Por Carlos Midence
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A raíz de la lectura de dos recientes escritos sobre los CPC (Tünnermann, END, 5/12 y, Oppenheimer LP 5/12) me salta una clave de lectura que adjunto al denominado síndrome colombino: lo que no entiendo lo trasvaso a mi mundo y asunto resuelto. Digo esto porque ambos señores se enredan cuando tratan de descalificar la naturaleza de los CPC como verdadero mecanismo de incidencia en las decisiones del Estado. En el caso de Tünnermann es peor para quien consideraba mejor conocedor de nuestra realidad debido a que vive en nuestro país, pues Oppenheimer apenas estuvo de visita unos días y se creyó con la confianza de opinar sobre el planteo y la planificación de los ejes transversales de las políticas de gobierno.

En este sentido para usar un recurso manido, pero válido, el señor Oppenheimer visitó Nicaragua con un itinerario que se redujo a hoteles y restaurantes y, por lo tanto, no está ubicado para opinar sobre la necesidad de organización del pueblo nicaragüense, ni sobre los requerimientos para una verdadera co-gestión del poder, que es lo que los CPC cumplen desde la óptica de lo popular. Los CPC son la manera que el pueblo nicaragüense ha encontrado para crear y recrear su cultura, ajustándola a las presiones de la dominación de los que siempre han detentado el poder en nuestro país. Es el desafío a los rescoldos oligárquicos que aún piensan que los únicos consejos que pueden funcionar son los que se asocian como clubes, y cuyos presidentes son empleados de los miembros del club.

Por ello, Oppenheimer no puede desde ningún aspecto y a través de una doxa fuera de lugar y tergiversada, despotricar en contra de un acto colectivo que marca un hito en la historia de los movimientos sociales en nuestro país. Los CPC son la mejor manera de expresar y renovar los desplazamientos del pueblo, pues pertenecer a ellos es de libre albedrío y su estrategia es democratizar el acceso al poder, y de esta forma promover el bien común por medio de la solución a problemas apremiantes. Esta propuesta está lejos de lo que Oppenheimer y Tünnermann creen al trasvasar a su mundo el concepto de participación ciudadana, sin dejar claro y sin definición precisa de cómo debe participar un ciudadano. Dicho de otra manera, la concepción de ambos señores es abstracta y etérea, en tanto y en cuanto no se corporiza en ningún ente, y menos en un mecanismo por el cual puedan circular las demandas del pueblo.

Para el caso de Tünnermann, quien pretende descalificar la juridicidad de los CPC por medio de citas acomodaticias, las que a la postre se le revierten debido a su desacertada adecuación a las mismas, sorprende el uso de lo que Ángel Rama denominó la ciudad letrada o de lo que se podría denominar el iluminismo montesquiano-diderotiano. No obstante, esto es parte de las configuraciones teóricas que maneja dentro del campo de los aspectos de los saberes (educación/universidad), asociados fácilmente a la universidad kantiana/humboltiana (Castro Gómez). Hay un estancamiento en las formas de ver las cosas, sumidos aún en el binomio real/legal, el que a la postre se vuelve el mecanismo legitimante para unos casos y des/legitimador para otros.

He ahí el meollo del asunto, el trasvaso de los conceptos, la filtración y el tamiz de quien tiene la letra a su favor, pues al final la Constitución es un sistema letrado de interpretación balanceada, al menos en el caso que se viene comentando en este escrito. Diríamos que Tünnermann, quien obvia una serie de componentes fundamentales (sociológicos, antropológicos, participativos, entre otros), al hablar de los CPC reduce el asunto a la juridicidad, hasta el punto de estirar y encoger cuando ésta habla sobre participación. Se nota un vacío lectoral y teórico de Tünnermann, en lo que este concepto denota para la sociología contemporánea y las nuevas formas de democracia. ¿Acaso es dable considerar democrático un sistema en el que se le deja todo al sólo acto de votar como forma de participación?
Decimos entonces que los CPC son la forma inmediata de simultanear la Constitución debido a que crean el enlace entre lo que reza y lo que se debe hacer, pues por mucho tiempo (y ese es el concepto que maneja Tünnerman) se ha considerado qué participación se debe restringir a unas cuantas ONG y a ciertos consejos como el de la denominada empresa privada. Dicho de otra manera, los CPC enlazan a la Nicaragua profunda con la Nicaragua de la Constitución, conjugan al país legal con el real. Eso les cuesta entenderlo, y lo que es peor, les duele mucho más.


cmidenceni@yahoo.com