Francisco Javier Bautista Lara
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Los pueblos necesitan nombres, símbolos y referencias que los unan, pueden ser reales o mitos, para fortalecer su identidad y sentido de pertenencia. Requieren renovar periódicamente sus símbolos, actualizar sus referentes, no solo anclarse en los antiguos, como Anastasio Aquino, líder indígena, los próceres del siglo XIX, como José Matías Delgado y José Simeón Cañas, Manuel Arce, los participantes en la guerra de Centroamérica contra Walker, el Gral. Belloso, sino también aquellos que como Francisco Gavidia, amigo de Darío, Claudia Lars, cercana a Salomón de la Selva, Salvador Salazar y Pancho Lara, autor de El Carbonero, considerado segundo himno nacional, trascendieron desde la literatura y las artes... Farabundo Martí, el guerrillero que acompañó a Sandino, cuya figura rescató el movimiento revolucionario que gobierna como partido político.

Concluido el conflicto armado, El Salvador enfrenta un complejo fenómeno de violencia de pandillas, una de las tasas de homicidio más altas de Latinoamérica, que desgasta y estanca la convivencia y el desarrollo, tiene insuficiente consenso político-institucional para el abordaje sostenido e integral del fenómeno cuya causa radica en la desigualdad, la exclusión y los daños humanos y sociales de la guerra y los modelos autoritarios.

Reconocer a Oscar Arnulfo Romero (1917-1980) y ubicarlo en la vista mundial, es una necesidad para El Salvador y Centroamérica. No es casual que Obama (2011) y el Secretario General ONU, Ban Ki-moon (2015), visitaran su tumba. Más allá de la decisión jerárquica, anunciada por el Papa Francisco (“es mártir: lo mataron por odio a la fe”), la beatificación del Arzobispo salvadoreño, asesinado mientras celebraba misa en la capilla del Hospital de la Divina Misericordia, después de las 5:00 p.m. del lunes 24 de marzo de 1980, es referente que trasciende a un grupo político, social o religioso, su mensaje y vida ejemplar --superando prejuicios-- contribuyen a la paz social, fortalecen la identidad salvadoreña.

El domingo 23 dijo en su penúltima homilía: “…hermanos son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice no matar… ya es tiempo que recuperen su conciencia y obedezcan a su conciencia…  en nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ordeno, cese la represión”. El mensaje reproducido por los diarios, fue leído por los autores del crimen quienes terminaron de precisar la ejecución. En una Región en donde la violencia criminal ordena la muerte, el mensaje de Romero posee vigencia trascendente de la verdad…

Los creyentes de cualquier denominación reconocen que el Dios a quien se refiere, por quien ofrendó su vida, es el mismo, “es ante Dios, un mártir sin discusión, quienes han caído por la causa de Dios, están vivos”, dijo un imán musulmán en San Salvador. Cualquiera que crea en algo, en la vida, en la paz…, identificará la fortaleza moral y espiritual del hombre cuya huella se agiganta.

El 23 de marzo de 2015, treinta y cinco años después del martirio --dos meses antes de la beatificación el 23 de mayo--, en el sótano de Catedral, en donde está la cripta, hubo un encuentro ecuménico, una asamblea de laicos y religiosos católicos, bautistas, anglicanos, musulmanes, judíos y de la Fe Bahai, reconoció que en el mensaje de Romero “estamos unidos a un mismo Dios, vivo y verdadero, que está pendiente de las necesidades de los más vulnerables”. Desde la Fe Bahai: “Se sacrificó para cambiar y traer los atributos del mundo de Dios”. Una religiosa reconoció: “Unidos por la creencia en un Dios único, unidos con las personas de buena voluntad”. El pastor Bautista, en su predicación preguntó: “¿Qué dirán los que planearon su muerte, los que financiaron su muerte, los que dispararon y ocultaron a los autores, ahora que está más vivo que nunca, que ha vuelto en su resurrección? ¿Cómo cargan su culpa?...”. Para un franciscano: “Es el modelo del buen pastor que necesita este pueblo, nos deja su legado de fidelidad a Jesucristo, al Evangelio”. Mons. Urioste contó que una vez el Arzobispo lo llamó preocupado por lo que enseña el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: “…Vengan benditos de mi padre… porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber,…”; dijo: “No sé cómo soy con los pobres, cuando nos presentemos al Señor, lo más importante es cómo fuimos con los pobres…” Un sacerdote, en su homilía concluyó: “Según Ellacuría, con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador…”… Se quedó en San Salvador y Centroamérica, desde la trascendencia del mensaje y de la vida consecuente; símbolo y referente; fe y pertenencia; desde el punto de vista que se vea, es innegable.

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