Lesli Nicaragua
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Últimamente he recibido con alegría y perplejidad –“todo buena cosecha”- las muchas críticas al tema que he venido abordando desde hace unos meses en esta columna. En realidad, lo que comenzó como una explicación personal a esta tendencia humana de oscilar entre las iniquidades y las satisfacciones, me llevó a toparme con la pregunta suprema de la cual emanan todas: la existencia de Dios.

Pero entonces, una vez contestada afirmativamente la incógnita –por lógica no existe otra, aunque suene a oxímoron-, ¿cómo se comunica Dios con nosotros?, ¿cómo será nuestra postura existencial ante Él?, y, más importante aún, ¿cómo debemos enfrentar el acto de creación literaria frente a este hecho? Reflexiono sobre estos tres ejes porque me parecen fundamentales para desenmascarar las actitudes snobs de algunos escritores que en esta “nueva era” ocultan una aspiración de divinidad que perfectamente se evidencia en temas recurrentes sobre la fragilidad humana y el envenenamiento del espíritu.

Y en una época tan fascinantemente terrible como la nuestra, pero en la que se habla mucho de Dios en el terreno sociopolítico global, una postura de supuesta  marginación discursiva en el terreno local por parte de nuestros literatos, va contracorriente con esa fuerte sensación de  eternidad que a diario nos embarga a la mayoría que no somos artistas consumados. Por tanto, adquiere rasgos de monumental persistencia este llamado a aprender, a dominar, ese lenguaje con que el Padre Eterno -como le llaman con respeto artistas mundialmente reconocidos como Saúl Bellow, Toni Morrison y Richard Ford- se comunica con todos, para plasmarlo meritoriamente en la creación literaria.

Y quién mejor para decodificar las características sobrenaturales de esa presencia permanente que los escritores, quienes si bien la reconocen, paradójicamente la limitan a un hondo misterio que les deja la libertad de la indiferencia, en el caso local. Y no es que caigamos en la creación mística o en el arrebato lírico romántico. Aunque Grace Paley, la reputada cuentista neoyorquina y quien se definía como atea activa, escribía poemas sobre Dios.

Es esta nueva codificación la que me interesa. Tal vez muchos dirán que el tema está abordado desde la descripción orgánica o a través de los superados realismos mágicos. Pero la cuestión definitiva es cómo debe desenvolverse un escritor que pretenda vivir su vida cotidiana en consonancia con las reglas cristianas. ¿Será otra nueva tentación de lo imposible? Por lo que he leído últimamente, la retórica de “género” –muy entrecomillado- aunado a la historia casi instantánea, es lo más común en los jóvenes letrados –no citaré textos ni autores.

Algo que encuentro contradictorio porque es en la inocencia de la juventud donde se descubre con mayor frecuencia la presencia del alma, la noción de lo divino. Aunque cada vez es más mitológico la experiencia de lo prodigioso, producto del aislamiento subjetivo que nos provoca la urgencia de lo material. Es decir, nos vemos tentados a sucumbir a los intereses, las pasiones humanas y, sobre todo, al anticlericalismo. Porque nos creemos insoportablemente humanos.

El jueves conversaba con un crítico y escritor maduro a quien admiro mucho y a quien le debo mucha de mi formación literaria –por respeto no diré quién es-, y cuando le dije que deseaba escribir sobre este tema, me dijo, con esa pausa vocálica con que extiende sus frases: “Por más que he querido, no he podido llegar a ser ateo”. Su afirmación me dio más aliento para redactar este artículo y alentar a nuestros escritores a retomar este tópico, que si bien es universal e histórico, se ha relegado por el cinismo de creer estar hechos para el absoluto, sin saber que esa simple noción nos quemaría el alma, y más la de los jóvenes.