América Latina, y aunque Allende obtuvo un porcentaje de votos inferior al requerido, y contaba sólo con un tercio de la votación del país (primera mayoría relativa de un 36.3%,), el Congreso, de acuerdo con la Constitución vigente, debió confirmarlo, eligiéndolo de entre las dos primeras mayorías relativas (Allende y Alessandri), como presidente de la República, con 153 votos a favor.

A fin de salvaguardar la paz social y desarrollar su programa de gobierno, Salvador Allende debió firmar con la Democracia Cristiana un Pacto de Garantías Constitucionales, en un ambiente beligerante y de gran inquietud, especialmente por la postura irreconciliable de los sectores en pugna: la Unidad Popular, por la izquierda, el Partido Nacional, por la derecha, y la Democracia Cristiana, por el centro, más un sector de extrema izquierda, el MIR, que se venía caracterizando por acciones armadas netamente desestabilizadoras. El Pacto fue concebido como un resguardo de la sociedad chilena ante un gobernante de tendencia marxista elegido en las urnas.

La minoría electoral (36.3%) que llevó a Allende al poder, sin embargo, sería revertida exponencialmente a medida que el programa político y social de la Unidad Popular fue demostrando en los hechos resultados concretos de justicia social y reducción de las grandes desigualdades entre ricos y pobres. Este proceso utópico que despertó grandes esperanzas en los más pobres y abría enormes posibilidades de mejores condiciones de vida para ellos, fue abortado violentamente por una derecha burguesa que, instrumentalizando a las Fuerzas Armadas, conspiró para asestar un golpe de Estado, acabando con la vida constitucional del pueblo de Chile, bajo un acto sangriento jamás conocido antes en la historia democrática de los chilenos. Nicaragua no ha sido menos, ha forjado su propio camino, con una revolución inconclusa que costó sangre y lágrimas, y que en nombre de la paz y el consenso social optó por la desmovilización y la redemocratización del país en las urnas. El FSLN, bajo nuevas condiciones políticas y sociales, luego de perder las elecciones en 1990, debió reinventarse frente a los ingentes desafíos y buscar las estrategias que le permitieran mantener su vigencia, su proyecto histórico, pero sobre todo la simpatía y lealtad de las grandes mayorías ahora en democracia. Al ganar el FSLN las elecciones presidenciales y volver al poder, se retoma el proyecto revolucionario en sus aspectos fundamentales, es decir, reducir la brecha entre ricos y pobres, acceso a la educación libre y gratuita para todos, derecho a la salud, a una vivienda digna, reactivación y priorización de la producción agrícola, acceso al crédito de pequeños comerciantes, mejoramiento de la infraestructura del país y promoción de la cultura en todas sus expresiones. Nicaragua, con las mismas posibilidades y oportunidades que ha tenido Chile, de establecer convenios comerciales como el TLC, y una economía social de mercado coqueteando por todo el continente, no ha crecido económicamente lo suficiente ni se ha desarrollado en iguales condiciones en los últimos 30 años. ¿Por qué? Esta pregunta da para un análisis más extenso y no es ésta la ocasión para hacerlo, pero nos deja abiertos a la reflexión.

Nicaragua celebra el 15 de septiembre el Día de la Independencia (1821), y Chile el 18 de septiembre (1810). Los nicaragüenses celebran con gallopinto, los chilenos con empanadas, sin embargo, ambos pueblos han conquistado en su lucha histórica no sólo sus derechos políticos, (uno insurreccionado, otro en elecciones libres), sino también sus derechos sociales (uno con más desarrollo y mejor calidad de vida ahora, otro con un camino que se empieza a hacer y conquistar, pero con mucha resistencia).


*El autor es Director del Cielac-Upoli